
“Una crónica que revive la escuela de nuestra infancia: personajes entrañables, disciplina, rebeldía y sueños que aún laten.”
“Entre la maestra eterna y los héroes del patio, descubrirás que la historia de México también se escribió en las aulas.”
“Lee este relato y vuelve a sentir la emoción de los primeros días de clase, los juegos, las lecciones y las memorias que nos hicieron crecer.”
Un día cualquiera en la vida de la maestra Teresita.
La maestra Teresita es un ser misterioso, dotado de los dones de la ubicuidad y la eternidad. Ha sido —y sigue siendo— la profesora de los primeros grados en todas las escuelas de México. Ella guarda la matriz donde germinaron todas las letras del alfabeto. Es fácil reconocerla: jamás envejece y su atuendo apenas cambia con el paso de las generaciones.
Su desayuno es sencillo; su ajuar, limpio y modesto. No necesitó la virginidad para ser la madre inmaculada de una casta intemporal de hijos. En una pila infinita de listas de asistencia, conserva todos los nombres de una nación, sin faltar uno solo. Tiene un baúl que conecta con el fondo de la tierra, repleto de pequeñas estrellas doradas y plateadas. Le basta un vaso de agua para producir la saliva que activa el pegamento de esos astros.
Es la primera en llegar al colegio, la que rompe la soledad del patio. Pronto la verás enjugar lágrimas y calmar, con un tibio abrazo, el abandono de los niños en su primer día de escuela. Es la misma que, con su mirada, devuelve la paz y despide a una madre que se siente despojada.
—¿Cómo te llamas, bebé?
—Serafín.
—¿Sabes qué guardo en el bolsillo?
—No.
—Aquí vive un grillito.
—¿Puedo verlo?
—Sí, pero cuando estemos con los demás niños. Ellos quieren ser tus amigos.
Ahí comienza la primera lección. El niño aprende a decir “adiós, nos vemos pronto”, doblando la mano de arriba hacia abajo. Luego se le asigna un lugar en la fila, según su estatura. Teresita acomoda su suéter, pantalón o falda, y revisa que sus zapatos estén bien lustrados.
La escolta y comezón de Ernestito.
Pronto suena la campana. Todos esperan la aparición del director, con el rostro severo de un comandante de batallón, del que no se mueve ni una arruga si su voz no lo ordena. Da la bienvenida, exalta los valores del buen ser humano y cita a los héroes de la patria y a los sabios de la Edad Media.
En medio de la expectación, calla el murmullo de los chicos de sexto grado y, al igual que el César, alza la mano con la que indica el arranque a la aguda voz de la trompeta y redoble de los tambores de guerra. En ese instante, la abanderada alza el lábaro con el noble escudo del águila del Anáhuac e inicia la marcha de la escolta hacia el centro de la plaza.
Quizás, durante el trayecto, Ernestito Bahena decida rascarse el trasero. Los chicos de sexto rompen la solemnidad con risas, pero la mirada amenazadora del director interrumpe la rebelión.
Teresita, más rápida que el rayo, enseña y corrige el saludo de mano al pecho a todos los primerizos. No falta aquel que le responde con un manotazo y un gesto de enojo, señal inequívoca que identifica al indisciplinado del grupo.
Personalidades típicas en cada grupo.
En cada salón, hay figuras que se repiten como estampas de un álbum escolar. Dos destacan por su inteligencia: el aplicado y el rebelde. No deben confundirse con el adulador ni con el sociópata.
El aplicado es metódico, disciplinado, y valora el esfuerzo, la tenacidad y la justicia. Su inteligencia es una conquista diaria. El rebelde, en cambio, es un curioso empedernido, aventurero, incapaz de frenar su deseo de entender el porqué de todo. Su mente no se detiene ante lo establecido; ama la libertad y la ironía. El encuentro entre ambos es una fortuna para la evolución humana, siempre que aprendan a tolerarse.
El adulador se reconoce fácilmente: llega con tortas o golosinas para los maestros, siempre simpático si hay algo que ganar. Pero detrás de su sonrisa vive el delator. El sociópata, por su parte, arrebata y hiere para obtener lo que su escaso esfuerzo no le concede, o simplemente por el placer de provocar dolor.
La gama es amplia: está el tímido, el indiferente, el indefenso, el arrogante, el melancólico, el servicial, el generoso, el envidioso, el procaz y también el precoz. Pero en todo grupo —y a veces en toda la escuela— solo hay un sabio. Y ese sabio, no es un alumno: es un maestro.
Un hombre lleno de años, muchas veces de soledad, cuya presencia impone respeto. No por su autoridad, sino por el peso de su conocimiento. El maestro Orta fue uno de ellos. Lo conocíamos por su apellido, como dicta la costumbre escolar. Nadie es llamado por su nombre, salvo la maestra Teresita.
Orta enseñaba y hacía vivir los valores primordiales de la civilidad, el respeto y la grandeza humana. No se ocupaba de las trivialidades morales; para eso estaba la señorita Reséndiz, orientadora del colegio. Él enseñaba el sentido de la igualdad, el valor del perdón, el orgullo del esfuerzo, la generosidad sin recompensa, la solidaridad como lazo de supervivencia, la gratitud, el poder del espíritu ante la adversidad y el coraje de levantarse tras la derrota.
Las lecciones del maestro Orta.
Para Orta, el aula era su templo, y la justicia, su credo. No enseñaba desde el castigo, sino desde la experiencia. Cada gesto suyo era una parábola viva.
Una vez, Zavala —el niño que llegaba en automóvil y presumía su caja de lápices Prismacolor, mientras los demás nos conformábamos con los Mapita— tuvo la insolencia de arrebatarle a Montoya su escaso lonche de tortilla con huevo y frijol, solo para tirarlo al suelo y burlarse de él.
Al enterarse, el maestro Orta no dictó un sermón. Exigió a Zavala pedir disculpas frente al grupo, y conminó a Montoya a otorgar el perdón con humildad. Durante un mes, ambos intercambiaron sus lonches en el recreo. De este modo, el privilegio y la carencia se mirarían a los ojos y aprenderían a colocarse en los zapatos del otro. Al final, se acostumbraron a compartir los alimentos… y se volvieron entrañables amigos.
Otro día, Bermúdez, el abusador de botas encasquilladas, quiso despojar a Lozano —el aplicado— de sus estampas. Lozano se defendió con valentía, pero recibió puntapiés como respuesta. El director había tomado la decisión de expulsar al infame, pero el profesor Orta sugirió que, dentro del colegio, le hicieran caminar siempre descalzo. De ese modo entendería lo vulnerable que puede ser un hombre sin armas y con desventaja.
Fue el mismo Lozano quien pidió que se le interrumpiera la lección, pues a su juicio, la pena había igualado la dimensión de su delito. Años después, Lozano sería ministro de la Suprema Corte de Justicia. Bermúdez, según los periódicos, murió en un fuego cruzado entre bandoleros. La semilla de un gran maestro no siempre encuentra tierra fértil.
Teresita admiraba a Orta. Y —se los digo en secreto— también lo amaba. No con un amor abstracto, sino con ese que nace sin permiso. Su conducta jamás lo reveló, pero yo, siempre fui buen observador.
La Reina Victoria y la conducta correcta del colegio.
La ética es reflexiva; la moral, una exigencia sin pensamiento. De lo segundo se encargaba la señorita Reséndiz, vigilante incansable del comportamiento escolar. Tenía dos misiones: repartir folletos sobre cómo lavarse las manos y enseñar cómo ser lo que la sociedad espera.
Exaltaba la disciplina, el silencio y la obediencia. Para las niñas, en particular, el recato y el sacrificio. La puntualidad era ley, y el respeto al maestro, absoluto. Al entrar un adulto al salón, todos debían ponerse de pie. Nadie osaba usar una palabra injuriante frente a él. En ese espacio, el maestro tenía potestad para reprimir cualquier falta. Si el caso rebasaba sus límites, aparecía la señorita Reséndiz, antesala de la temida cita con el director.
Ella llevaba una lista extensa de conductas deseadas y prohibiciones. No solo vigilaba las groserías: también existía un catálogo de palabras “sucias”, porque llamarlas “obscenas” ya era, en sí, una falta. Fuera del recreo, todo el mundo debía alzar la mano para hablar y guardar silencio el resto del tiempo.
A veces, la escuela parecía una sucursal de cuartel militar. Un corte de cabello inadecuado, un uniforme mal planchado o unos zapatos sucios podían ser motivo para regresar al alumno a casa. En los años sesenta, los estudiantes de secundaria usaban un uniforme café con una pequeña corbata, similar al de los soldados americanos que combatieron en la Segunda Guerra Mundial.
Tras la Revolución Mexicana, el Estado aspiró a formar ciudadanos disciplinados, patriotas y obedientes. El uniforme escolar se convirtió en símbolo de esa misión: los niños eran presentados como “soldados del conocimiento” o “guardianes de la patria”. La idea de destruir al semejante ha sido, para muchos jóvenes, una tentación cultivada por imágenes de gloria y reconocimiento promovidas desde las esferas del poder. La elegancia de estos atuendos despierta fascinación; facilita la aceptación dentro de grupos exaltados que convierten la guerra en un juego. No por casualidad, la Alemania nazi transformó a niños y adolescentes en fanáticos orgullosos al vestirlos con un uniforme.
Las niñas debían cuidar la altura de sus faldas y mantener las piernas cerradas al sentarse. Había partes del cuerpo que no se podían mencionar, ni mucho menos tocar sin recato. Incluso la postura al estar de pie o sentado tenía reglas. Se cuidaba que las actividades propias de cada sexo no cruzaran fronteras. Los juegos también tenían género: una actitud poco delicada en una niña, o demasiado delicada en un niño, podía ser motivo de reporte. Hasta el movimiento de caderas era vigilado.
El cuidado obsesivo en temas de sexualidad parecía dictado por la propia Reina Victoria de Inglaterra. Y aunque parezca exagerado, así fue. Las normas de conducta en los espacios educativos —y la educación misma en México durante las primeras siete décadas del siglo XX— estuvieron profundamente inspiradas en ese modelo.
La educación victoriana promovía la represión sexual, la pureza moral y el control del deseo. La sexualidad se consideraba peligrosa si no se subordinaba a la virtud, al matrimonio y a la reproducción. La virginidad femenina era vista como símbolo de moralidad y honor familiar. Se evitaban las conversaciones sobre el cuerpo, e incluso las palabras que pudieran aludir a partes de la anatomía eran censuradas. Las escuelas no ofrecían educación sexual, y los libros escolares omitían cualquier referencia explícita al tema.
Recuerdo que, en más de una ocasión, algún alumno de mi clase era silenciado por hacer preguntas o pronunciar alguna palabra considerada impropia. En el mejor de los casos, se le respondía con una historia inspirada en la vida de las abejas o en la famosa semillita que un impúdico colibrí depositaba en el estómago de mamá.
La Indecencia y las faltas a la moral pública.
En tiempos de Don Porfirio, la escuela era el reflejo de Europa. Los manuales exaltaban la castidad, el recato y el decoro femenino como pilares de la moral pública. A los niños se les preparaba para el trabajo, la autoridad y el dominio. En el fondo, todo respondía a dogmas religiosos y a la lógica de la Revolución Industrial: alfabetizar para obedecer, no para pensar. Se buscaba mano de obra capaz de operar las nuevas máquinas de ganancia.
En 1974, cuando la SEP intentó incluir libros con información básica sobre el cuerpo, estallaron protestas de grupos religiosos. Los textos escolares evitaban mencionar el deseo o el cuerpo directamente, usando eufemismos o términos científicos.
Pero la censura no se limitaba a la escuela. Hasta los años ochenta, la Secretaría de Gobernación censuraba obras literarias y películas que abordaban la sexualidad. Aura y La región más transparente, de Carlos Fuentes, fueron atacadas por su erotismo simbólico. El apando, de José Revueltas, y Lolita, de Nabokov, enfrentaron el mismo destino. El lugar sin límites (1978) fue acorralada por hablar de homosexualidad, tema que también sufría represión callejera y aislamiento social.
Entonces, la castidad y la sexualidad oculta en las mujeres se consideraban virtudes. El deseo debía ejercerse dentro del “amor verdadero” de una esposa o madre, y bajo la procreación responsable. Llamar “señora” a una jovencita podía ser una ofensa. Ella exigiría ser nombrada “señorita”, aunque les costara más trabajo.
En el Reino Unido de finales del siglo XIX, bajo el yugo de la Reina Victoria, se estilaba cubrir las patas de las mesas o pianos con manteles largos, por considerarlas “indecentes”.
Pero esos no eran asuntos que preocuparan a la maestra Teresita ni al maestro Orta. Ellos tenían una misión más profunda, producto de las luchas sociales y de sus orígenes: elevar el espíritu y abrir caminos para el ascenso social, cultural y económico.
El nacionalismo y sus grafitis culturales.
Tras la Revolución Mexicana, la moral victoriana —que alfabetizaba al pueblo solo para que entendiera las instrucciones de las máquinas— tuvo un respiro. José Vasconcelos propuso otro camino: liberar al individuo de la ignorancia y la opresión. Para él, la educación debía perfeccionar el alma. La belleza debía estar presente en los libros, las escuelas, los murales y la música.
Ya como secretario de Educación Pública, Vasconcelos se convirtió en el primer grafitero del siglo XX. No hubo escuela, por muy apartada que estuviera en las montañas, que no adornara sus muros con imágenes de la historia nacional o las leyendas de cada región.
En esos murales quedaron plasmadas —para delirio de García Márquez y los surrealistas— figuras como “el niño que se convirtió en maíz”, “la maestra que hablaba con los muertos” o “el jaguar que protegía la escuela”. El pasado prehispánico, el origen campesino con su mundo mágico y las guerras, fueron temas recurrentes. Juárez y los Niños Héroes eran protagonistas inevitables.
El nacionalismo estaba de moda, justo cuando el fascismo germinaba en Europa. México buscaba elevar sus signos de grandeza, y tenía símbolos de sobra: los dioses aztecas, las pirámides del Sol y la Luna, el calendario mexica, los volcanes del Anáhuac, Ignacio Zaragoza con su espada en alto contra unos franceses con bombachas, y cómo no, La Patria, vestida de blanco, bandera en mano, escoltada por el águila azteca.
Norma López Molina —de quien se sabe casi nada— fue la modelo para la portada de los libros de texto durante el gobierno de Adolfo López Mateos. Por años se creyó que era una actriz o un dibujo sin rostro real, hasta que unos periodistas descubrieron su identidad.
La nación azteca y el saludo nazi.
¿Qué inspiró que la cultura azteca se convirtiera en símbolo de nacionalidad de un país tan diverso como México? Dos factores con gran poder psicológico pueden explicarlo.
Primero, en una época en que el derecho a gobernar se justificaba como voluntad divina, la leyenda de un pueblo guiado por un dios supremo ofrecía grandeza histórica. El mito mexica envolvía a todos los habitantes del territorio como herederos legítimos de sus riquezas, por designio inapelable.
Segundo, el poder militar era símbolo universal de orgullo territorial. Funcionaba como advertencia: “Aquí vive un pueblo guerrero”. El imperio azteca, con su dominio bélico, representaba una fuerza heredable, una advertencia para extraños y una promesa para las generaciones futuras.
Para no variar, José Vasconcelos, seducido por estos símbolos, los exaltó en todos los materiales educativos. Dioses aztecas, guerreros, escenas de Tenochtitlan: todo se convirtió en imagen oficial. Esta tentación nacionalista y guerrera influyó en su simpatía por el régimen nazi, al que dedicó elogios en la revista Timón, que dirigió en 1940. Aquello provocó decepción y rechazo entre muchos intelectuales y políticos.
Opino —y lo digo con cautela— que Vasconcelos se dejó arrastrar por el entorno de su época. En política también hay modas. El fascismo prendió como mecha en varios países de América Latina: Brasil con Getúlio Vargas, Argentina con Ramón Castillo, Chile con el Movimiento Nacional Socialista, y México con el sinarquismo y las “Camisas Doradas”, a quienes Lázaro Cárdenas dio unos buenos coscorrones.
En fechas más recientes, hemos transitado de la moda del liberalismo de mercado y el culto al emprendedor, al populismo irracional, cargado de resentimiento y falta de juicio.
Pero Vasconcelos no puede juzgarse con simpleza. Era un hombre influido por Platón y los clásicos. Defendía la cultura iberoamericana y concebía la educación como un ente universal y armónico, capaz de apropiarse del conocimiento profundo: filosofía, matemáticas, ciencias y artes. Imaginaba a los hijos de México viajando por el mundo para traer lo mejor del talento humano, y convertir a la nación mestiza y campesina en una nueva Atenas.
Una frase resume su visión: “La quinta raza no será la de la fuerza, sino la del espíritu.” Para él, esa síntesis superior daría origen a una civilización más justa, creativa y espiritual.
El maestro Orta, tras su saco elegante, guardaba el eco de esas épocas. Apasionado de las tragedias griegas y los artistas del Renacimiento, sin despreciar a los sabios de la Edad Media, su cerebro era un fichero vivo: desde las fábulas de Esopo hasta La rebelión en la granja y El principito. Su caligrafía Palmer, ejecutada con pluma fuente, patinaba como bailarina clásica sobre el papel.
Jamás conocí a algún “mocoso” que le hubiera aprendido ese arte. Pero todos sabíamos que, detrás de su mirada serena, habitaba una biblioteca entera. Por cierto, la clase de caligrafía terminaba siempre en un atascadero que obligaba a nuestras madres a conseguir químicos mágicos para borrar todas las manchas del uniforme.
No existía vino de mala cepa o mala madera que pudiera engañar el buen gusto de este maestro, como tampoco había rincón de la nación cuyos lagos, veredas y ríos no pudiera dibujar en un mapa. Él, sabía el nombre de todas las capitales del mundo.
El recital a la madre, la oda a la patria y la vaca estudiosa.
El maestro Orta tenía muchos talentos, pero ninguno superaba su destreza frente al piano. Lo aprendió de su abuelo aventurero, con quien creció. Ese abuelo, en tiempos de los carruajes, había escalado el Tíbet, huido de una persecución por la selva amazónica y asistido a obras de teatro de Oscar Wilde en Londres.
En la escuela, Orta tocaba mientras el profesor Fonseca recitaba el Brindis del Bohemio o los poemas de Rubén Darío. Siempre cerraba con “Otoño en primavera”, mirando en un pequeño espejo su figura encorvada, sostenida por un bastón michoacano:
«Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro… y a veces lloro sin querer…»
Al terminar, los chicos de quinto salían de un salón aledaño para interpretar la danza de los viejitos. Ironía involuntaria, pero efectiva.
El Día de las Madres, los festejos eran abundantes, tanto como las lágrimas de las progenitoras, que amenazaban con convertir el patio en una sucursal del Lago de Texcoco. Cada grado ensayaba durante semanas, pero el miedo escénico siempre traicionaba. Justo cuando el príncipe debía besar a la Bella Durmiente, ella saltaba del lecho y huía, perseguida por el caballero que la golpeaba con el alcatraz que aquella había abandonado, urgido por terminar la escena.
No faltaba en el festejo el poema A mi madre, de Manuel Acuña, con ese momento emotivo en que Montoya le entregaba a su progenitora una flor como ninguna. Entre eso, otros poemas, la Danza del Venado, el Jarabe Tapatío, y antes de que el niño Andrade saliera a escena a lucir su traje de cowboy para bailar El Ratón Vaquero, la mamá de Andrade se ausentaba unos minutos para “discutir asuntos importantes” con el profesor de educación física. Era normal que desaparecieran juntos. Pienso yo que eran buenos amigos. A pesar de ello, regresó muy a tiempo para observar a su hijo dialogar con el ilustre roedor.
Ese maestro era extraño: pecho musculoso, brazos anchos, pero tan cortos que no podía abrazarse. Sus piernas, en cambio, eran delgadas como palillos chinos. Años después, vi una película animada con un superhéroe, padre de un niño auto incendiario, que se parecía mucho a él.
Como cada año, se entregaban servilleteros y alhajeros hechos con palitos de paleta. Luego, los padres debían comprar timbres para los Bonos del Ahorro Nacional y vender los alimentos que ellos mismos habían preparado, para entregar las ganancias a la mesa directiva del colegio.
Las celebraciones patrias eran distintas: solemnes, abundantes. Aún se conmemoran el 5 de febrero, el 21 de marzo, el 5 de mayo, el 15 y 16 de septiembre, el 20 de noviembre. Todas incluyen desfiles, declamaciones, bailables y dramatizaciones históricas.
Resuena todavía el juramento del Día de la Bandera:
“¡Bandera de México! Legado de nuestros héroes, símbolo de la unidad de nuestros padres y de nuestros hermanos. Te prometemos ser siempre fieles a los principios de libertad y de justicia que hacen de nuestra Patria la nación independiente, humana y generosa a la que entregamos nuestra existencia.”
El personaje más idolatrado de esta saga es, sin duda, Benito Juárez, cuyo peinado generaba más burlas que homenajes. Nunca entendí por qué, en su natalicio, se recitaba ese poema anónimo:
«sino yo, triste cuitado, que vivo en esta prisión,
que ni sé cuándo es de día ni cuándo las noches son,
sino por una avecilla que me cantaba al albor…»
El poder muchas veces hace crecer la soberbia, casi siempre envilece, pero todo el tiempo es una prisión.
Tampoco me queda claro qué relación existe entre la Constitución de la República y el poema de La vaca estudiosa, que un día decidió ir a la escuela. Debemos interpretar que el derecho es un patrimonio social, incluso para un rumiante, no importa de qué partido político sea.
Esa galaxia más allá de la escuela.
Un paso fuera del colegio era como cruzar el umbral hacia la Vía Láctea de las maravillas. Más que un recreo prolongado, era un bufé de golosinas y juegos, donde los cazadores de centavos esperaban a sus presas. Igual que el lobo de los cuentos, con manzanas caramelizadas, jícamas con chamoy, trozos de dulce de menta, quiotes de maguey, chito de burro, paletas de hielo, palanquetas de cacahuate, melcochas… y un infinito etcétera.
Con pocos centavos en el bolsillo, había que elegir con sabiduría. Yo siempre buscaba unas enchiladas de tortilla sin freír, bañadas con salsa de chile verde, cilantro y queso rallado. Las nieves, servidas en incómodos conos de papel, exigían rapidez: si no, el tesoro se derretía antes de llegar a la boca.
Existía la opción de ganar el volado al merenguero, lo que casi siempre era infructuoso. Estos sabían cómo dominar la moneda con movimientos hábiles y bien practicados, pero también ayudaba una moneda desgastada que favorecía su caída de un solo lado, o el truco de distraer al niño para, en instantes, voltearla con el zapato.
Otro juego de azar consistía en sacar un papelito de una bolsa: según el número, se podía comprar más barquillos de cajeta por el mismo precio. Pero los números altos eran escasos.
La salida era también momento de intercambiar estampas del álbum, que casi siempre quedaba incompleto por esa estampa imposible de conseguir. Recuerdo los de luchadores, ciencias naturales, historia y geografía de México, La Pantera Rosa, El Chavo del Ocho, y el del Mundial de fútbol de 1970.
También era posible distraerse mirando diapositivas en el View-Master, intercambiar canicas y repetir los juegos del recreo, como el avión, la carreterita con fichas rellenadas con plastilina o el burro castigado. Y los prohibidos en el colegio, como la rayuela o el tacón, que implicaban apuestas. Era el momento de lavar las injurias con un pleito, donde ganar era vital para evitar burlas y no ser señalado como débil.
En aquellas décadas, ir o regresar de la escuela era una acción independiente. A cierta edad, ya no se necesitaba el acompañamiento de los padres. Ellos confiaban en el mundo y en la capacidad del niño para cruzar las calles. Así se aprendía el valor de la autoconfianza, el sentido del deber y la gratitud por el esfuerzo de los padres.
El colegio no era una carga. El único peso que admitía réplica era el de la mochila café de cuero, con dos tirantes y repleta de libros y cuadernos. El esfuerzo y el mérito eran exigencia y expectativa. No existían recompensas gratuitas.
Hoy, el miedo se ha instalado en las aulas. El profesor, el compañero, el peatón: todos son motivo de desconfianza. Ya no hay acuerdo sobre lo ético o lo moral. La recompensa no observa el esfuerzo ni la conducta; se ofrece como cualquier golosina barata.
En el parque al que salgo para respirar la paz con Lucrecia, mi compañera chihuahueña, puedo observar la kilométrica fila de automóviles y padres de familia que acuden por sus hijos a la escuela adjunta, incluso por los del último grado. Tampoco pasa desapercibida su vigilancia en los juegos instalados en ese jardín ni su obsesión por evitarles la caída o el raspón.
Una vez, un niño quiso acariciar a mi mansa perrita, y en segundos apareció su madre para apartarlo de una mordida inminente. Lucrecia, espantada, habría preferido morder la neurosis de la señora que la mano del pequeño, la que solo pretendía lamer.
A corta distancia escuché su advertencia: «No te acerques a los extraños.” Jamás creí que mi imagen senil, junto a un diminuto mamífero de orejas largas, pudiera parecer tan aterradora. De niño, la presencia de un anciano era un halo protector, alguien a quien acudir en caso de amenaza.
Siempre hubo quien creyó que la enseñanza servía para obtener bienestar económico. Era mucho más que eso. Pero al menos esa única finalidad le daba sentido. Enterrado ese objetivo, la nación se ha vuelto ciega e indefensa.
En aquellas décadas, premiar la holgazanería era impensable. La responsabilidad no se compraba. Se vigilaba la conducta —a veces con dogma y prejuicio— pero sobre todo se cuidaba la riqueza del individuo. La razón es simple: era necesario aprender para construir una patria.
“Por mi raza hablará el espíritu”





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