De San Pedro Huamelula a Juchitán: Ernestina, la tehuana que caminó del fogón al Nirvana.

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“Una historia que viaja del fogón humilde al esplendor del traje tehuano, entre ternura y resistencia.”

“Descubre cómo Ernestina transforma su destino en un canto de dignidad y libertad.”

“Entre buganvilias, fiestas y memorias, esta crónica te llevará al corazón del Istmo.”

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Un adelanto de la vida de Ernestina.

Ernestina y Apolonio: crónica de una salvación entre buganvilias y centenarios.

Ir al monte a recoger leña suele ser una tarea pesada. Lo es aún más para una niña a quien la autoridad del pueblo ha convertido en mujer. Pero para Ernestina, eso era cotidiano: lo hacía desde siempre para calentar el fogón de Romelia.

Muy temprano, desde que el gallo canta —ese misterio que adivina el bostezo del sol cuando la noche aún respira—, Ernestina se levanta sin preguntas. Calza sus medias de lana desgastadas, se envuelve en su jorongo, reúne algunas cintas y camina por la vereda, dos o tres kilómetros más allá de los árboles de café. No necesita ver el camino: sus pies conocen cada piedra, cada curva.

Debe cuidar dónde pone las manos. Hace dos años, un alacrán la picó. La fiebre y el delirio llegaron después, y en medio del frío que contrastaba con el calor de su cuerpo, vio a sus padres obligándola a permanecer en su lecho, impidiéndole caminar hacia el vacío. Nunca les vio el rostro, solo recuerda los brazos tibios que la cargaban.

Pero algunas cosas han cambiado. Ahora toma café en la mesa, devora cuantas tortillas y frijoles aguanta su estómago. Eso puede agradecérselo a Apolonio, el marido que la adquirió por dos monedas de oro, cuatro cargas de maíz y un caballo, cuando ella apenas había cumplido doce años.

Apolonio es un hombre bueno. Le compró una almohada y dos cobijas de lana, con las que la cubre por las noches después de merendar atole y pan de yema —ese bollo esponjoso que nunca disfrutó en la casa de Romelia, donde su orfandad era una carga despreciable. Allí, su único desayuno era una taza de café caliente. Después de las horas de trabajo en el monte, la desaparecían de sus miradas.

Por eso la enviaban a Santiago Astata, a llevar el costal de grano tostado a Merino, el dueño del tendajón. Ese era su mejor momento: el camino estaba lleno de pitayas y chicozapotes, dulces manjares que disfrutaba con goce. Pero nada como el taco de huevo y el refresco de soda que le regalaba Ofelia, la esposa de Merino.

Gracias a esa generosidad —de la madre tierra y del abarrotero— Ernestina creció fuerte y sonrosada, muy distinta de los críos de su carcelera, que lucían desnutridos y con paño.

Apolonio dormía separado de ella. Jamás la había tocado. Más aún: la consentía con guayabas y sueños de un futuro maravilloso. Para él, Ernestina era más que mujer: era la confidente de su secreto.

En la oscuridad, iluminado por un foco, modelaba para ella el esplendor de su vibrante traje de tehuana. No era cualquier vestimenta: era el conjunto de gala. Falda larga y amplia con enagua, blusa bordada a mano con flores, todo en terciopelo con olanes, grandes aretes, una cadena de monedas y un encaje que enmarcaba su rostro.

Ernestina se emocionaba cada vez que lo veía vestir así. Era el astro de la mañana, preparado para una gran fiesta en el salón de baile de las nubes bajo las montañas. Tras hacer pasarela con su abanico y compartir risas y pequeñas obras de teatro que Apolonio inventaba para su consorte, su dama de honor recogía el atuendo, lo doblaba con sumo cuidado y lo guardaba en una caja de metal escondida bajo la pila de mazorcas desgranadas del cuarto de aperos.

Ese traje de tehuana pertenece al Istmo de Tehuantepec, donde las mujeres zapotecas lo bordan con flores y terciopelos. Su origen se remonta a tiempos prehispánicos, cuando era una vestimenta ceremonial que hablaba de la tierra y la fertilidad. Con la llegada de telas europeas, el traje se transformó: encajes turcos, muselinas francesas, terciopelos ingleses. Juana Catalina Romero, mujer de gran poder, lo estilizó en el siglo XIX, convirtiéndolo en símbolo de gala.

Apolonio jamás vio a Ernestina con maldad. De hecho, sacrificó mucho de lo poco que tenía para rescatarla de su opresora. Decidió dar ese paso cuando supo que un hombre malvado —a quien conocía— pretendía apoderarse de ella. Él sabía del dolor del abuso y no quiso que esa infamia ocurriera.

—¿Algún día tendré un vestido así, Apolonio?

—Tendrás que trabajar mucho.

—Yo trabajo mucho.

—Deberás hacerlo más —contestó con una mirada tierna—. Llevo cuarenta años ahorrando desde que era niño.

—¿Qué somos tú y yo?

—Lo que la gente de San Pedro crea que somos. Aquí hay muchas malas personas, pero en Juchitán yo podría ser tu madre.

—¿Cuándo iremos a Juchitán?

—Quizás en un par de años. Dicen que van a pagar mejor precio por el café.

—Cuéntame otra vez cómo es ese lugar.

Apolonio contuvo la respiración y la dejó salir despacio. Luego caminó tres pasos, abrió las puertas de madera de una ventana y, tras mirar hacia los montes, una lágrima resbaló por su mejilla.

“Juchitán es una trenza larga que se enreda con listones de seda. Ahí los gallos no cantan: despiertan a la gente tocando la marimba. Tiene un calendario que hace brotar dos hojas cada vez que arrancas una, porque ahí se vive dos veces la vida. Los muxes son mariposas que posan sobre las buganvilias para presumirles las alas. Las tehuanas bordan las frutas antes de venderlas. Los hombres hablan con el silbido de un caracol, como quien defiende un castillo. Es el sitio donde la lluvia se peina para ser más mujer. Es posada de un mar sin sal que se alimenta de mis ojos.”

—¿Y cómo son las buganvilias allá? —preguntó Ernestina, con voz curiosa y soñadora.

—Son abanicos que se abren cuando el viento les muerde sus piecitos. Hay de todos colores: rojas como el deseo, blancas como la calma, moradas como el misterio. Algunas crecen sobre los muros de las casas, otras se trepan a los árboles para ver pelear a los pájaros.

—¿Hay muchas fiestas?

—Cada semana hay una vela. Las Intrépidas Buscadoras del Peligro bailan con sus trajes de gala, y los muxes se coronan con flores frescas. Se baila hasta que el cuerpo se rinde, pero el alma sigue girando.

—¿Y tú bailas?

—Solo cuando me siento libre. Y contigo, me siento libre.

Ernestina guardó silencio. Miró al cielo oscuro como si buscara una señal. Luego se levantó despacio, caminó hacia la pila de mazorcas y sacó la caja de metal. La abrió con cuidado, como si desenterrara un tesoro. Tocó el terciopelo, acarició los bordados, y por primera vez se atrevió a imaginarse dentro de ese traje.

Las cosas a menudo ocurren más rápido de lo que se desea. Así fue durante las fiestas del santo patrón de San Pedro Huamelula. Ese había sido un día feliz para la pareja: compartían un buñuelo que les era arrebatado en pedazos por los adolescentes conocidos como “Los Negros”, que recorrían las calles bailando al son de un tambor, acompañados por su “Bonifacia”, una muñeca de madera vestida de blanco.

También estuvieron presentes en la ceremonia de matrimonio del munícipe con “La Lagarta”, un caimán aterrado, vestido como novia para sellar un acuerdo de paz entre la población huave de San Mateo del Mar y los chontales de San Pedro Huamelula. En esta comunidad, el matrimonio voluntario no es una costumbre que se respete.

Se acostumbra que este torturado reptil —a quien también llaman “La Niña Princesa”, hija del pueblo huave— sea escoltado por grupos de danza hasta el ayuntamiento. Allí, los ancianos lanzan sus atarrayas de pesca hacia los cuatro puntos cardinales, pidiendo bendición y permiso para ofrecer en matrimonio a la princesa.

Muchas veces he escuchado decir que el infierno está en la tierra. Y es cierto. Pero no para los humanos que pintan calderos de agua hirviente en el centavo que les falta, en los amores infieles, en las enfermedades causadas por sus excesos, en la ingratitud de sus hijos o en el músculo cansado por el trabajo.

No. El infierno lo viven los animales que comparten la tierra con los demonios: los que agonizan con los huesos quebrados ante la risa y la indiferencia; los que son conducidos atados y golpeados a una bodega entre olor a sangre y lamentos; los prisioneros encadenados en una azotea, bajo los rayos del sol, el hambre, la sed y la soledad; los que son separados de sus crías mientras ven cómo son torturadas y comerciadas; quienes viven esclavos, privados de libertad, ahogados, partidos en pedazos, despojados de su hogar, víctimas de una soberbia incuestionada que olvida en un segundo sus bajezas, que ni siquiera cuestiona la basura de sus actos.

No era esa la primera vez que aquel alcalde celebraba sus afectos con una lagarta. En realidad, era su costumbre, y para ello no hacía falta ningún festejo. La noche en que finalizó el acto pagano-religioso, el mandatario municipal decidió poner broche de oro a su alegría con otra reptiliana, en una oficina discreta del edificio de gobierno. Lo que ocurrió después continuaría lejos de ahí, en un viaje sin retorno.

Ya era noche cuando Ernestina y su “madre adoptiva” regresaron a su hogar en las orillas del pueblo. La huida de unos perros los condujo a indagar el sitio donde, segundos antes, hubo un alboroto de gruñidos y ladridos. En una zanja —que tiempo atrás había sido un chiquero improvisado— encontraron la figura inmóvil del funcionario mayor de la localidad. La impresión fue enorme: la gente del campo sabe reconocer cuando un ser ha perdido su aliento.

Asustados, se precipitaron hacia el camino, solo para ahuyentar al último can que se aferraba con los dientes a su trofeo. El impacto fue mayor cuando, en el suelo, vieron una gran talega de cuero con tres dedos enterrados. Sin razonar el motivo, Apolonio tomó la talega —de la que resbalaron los dedos— y, junto a su hija-consorte, emprendieron una veloz carrera hasta su domicilio.

Una vez ahí, sentados en la cama, se abrazaron en silencio, con el terror aún suspendido en el aire. Frente a ellos, sobre una silla, la voluminosa talega parecía respirar. La hipnosis duró largo rato, hasta que Ernestina, con actitud cautelosa, decidió abrir el envoltorio. Del interior cayeron varios centenarios de oro.

Muxes de Juchitán, las intrépidas buscadoras y la sacerdotisa de los hongos.

Juchitán desbordaba belleza. Ernestina no podía creer que existiera una ciudad tan grande, tan llena de mujeres hermosas, todas luciendo peinados majestuosos y atuendos bordados, caminando con paso firme, con actitud enérgica. Aquella noche, la marimba no tocó para velar a un santo: las muxes bailaron para celebrarse a sí mismas. Para vestir el traje de terciopelo, primero debieron desnudarse del disfraz. No veneraron a un mártir, sino el goce de estar vivas.

Bailarines con pantalón de manta y paliacate acompañaban la danza de las buganvilias, que abrían sus alas como abanicos. Apola, coronada reina por consenso absoluto de las Intrépidas Buscadoras del Peligro en la última vela muxe, era el astro de la fiesta. Ernestina la miraba con asombro: ninguna mujer igualaba su imagen poderosa.

Ernestina creció ahí, convertida en joven princesa tehuana de alto rango, portadora de un collar con doscientas monedas. En su casa, amplia y llena de macetas con flores del reino zapoteca, el café se servía con leche y pan marquesote, sin importar el día del año. Ese hogar también recibía a otros muxes y a turistas rubios que bajaban de las montañas con paliacates llenos de hongos de sabiduría espiritual, tras visitar a María Sabina, la sacerdotisa de Huautla.

María Sabina, curandera mazateca nacida en 1894, fue guardiana de los “niños santos”, hongos psilocibios que usaba en rituales de sanación. Su fama atrajo a personajes controvertidos: Albert Hofmann, Timothy Leary, John Lennon, George Harrison, Mick Jagger, Bob Dylan, Walt Disney, último que, según se dice, habría logrado contacto con uno de sus sueños.

La fama de esa curandera se vinculó con la ruptura de valores que inició en los años cincuenta y se extendió hasta los setenta. Fue símbolo de una moda que justificaba fantasías narcotizadas, pero también figura de altar que elevaba la dignidad de los pueblos marginados. A veces, su imagen fue llevada a un nivel de sobrevaloración bochornosa, como si sus apologistas hubieran inaugurado una nueva religión mezclada con compasión, en la que participaban ellos, pero sus santos morían de risa.

En Juchitán, Ernestina desarrolló gusto por la cocina. Conoció alimentos propios de la región y otros exóticos: vainilla, tejate, chocolate, tasajo, quesillo, achiote, chile costeño, ajo criollo, piloncillo, hierba santa. Comió carnes e insectos, bebió mezcal, encendió estufas de gas. Probó angulas, jamón serrano, camembert, salmón, shawarma, cerezas, y hasta un detestable bollo con carne molida y engrudo rancio que provocó su ira y la fuga de un güerillo fosforescente con flor en la oreja.

Pero llegó el día en que Ernestina debía ser mujer. Así se lo hizo saber Apolonio, con el corazón molido como polvo de cristales. Lo veía en la codicia de los hombres, en la envidia de las mujeres del Istmo. A pesar del dolor, no derramaron lágrimas. Se tomaron de la mano con fuerza, sus venas a punto de estallar. Sus miradas fueron serias, sus rostros los de diosas de roca. Como corresponde a toda gobernadora de una casta.

Juchitán, tan lejos de todo y tan cerca del Nirvana.

Antes de los noventa, llegar a Juchitán era cruzar un umbral invisible. Había que atravesar la Ciudad de Oaxaca, pero entrar en ella encerraba un misterio que nunca pude descifrar. Cuando por fin se distinguían sus luces —promesa de calles próximas—, la ciudad se alejaba como si girara en órbita, manteniéndose siempre a la misma distancia.

Todo autobús era un planeta. En su afán de acercarse, se perdía la paciencia. Como quien vigila la leche para apagar el fuego antes de que hierva, la ciudad se derramaba justo cuando uno se distraía o cerraba los ojos.

Pasada la desesperación, Oaxaca se abría con todo lo que puede ofrecer una ciudad tan bella: el Templo de Santo Domingo, el Ex Convento de San Pablo, el Teatro Macedonio Alcalá, el mercado Juárez. Una urbe amable, salvo con las franquicias y las meseras holandesas de algún restaurante. En 2002, el pintor Francisco Toledo se opuso a la instalación de una tienda Sanborns en el ex convento de San José. Con el respaldo de artistas e intelectuales, el proyecto fue cancelado.

Hoy, los barrios de Xalatlaco y Xochimilco ofrecen colores alegres y muestras pictóricas. Lo único que no es posible hacer en este último es contratar una trajinera, aunque su nombre lo sugiera. En 1492, el tlatoani Ahuízotl envió guerreros xochimilcas para fundar allí una comunidad militar. A pesar de la demanda zapoteca de “¡Mexicas Go Home!”, permanecieron al menos dos décadas, hasta poco antes de la conquista.

Al andar por esas calles, se ven rostros de tehuanas pintados junto a especies endémicas del Istmo. Si en algún lugar de México destaca el orgullo por su pasado, ese es Oaxaca. Además de la figura rebelde del muxe, existe una fuerza cultural llamada tequio: deber cívico y moral de trabajo no remunerado para el bien común. Se basa en la guelaguetza —ayuda mutua—, donde lo que das hoy, lo recibirás mañana.

Antes de los años ochenta, esta ciudad era paso obligado para los testigos de Buda y los apóstoles del Nirvana que bajaban de la Mazateca para adorar a las tortugas que sostienen el planeta Tierra en Tehuantepec. Si existe el reino de “Muy Lejano”, ese es el Istmo. Y por añadidura, Juchitán.

Así lo pensó Sigfrido, un mesías colombiano creyente de la paz universal, de las galaxias psicodélicas y del amor libre. Llegó con una veintena de feligreses de Toronto, San Francisco y el río Sena a la casa de Apolonio y Ernestina. Para ellos, Oaxaca era el Nirvana rural: hacer demasiado amor y poca guerra, al ritmo de guitarras y panderetas que entonaban el cancionero de los Beatles, Jefferson Airplane, Janis Joplin, Jimi Hendrix y Grateful Dead y junto a los influjos de los hongos y el LSD.

En la casa de los muxes, el silencio estuvo a punto de no seguir después del ruido, ni la calma tras la tormenta. Como ocurre en ese lugar donde, según la creencia hippie, germina “la flor que no necesita florecer porque ya es”.

El escándalo musical de estos multicolores y amorosos logró incomodar a las matriarcas, y la tensión estalló cuando una sacerdotisa desnuda del santo peyote se paseó por los patios con un collar de monedas. El gesto fue interpretado como un intento de apropiación comunitaria. Se desató el intento de hacer tasajo con las penurias carnales de la rubia dama, pero Apola, con autoridad irreprochable, calmó las malas emociones. También ayudó una pipa de la paz, compartida entre ambas comunidades, que disolvió el yo individual en una colectividad más amplia.

Días después, Deborah —la dama provocadora del disgusto— decidió abandonar su grupo para formar parte de una comunidad más reducida, junto al dueño de un camión de carga. El desequilibrio en la paridad de géneros abrió la oportunidad para que Ernestina decidiera que era mejor tener diez maridos en lugar de uno. Convencida por los argumentos de Sigfrido sobre las ventajas de un mundo libre de ataduras y lleno de alturas espirituales, abrazó la idea.

En vano los intentos de Apolonio por sembrar desánimo en nuestra heroína. Él, convencido de que la maldad anida en los buenos propósitos de quien solo busca el pan con el esfuerzo de otros, logró al menos que Ernestina le permitiera resguardar el monto mayor de las monedas de oro que le correspondían como reparto de aquel día de los esponsales de la lagarta.

El traje de la tehuana, el poderoso símbolo de la república y modelo de magazine.

Hay símbolos que se elevan como estandartes de una república, y otros que se exhiben como maniquíes en vitrinas de revista. El traje de la tehuana habita ambos mundos: es altar y escaparate, ceremonia y espectáculo. Su poder no reside solo en el terciopelo bordado, sino en lo que representa —una memoria viva, una dignidad tejida, un resentimiento y hasta una divisa política.

El mariachi y su sombrero son, sin duda, los emblemas más reconocidos de la identidad mexicana en el extranjero. Lo mismo sirve para celebrar triunfos o derrotas deportivas, que para ser artículo de campaña de políticos malinchistas o adornar el departamento de un turista jubilado en Berlín. Pero el traje de la tehuana, con su tocado floral y su huipil bordado, es el más poderoso. No por su frecuencia, sino por su carga simbólica. Es más grande que la mujer que lo porta, y más complejo que la postal que lo simplifica.

Las fantasías ideológicas y el resentimiento difuso han convertido a esta vestimenta en un ícono que a veces eclipsa la personalidad fuerte e independiente de las mujeres que lo crearon. Serguéi Eisenstein lo mostró al mundo en la película ¡Qué viva México! como figura escultórica, solemne, sin discurso.

Frida Kahlo es el punto de inflexión que empuja esta visión femenina hacia el altar de lo simbólico. Conectada con sus raíces zapotecas, convirtió el traje de tehuana en asidero emocional y manifiesto político. Lo usó para desafiar los cánones europeos de belleza, un reclamo hacia el gusto erótico de los varones de este país. Nunca se ve, sin embargo, que las inconformes hagan un reclamo a las demás mexicanas por su mismo gusto europeo hacia los varones.

Pero su gesto de exhibición no fue el primero. Antes que ella, Nellie Campobello ya había sido retratada con el traje tehuano en los años treinta. Su obra evocaba la fuerza femenina en tiempos revolucionarios, cuando el cuerpo era también territorio de lucha.

Es genuino su deseo de resaltar el papel central de estas mujeres en la vida social y económica como declaración de autonomía, que en México era escasa en los tiempos en que ella reclamaba a Diego los amoríos con su hermana, lo cual no evitó que el pintor fuera dictador absoluto de sus pensamientos, como así lo demuestra en su autorretrato. Frida se pinta a sí misma con el tocado de tehuana, mientras lleva el rostro de Diego Rivera en la frente. Momento en que su dolor físico y emocional hacía de ese tocado y de aquel hombre una “armadura” para enfrentar la vida.

Elena Poniatowska retomó esa fuerza con un discurso feminista en su obra Las mil y una… La historia de Paulina Lavista, en la que narra la historia de una niña que fue abusada y se le impidió practicar el aborto. En este marco, el traje tehuano funciona como contraste: mientras Paulina es silenciada y violentada, el traje representa una voz fuerte, visible y ceremonial. Dualidad que permite reflexionar sobre los cuerpos femeninos: el cuerpo herido de Paulina y el cuerpo vestido de la tehuana como símbolo de poder y dignidad.

Monsiváis coincide en que ella convirtió el traje de tehuana en un ícono de la identidad nacional, un emblema de mexicanidad, feminidad y resistencia. De este modo, el traje fue adoptado por figuras públicas, artistas y activistas como una forma de reivindicar lo indígena y lo femenino.

La igualdad social, muchas veces es un adorno de bondad falsa para quienes viven en la comodidad y la ausencia de agobios, la hipocresía a menudo se viste con la jerga del pueblo, la pobreza les indigna frente al postre de un bufet de franquicia, la persecución inflama su pecho frente al televisor, la injusticia los altera sólo cuando les golpea la propia cara, la equidad es buena para disfrazar un afán de privilegios, el egoísmo y la ambición son la esencia de lo humano y la caridad, con frecuencia, la trampa para bordar con flores el despojo.

Desde que el traje de tehuana fue elevado a símbolo, su imagen ha viajado por pasarelas, etiquetas y editoriales. Lo que antes era ceremonia, hoy también es vitrina. Lo que fue altar, ahora es escaparate para combinar sus bordados y tocados florales con emblemas visuales de otros grupos sociales y formas de vida.

La firma Carolina Herrera incluyó bordados inspirados en el Istmo de Tehuantepec en su Colección Resort 2020. La marca Sézane vistió a una mujer indígena con piezas de su colección, pagándole 200 pesos por posar con lo que otros llaman homenaje. La revista Vogue ha publicado editoriales inspirados en Frida Kahlo, donde modelos lucen tocados florales, bordados oaxaqueños y siluetas que evocan el traje tehuano. Elle, en sus ediciones de Francia y Estados Unidos, ha mostrado colecciones que reinterpretan bordados mexicanos en contextos de alta costura.

Marie Claire, en ediciones europeas, ha incluido reportajes sobre moda étnica y artesanal, donde el traje de tehuana aparece como referencia visual. Dazed & Confused y i-D Magazine, revistas de moda alternativa, han explorado la estética de Frida Kahlo y el traje tehuano como parte de movimientos feministas y decoloniales.

Pero no todo ocurre en vitrinas extranjeras. Diversas marcas oaxaqueñas han ilustrado etiquetas de mezcal, chocolate, textiles y cosméticos con mujeres tehuanas estilizadas: Mezcal Tehuana, Mezcal Tehuanita y Mezcal Tehuana Real. Algunas reinterpretan la imagen con estética pop, otras con nostalgia vintage, otras con testimonio gráfico.

El poder de esta imagen va más allá de las pasarelas. Ha sido impresa en libros de texto, acuñada en monedas, reproducida en billetes. La tehuana aparece como parte de la iconografía nacional, especialmente en temas como identidad mexicana, diversidad cultural y vestimenta tradicional. En las materias de historia, civismo y formación cultural, su figura se convierte en pedagogía visual: símbolo de lo que somos, o de lo que se espera que seamos.

También se ha reproducido La Tehuana del pintor Saturnino Herrán, y la Casa de Moneda de México ha acuñado piezas con su imagen como emblema del trópico mexicano, difundidas en colecciones internacionales.

¿Y qué decir de aquel billete de diez pesos que comenzó a circular en 1936 y terminó de usarse en los años setenta? La protagonista de ese papel moneda era Estela Ruiz Velázquez, mujer zapoteca originaria de Tehuantepec, Oaxaca. Aparece con el traje tradicional: tocado floral, huipil bordado, dignidad intacta.

“Ninguna mujer ha estado en manos de tantos caballeros como yo”, declaró alguna vez. Fue seleccionada por representar la identidad indígena femenina, pero murió en la pobreza, sin reconocimiento económico por el uso de su imagen.

Diez pesos, a principios de los setenta, representaban la décima parte de un salario mínimo diario. Y no me falla la memoria: con eso se llenaba una enorme bolsa de pan, se compraban diez tortas en la cooperativa escolar, cincuenta sobres de estampas para el álbum de moda, doscientas piezas de un caramelo conocido como “foquito”, cincuenta entradas para ver la televisión en casa ajena, cien bolillos o cinco tira papas con todo y parque.

Por eso, hoy, dar esa suma en una propina me hace sentir un hombre generoso.

La huida de los amorosos

Más de diez pesos fueron necesarios para sostener las necesidades matrimoniales de la comuna donde Ernestina era como una encarnación de Lakshmi, diosa de la riqueza y la prosperidad. Las exigencias alimenticias eran escasas, no así las frutas del maná espiritual que los transportaban en segundos hasta tocar el gong junto al mismo Dalai Lama.

Para la benefactora, la vida transcurría cómoda y pacífica en el campamento de Tetecalita, donde llegaban provisiones vegetarianas que alimentaban el banal estómago del colectivo. Solo ella estaba autorizada para consumir productos cárnicos, y por respeto, se ausentaba algunos días para digerirlos.

Fue tras una de esas ausencias que, sin previo aviso, el campamento desapareció. La gente del pueblo le informó que habían huido de manera repentina, advertidos por un bando del gobernador de Morelos que ordenaba limpiar la entidad de guerrilleros comunistas.

Así, Ernestina se convirtió en la protagonista mexicana del primer divorcio múltiple. Permaneció en el sitio para reunir algunos objetos olvidados en la fuga y decidir su destino. Al cabo de dos días, tomó la determinación de ir a la gran ciudad de las ciudades: la tierra del Anáhuac.

La víspera de ese viaje recibió la visita de Deborah, acompañada de un infante de dos años. Buscaba refugio entre sus antiguos cómplices de vida: su consorte había sido arrestado por fraude y contrabando, y el camión de carga confiscado.

Al ver la imagen desgarbada y famélica de ambos, Ernestina rescató de los escombros dos panes de yema para alimentarlos. El niño fue el más emocionado; tanta era su hambre, que ese sencillo bizcocho fue saboreado como el manjar de un príncipe árabe. Así lo hizo saber con el gesto amoroso de acariciar su mejilla contra la pierna de la dama caritativa.

Se sabe que, más de cincuenta años después, no hay bocado que pueda convencerlo de la inigualable suculencia de un pan de yema.

La Ciudad de los Palacios y la carta a Apolonio: Ernestina se mira desde adentro.

En la Ciudad de los Palacios, Ernestina, con los fondos que le envió Apolonio, se hizo dueña de una vecindad que iba del primer al quinto patio, de calle a calle. Era la única portera, y desde su silla junto a la entrada espiaba el alma de todo aquel que entraba o salía.

Tuvo otros maridos. Sirvió de árbitro en disputas domésticas, en la zona de lavaderos, donde las injurias se enjuagaban con agua tibia y jabón de barra. Allí, entre el eco de los baldes y las telenovelas, adquirió gusto por los programas musicales de concurso.

Una noche, se detuvo a observar a dos mujeres disfrazadas con algo que parecía un traje de tehuana: sin enaguas, con exceso de poliéster, una cadena de bisutería en lugar de monedas, y un bolso Gucci colgando del brazo. Un pensamiento la atravesó como un relámpago lento:

“Vestir de dama es un sueño de infancia, la emoción con que se peina a una muñeca, la desesperación por crecer y ser ese mismo juguete, el amor que inspira ser como la propia madre. Raptar un vestido es como secuestrar a una madre ajena; para ser la semilla de una casta, hay que jalar la falda de quien te levanta en brazos.”

Esa misma noche, se sentó junto a la puerta —que siempre mantuvo abierta— y escribió una carta:

“¿Qué es de ti, Apolonio? Mi hombre, mi madre.

Esta ciudad es grande y muy bella, aunque no tanto como Juchitán. Vivo feliz, pero añoro tu abrazo, ese que siempre me impidió las preguntas, el que me apretó para no desaparecer.

Gracias por cubrirme con cobijas de lana y no con silencios, por esconderme dentro de una guayaba rosada, por bailar frente a los harapos de mi abandono.

Mucho me hablaste del amor, aquel por el que has arrancado tantas buganvilias. Pero el amor no es lo que murmuran los amorosos: es el calor que se despega de un foco colgado, el mismo que espanta al miedo con un teatro de sombras y un abanico.

Algún día estrenaré un vestido como el tuyo. Espero que te sientas honrado, porque ese es mi motivo. No te pido permiso para hacerlo, porque eso sería ofenderte.

Gracias de nuevo por salvarme de Romelia y del alacrán, pero, sobre todo, por enseñarme a estar a salvo de mí misma.”

Deborah, por su parte, se convirtió en vedette famosa. Actuó numerosas veces en El Capri, donde representaba a la diosa Kali con un disfraz ingenioso que hacía ver como verdaderos sus cuatro brazos. Durante el baile, los extendía para acariciar el rostro de algunos clientes. Uno de ellos fue un joven soldado que soñaba con conquistar la Andrómeda desde los ejércitos de la Vía Láctea. Ella, decepcionada de las sustancias gozosas, prefirió no indagar más sobre el individuo.

Ernestina, en cambio, nunca bordó frutas sobre terciopelo. Tampoco fue retratada en un altar con flores. Nadie copió su traje para vestirlo. No existe mural con su sonrisa. Jamás sintió el peso de una corona en la cabeza, aunque sí el de un bulto de leña en la espalda.

Ha visto su caricatura en marchas por la igualdad, donde el fragor de los gritos la ignora. A su tocado no lo adorna la cinta de una protesta, ni le hace falta ceremonia para saberse dueña de sus pasos.

Le bastó el silencio de las madrugadas, el calor del fogón, y aprender a caminar sola desde niña.

A ella no le interesa ser imagen de billete ni de libro de texto. No le importa ser vista.

Porque ella… se mira desde adentro.

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