
Esta crónica es un relato épico y emotivo donde mito e historia se entrelazan: el traslado del monolito de Tláloc desde Coatlinchán a la Ciudad de México se convierte en símbolo de despojo y resistencia, narrado con imágenes de serpientes que hablan, mujeres que rezan como templos y niños que reciben a un dios con globos y pasteles. Es un drama colectivo que muestra cómo el pueblo defiende lo sagrado y cómo la memoria se transforma en poesía, recordándonos que la historia no es piedra muerta.
Isidoro y la aparición en la barranca.
El bosque se alejaba cada día, dejando solo zacate y retoños sedientos. Eso pensaba Isidoro mientras se apartaba del escándalo y las risas del baile comunal. No es que despreciara la algarabía de sus paisanos, entretenidos en aplaudir con sus huaraches el piso del salón. Participar en la fiesta le resultaba penoso, su pequeña estatura y rostro delicado lo hacían parecer un niño, las damas debían agacharse para bailar con él, provocando burlas que ya no dolían, pero tampoco se olvidaban.
Esa noche eligió el llano. Caminó rumbo a la barranca de Santa Clara, preocupado por la siembra y por las lluvias que no llegaban. Mientras avanzaba, saboreaba las “panzas de araña”, frutos negros del capulín, ese árbol piadoso que alimenta sin exigir nada. Hay que tener serenidad para no espantarse por el lamento de las almas perseguidas de Cristo Rey que cuelgan de sus ramas. Ellas confiesan secretos que fueron ahorcados, las abejas vigilan esas historias, y cada fruto es un recuerdo muerto. Por eso, antes de cortarlo, hay que pedir permiso.
Isidoro llenó su alforja con esos recuerdos y se acuclilló junto al arroyo. A su lado, los pequeños ocotes lloraban cada noche, ausentes de sus madres. Ellos a veces se disfrazan de humanos para robar leche de los recién nacidos, no por venganza, sino por el anhelo de adquirir una piel que les evite ser pisados.
Observaba distraído las curvas caprichosas del agua, cuando el paisaje comenzó a oscurecer. Todo se volvió borroso, salvo el caudal cristalino, que brillaba como lentejuelas. De él emergió una cabeza dentada, mezcla de serpiente y tejón, que inhaló la noche entera. Su cuerpo era enorme, sus colmillos amenazantes, pero su mirada, triste.
Tras vomitar una bocanada de agua espumosa, el ser habló:
—Vendrán tiempos malos, Isidoro. Debes prevenir al pueblo.
—Tengo miedo.
—No es de mí de quien has de temer. Recupera tu valor y escucha.
—Dime lo que deba saber.
—Del Valle de las Luces, un hombre perverso, cegado por halagos y soberbia, ha ordenado secuestrar a mi hijo. Lo encadenarán y arrastrarán en una cama de ruedas. Será exhibido como fenómeno de feria ante hombres y mujeres de mil razas. Lo verán unos segundos, fingirán una sonrisa y lo olvidarán para siempre.
—¿Es el señor de los Tecomates de quien me hablas?
—Ese mismo que hoy descansa en su nido de barro.
De regreso al pueblo, Isidoro caminó cabizbajo por las calles, intentando borrar lo vivido. Era poco dado a creer en leyendas. Seguro que todo había sido una alucinación provocada por un capulín verde. Entonces vio a Ramón, el coscolino bailarín de todas las fiestas, mecido como un bebé por la mismísima Chocacihuatl.
La llegada de los rotitos y la disputa entre sabios.
Isidoro no volvió a hablar de aquella noche en la barranca. Guardó el secreto como se guarda una semilla en tierra seca: esperando el momento para germinar. Pero el pueblo, sin saberlo, ya caminaba hacia el cumplimiento de la profecía. Las lluvias no llegaron. El capulín dejó de dar fruto y los ocotes lloraban más fuerte que nunca.
En 1962, aparecieron los primeros signos: unos “rotitos” de saco y corbata, con cuadernos de hojas cuadriculadas y cámaras que no pedían permiso. Venían del Valle de las Luces, como había advertido la criatura del arroyo. No traían machetes ni fusiles, pero sí palabras dulces y promesas envueltas en papel oficial.
Llegaron a San Miguel Coatlinchán acompañados por unos güeros desabridos y encorvados, vestidos con batas grises. Venían a tomar fotografías y medidas al Señor de los Tecomates, quien reposaba en la barranca donde fue ocultado de los conquistadores españoles.
Su llegada fue un espectáculo: niños y adultos los seguían con curiosidad. Los infantes les presumían muñecos de piedra desenterrados de las milpas; los adultos murmuraban entre dientes; y los ancianos los observaban con gesto duro y mirada desconfiada. Isidoro, sin embargo, sintió un vuelco en el pecho: algo siniestro se avecinaba.
Mientras tanto, en un elegante salón de la Secretaría de Educación Pública, la escena era un cuadro barroco: dos personalidades excéntricas, una dama augusta y varios mestizos uniformados como caballeros británicos, se reunían bajo un techo alto. Previamente un batallón de camareras y mayordomos había dispuesto charolas con croissants, salchichones, pinchos españoles y algunas botellas de vino italiano.
La concurrencia estaba compuesta por:
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Wolfang Weber Gaona, distinguido historiador, hombre de cabello graso y amarillo por herencia genética y falta de agua. Hijo de un inmigrante bávaro y una poblana nieta de criadores de chanchos. Conocedor del arte, la cultura y las picardías prehispánicas.
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Davídovich Sánchez García, experto en etimologías y ciencias políticas. Doctorado por la Real y Pontificia Universidad Nacional Autónoma de México. Cachorro de un miembro del Partido Comunista avecindado en las Lomas de Chapultepec y recién adquirido por las filas del partido de la revolución.
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Juan Montes. Segundo secretario de asuntos presidenciales.
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Maestra Daniela Cisneros A., profesora de historia universal del Instituto Politécnico Nacional, con quien el gran Tlatoani, había simpatizado durante una visita relámpago a la pirámide del Sol.
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El clan de los aplausos, dos silenciosos espectadores que se limitaban a tomar notas imparables y reír de todo lo que pareciera una broma.
Saciados los estómagos, con un apetito que evaporó los canapés como por arte de magia, Juan Montes tomó la palabra:
—Caballeros, me es grato darles la bienvenida a esta reunión histórica. Nuestro señor presidente de la república, guardián del alma del pueblo, solicita —con la magna humildad que le caracteriza— narrar la crónica del creador de la lluvia, que será motivo de su discurso memorable a la llegada de esta deidad a nuestra ciudad. Ella ahora será guardián del nuevo museo de la sangre azteca.
—»Ovación nutrida del Clan de los Aplausos.»—
—¿A quién, parra serr prrecisos, nos reeferrimos? —preguntó Wolfang
—Desde luego, distinguido doctor, — respondió Juan Montes— nos referimos a Tláloc, señor de la lluvia, del maíz y las mariposas, de las estrellas y el cielo sempiterno. El siempre generoso señor presidente ha ordenado traer el monolito desde San Miguel Coatlinchán a su nueva casa.
—»Nueva ovación del Clan de los Aplausos.»—
—¡Carray, —exclamó Wolfang—. ¡Esa es una grran noticia parra mí! Una prresenzia que elevarrá el orrgullo porr nuestros orrígenes y la purreza de nuestrra sangrre Mejika.
—»El Clan de los Aplausos se mira entre sí con gesto de desconcierto, incredulidad y burla.»—
—Si lo permite, camarada Secretario —interrumpió Davídovich—, debo precisar que el monolito al que se refiere no representa a Tláloc, sino Chalchiuhtlicue. Su tocado, huipil, falda y sandalias lo demuestran. Es una figura femenina. Y difiero en verla como una deidad; sí como un símbolo del esfuerzo del trabajador rural por convertir la lluvia en herramienta creadora de valor.
—¡Deje decirr, doctorr! —replicó Wolfang—. Esa figurra muestra la severridad masculina y huecos de antiojerras, iguales a otras rreprresentaciones del Dios gerrero, creadorr de rrelámpagos para guiar a los ejérrcitos de la raza cósmica a dominarr al mundo porr mil años.
—¿Cómo explica, camarada Wolfang —respondió Davídovich—, que no tenga la máscara con serpiente-nariz ni los colmillos de Tláloc? Además, está de pie con las manos sobre el vientre. Eso es femenino. El mismo pueblo de Coatlinchán la conoce como “La Señora del Agua”, y el pueblo siempre tiene la razón. ¡Hasta la victoria, siempre!
—No todo el pueblo le dice azi —gruñó Wolfang—. Junto a ella se encontrarron figurras infantiles y ofrrendas a Tláloc. Un pueblo solo tiene rrazón si es fuerrte y enfrrenta como soldado el poderr de la rraza. No hay patria ni vida parra débiles y blandengues.
—»El Clan de los Aplausos queda pasmado con gesto de parálisis facial y pasmo cerebral.»—
—El pintor José María Velasco la identificó como Chalchiuhtlicue en 1889 —intervino Daniela—. Leopoldo Batres la interpretó como Tláloc en 1903. Si los sabios no están de acuerdo, dejen que el pueblo le dé el sexo que más le venga en gana. Pero es ese pueblo y esta ciudad quienes me preocupan. Allá es adorada y amada. Acá, quizás sea solo una postal para turistas y una banca para perezosos.
—»Rostro de alivio en el Clan de los Aplausos.»—
La reunión terminó con una entonación accidentada del himno nacional, cinco repeticiones de la primera estrofa por parte de Juan Montes, un “¡Vivan los pobres del mundo!” de Davídovich, y un sonoro golpe de tacón de Wolfang. Todos partieron a cumplir la noble tarea. El Clan de los Aplausos, aprovechó para extraer de sus prendas dos pambazos y una memela comprados a Tonatiuh, el vendedor ambulante de la calle Independencia.
Cuentan que los viajes ilustran, no importa si se hacen en avión, en barco o a través de un libro. Sin embargo, muchos no son capaces de verse a sí mismos en esa geografía, peor aún, si ignoran que las letras no se leen con el trasero.
Es común que algunos solo escuchen el eco de su propia voz, esa que, con el timbre metálico del dinero, convierte en amigos entrañables a quienes, de otro modo, se destrozarían mutuamente.
La resistencia del pueblo y el despojo de la divinidad.
¡El pueblo se levanta!
Ese es el grito de aquellos que se revelan para expulsar al sátrapa que les gobierna y para elegir a uno más feroz. Pero no son todos, siempre son unos cuantos, el resto solo esperan no ser asesinados o calmar su furia a cambio de prebendas.
La insurrección llegó en 1964. No nació en palacios ni en plazas, sino en la vivienda humilde de Martina, a escasos pasos de una plataforma con 64 llantas, estacionada para arrancar al Señor de los Tecomates de su nido de barro.
Isidoro, por méritos de alma y convicción, fue nombrado comandante de esa guerrilla. A ellos se unió un jovencito fuereño, vendedor de baratijas en las comunidades de la Huasteca, espía improvisado, que comerciaba revistas impúdicas y amuletos con los obreros enviados por el gobierno.
Estos trabajadores veían muy necesarios dichos amuletos. Desde su llegada a Coatlinchán habían padecido múltiples percances. La llegada puntual del monolito para la inauguración del Museo de Antropología, se encontraba en riesgo.
Las llantas de la plataforma eran ponchadas con frecuencia, los tanques de gasolina de otros vehículos eran rellenados con tierra. En alguna ocasión, muchos trabajadores fueron atacados por una cruel diarrea tras consumir aperitivos preparados por Doña Martina.
Mucho hicieron los insurgentes para evitar que se llevaran la piedra sagrada. Martina organizó oraciones colectivas que por las noches sonaban aterradoras, era como si las casas rezaran el novenario por la muerte de mil difuntos. Anselmo, el joven comerciante, sembraba miedo en los forasteros con historias de maldiciones, comparables a las de quienes profanaron la tumba de Tutankamón. El anciano Melitón, escarbaba zanjas para desnivelar los caminos, como quien intenta torcer el destino con sus propias manos.
Pero nada detuvo la maquinaria del poder. Tras una protesta masiva, los hombres de verde llegaron con fusiles y gritos. Isidoro y sus capitanes se ataron al monolito, como hijos que se niegan a abandonar a su madre. Las mujeres ofrecían flores a los soldados, buscando piedad ante el rugido del motor que arrastraba 160 toneladas de historia.
El llanto fue largo.
Las mujeres cubrían sus rostros con rebozos, no por vergüenza, sino por pudor ante el dolor. Ahí se perdía en la lejanía ese ‘que no era de piedra, sino que era de tiempo’.
El gobierno lo llamó regalo. El pueblo lo vivió como despojo.
Prometieron obras, caminos, arreglos. Nada llegó. Solo el vacío.
Isidoro fue el único con el valor de mirar la partida sin pestañear. La indignación lo hizo crecer hasta ser el habitante más alto del pueblo, pero la vergüenza lo encorvó. Ya no podría encontrarse de nuevo con la serpiente de la barranca, pues no hay guerrero que levante el rostro ante una derrota.
Martina estuvo ahí, pero dio la espalda, así hacen las madres cuando un hijo se va: no lloran hacia afuera, sino hacia adentro, hasta inundar sus entrañas.
Anselmo fue solo un punto en la distancia, de esos que nunca desaparecen. Cuentan que se le vio arrojando amuletos dentro de un basurero.
El resto del pueblo se convirtió en un silencio que dejó hueco en el paisaje.
Una nube negra ruge furiosa sobre la gran ciudad: Tláloc y los poderes de un Dios.
En los cielos de la metrópoli, una nube negra, con forma de serpiente, entró silbando desde los rumbos de Iztapalapa. Venía adornada por relámpagos como venas cargadas de luminiscencia. Poco a poco, fue tomando la forma de unos colmillos prestos a morder a todos los habitantes de la ciudad.
Esa tarde, Teresita, maestra del segundo grado de la escuela Revolución, hacía preparativos con los padres de familia para marchar a pie hacia la vieja Calzada de la Emperatriz, donde el alumnado recibiría con globos al gran Dios de los chubascos.
Todo colegio de párvulos con excelencia, debe tener en los primeros grados de enseñanza, una profesora llamada Teresita. Éste es el nombre que define a la segunda madre, lo que tira por tierra la creencia que: ‘solo existe una’. Ella es el preludio amoroso que antecede a los maestros de grados superiores, exigentes del orden y de los valores cívicos, son los promotores de las malas notas y la aterradora consignación ante el director.
A pesar de los signos que anticipaban la precipitación inminente, el comité debía cumplir con una cita que jamás volvería a repetirse. Tan importante como ir en busca de un águila cenando a una serpiente en medio de una nopalera. Momentos antes, la educadora había requisado la resortera de Agustinito, había mandado a Ronaldito a orinar y descubrió, donde Angelita, había ocultado el bilé.
El comando de infantería, iría jubiloso al reencuentro con sus antepasados, aquellos vestidos con un taparrabos o en su defecto, con el pellejo de un jaguar. Imagen perturbadora que debió ser motivo de muchas pesadillas infantiles.
Los padres vigilantes, que en realidad solo fueron las madres, fueron preparadas con bolsas que contenían un gran ajuar de abrigos. Es grande su ingenio para envolver los objetos más inverosímiles: junto a ellas viajaron bancos de madera, repuestos de chancletas, cajas de cartón, platos de cerámica y hasta un anafre con su dotación de carbón.
Momentos antes de la llegada del distinguido huésped, el cielo había adquirido la densidad del humo emanado por el chacuaco de una llantera. Los vientos eran ráfagas con la velocidad del meteorito que extinguió a los dinosaurios.
La dama de los pasteles: La llegada del gigante de las aguas
Un poderoso relámpago asustó a Doña Aurora, quien junto a su chófer, viajaba en un Cadillac hacia su castillo californiano de la Avenida Horacio. Regresaba de ir por unas muestras de la pastelería El Globo, cuyo exquisito secreto se empeñaba en descubrir.
—Hay mucho tráfico, Demetrio
—Es por lo del evento, señora
—¿Qué evento es ese?
—¿No lo sabe? Han bloqueado el Paseo de la Reforma para traer un monumento gigante del Dios Tláloc.
—¿Desde dónde lo traen?
—Me parece que de algún pueblito cercano a Texcoco. Comentan que no deseaba venir, supongo que por eso desea castigarnos con la tormenta que se avecina.
—Nunca había visto tanta gente por estas calles, detente Demetrio, detente. Mira esos niñitos flaquitos que van por la acera.
—Señora, usted me disculpará, pero no veo algún niño flaquito. ¡Vea semejantes panzas! Seguro son alumnos de alguna escuela.
—No es verdad Demetrio. Seguro tienen hambre. ¿Cuántos días no habrán comido? Saquemos los pasteles para alimentarlos.
—Doña Aurora, lo que más comen esos niños es pan. Usted debería acompañarme una tarde a la panadería de mi barrio.
—Que no Demetrio, vamos ya, ellos me necesitan.
En ese momento la dama de alcurnia, fue para los niños de la Escuela Revolución, la síntesis de todos los dioses y diosas del valle —Quinientos años antes hubiera sido venerada con copal y un robusto corazón humano. La pasta cremosa, las almendras y el chocolate corrieron de mano en mano y de boca en boca. El escudo del colegio fue tapado por una pasta esponjosa de vainilla. Fue todo lo que necesitaba ver el poderoso señor de los ciclones.
Un rayo pasó frente a la flecha de la Diana Cazadora y entonces comenzó una tormenta donde cada gota contenía otras gotas de agua, como si fuera una matrioshka.
Aún así, nadie se movió un centímetro, a la distancia apareció la imagen del Dios titánico, jalado por dos potentes máquinas rodantes. El cielo era un halo de luces estridentes que obligó al ángel a hincar sus rodillas sobre su columna de granito. El padre dador de la sabia que fermenta la vida, hizo vibrar al suelo, retando a cualquier hormiga que cruzara en su camino, con su mirada al frente como corresponde a los señores del Anáhuac.
Cada hombre, mujer y niño aprendió cuan indefenso es y cuán ridículo es enfrentar el poder de un Dios. En ese momento todos fuimos una gota de agua, una de mil veces mil, que el Señor de las Lluvias puede desaparecer bajo la tierra. Aprende hormiga terrenal una oración divina, que antes de que abras un párpado, vas a necesitarla.
Algo más que una imagen quedó encadenado a la memoria de los habitantes de Tenochtitlan. El respeto por los orígenes, no es un pan con mantequilla que se coma por antojo.
En la barranca de la culebra, el arroyo fue llenado con el llanto de un pueblo. En el hormiguero no hubo lugar para lagrimas, sí para un silencio, como el que algún día será llamado a cuentas frente al Dios de todos los dioses.
El alfeñique de la nación mestiza
El alfeñique de la nación mestiza no pronunció un discurso memorable. Mandó agradecimiento a los notables que escribieron ciento cuarenta cuartillas para ensalzar su corta figura. Más prisa tuvo por abordar un aeroplano, de paseo hacia un congreso internacional de alfeñiques. Orgulloso de su poder para cortar patas y antenas. Eso sí, con el amor del pueblo que lo hizo dueño de la verdad.
Los rotativos hicieron el trabajo apurando a las hormigas redactoras a producir la miel y en algunos casos, la sal o el vacío:
- ‘Impresionante maniobra histórica del presidente’
- ‘¿Robo o rapto de la piedra sagrada?’
- ‘Victoria cultural de Estado mexicano’
-
‘Tláloc llega a la capital y desata un diluvio’
-
‘El dios de la lluvia se instala en Chapultepec bajo tormenta inesperada’
-
‘La piedra de los Tecomates abandona Coatlinchán: ¿regalo o despojo?’
-
‘160 toneladas de historia: Tláloc ya vigila el Museo Nacional de Antropología’
-
‘Entre lágrimas y fusiles: el pueblo se despide de su dios’
-
‘La tormenta de Tláloc: ¿coincidencia o furia divina?’
-
‘La Ciudad de México recibe al dios mexica con lluvia, caos vial y polémica’
Así partió un Dios, arrastrando rezos, rabias y recuerdos. Hoy su silencio es solo una mirada de piedra que muere de aburrimiento. La indiferencia desenterrada de una nación que construye barrancas con serpientes mundanas.
No existe patria que se salve de ser ahogada, la historia se cansa de demostrarlo. Debemos ser cautos ante la imposición y el despojo, pero más ante las fuerzas del recuerdo colectivo, que pasan de una neurona madre a sus crías.
Así se fabrica la memoria de México, con silencio, con tiempo. La patria no es un nido de insectos. En algún momento, una piedra gigante vendrá junto con una tormenta.

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