
“Entre médicos de barrio, remedios caseros y misterios que se suben al pecho, esta crónica te hará revivir la magia y las dolencias de nuestra infancia.”
“Un relato donde la ciencia se cruza con la tradición, y cada consulta médica se convierte en historia de barrio.”
“Descubre cómo la medicina, las creencias y los recuerdos se entrelazan en un viaje nostálgico lleno de personajes entrañables.”
La consulta del doctor Mirón.
Una nueva etapa comenzaba en la vida del joven médico Alfonso Mirón. Tras años de estudio y desvelo, había logrado consolidar su conocimiento, pese al desprecio de su padre hacia quienes llamaba “matasanos”. Su tenacidad, marcada por carencias de todo tipo, le dio ese aspecto delgado y ojeroso. Muchas noches las pasó en vela, pues con frecuencia, la luz eléctrica, faltaba en su humilde vivienda por falta de pago. El desayuno solía ser apenas un café con bolillo, y la cena un raquítico sándwich de algo llamado pastel de pollo.
Como testigos de esos momentos, quedaron las gotas de cera sobre el Tratado de Anatomía Humana del doctor Fernando Quiroz y las enseñanzas éticas y humanistas del doctor Ignacio Chávez. En su mesa de estudio, Mirón mezclaba oxígeno y dióxido de carbono de la vela para no quedar al margen de los experimentos del doctor Río de la Loza, quien había aislado oxígeno y nitrógeno. En sus breves sueños se veía frente a la sociedad médica internacional, acrecentando el legado de Harvey Cushing con nuevos métodos para abrir cráneos.
Convencido de que “la medicina es una ciencia social”, como afirmaba Rudolf Virchow, Mirón enfrentaba la falta de dinero para iniciar su residencia en medicina interna. Fue entonces una fortuna que el reconocido doctor Ramiro Olvera, famoso en el barrio de Santa María la Ribera, lo invitara a compartir su consulta a cambio de repartir dividendos.
La bata blanca fue un obstáculo menor: una compañera de cátedra le donó una, aunque con un extraño ajuste de cintura que la hacía verse muy femenina. Pulcro y puntual, Mirón presentó sus credenciales ante la simpática recepcionista Sandra Benítez, una curiosa dama de aguda nariz quien, pese a no tener título de enfermería, era experta en hervir jeringas, rociar alcohol en las heridas y llevar al doctor Olvera, curiosos bocadillos de la fonda La Moneda, obtenidos con descuento.
Ya dentro del consultorio, Mirón contaría con la guía del decano Olvera, hasta lograr adaptarse a la sociedad de pacientes que aguardaban con ansias su cita.
El empacho y la sabiduría materna.
El primer paciente fue un niño acompañado de su madre, doña Engracia. Presentaba diarrea, fatiga, picazón anal, abdomen inflamado y dolor abdominal. Tras la presentación del joven médico, la madre pidió que se le aplicaran los procedimientos para curar el empacho.
El doctor Mirón, con firmeza académica, aclaró que esa enfermedad no existía en la nosología médica. La respuesta sorprendió a la mujer, que de inmediato buscó la mirada del doctor Olvera en busca de rectificación.
—¿Cómo dice que no? —replicó con voz segura—. Este es el quinto chamaco que he traído al mundo. ¿Va a saber más usted que una madre?
Mirón insistió en que los síntomas podían corresponder a varias enfermedades, pero no a algo llamado empacho. Doña Engracia, ofendida, respondió:
—Pues usted será muy doctor, pero yo sé bien lo que es un empacho. Ya lo hubiera llevado con Silvinita para que me lo cure, pero a la pobre ya no le alcanza la vista.
Ante dicho desacuerdo y para evitar un conflicto que pudiera derivar en laceraciones verbales, Olvera intervino con calma:
—No se disguste doña Engracia. Pasemos a la mesa de auscultación para curar ese empacho.
—¿Al sillón?
—Ese mismo
Ante la mirada incrédula de Mirón, el niño fue sometido a masajes, frotaciones con una pomada verde, ventosas y jalones de pellejo. Al terminar, Olvera extendió una receta para prevenir recaídas.
Satisfecha, la madre se despidió con una recomendación al joven galeno:
—Ya ve, usted tiene mucho que aprenderle al doctor Olvera.
Mirón, desconcertado, repasaba mentalmente las páginas de sus tratados de gastroenterología sin hallar respuesta. Finalmente comentó:
—Me parece, doctor Olvera, que ese niño tenía parásitos intestinales.
—Por eso le receté jarabe de mebendazol.
El muerto que atrapa.
El siguiente paciente de Mirón, fue Erasmo, un hombre maduro de aspecto rudo que se quejaba de agotamiento y de episodios de parálisis durante el sueño. Todo había comenzado en tiempo reciente, desde que trabajaba como conductor de transporte foráneo y aumentó su consumo de café.
—Verá, doctor, no soy hombre que se espante de cualquier cosa. Soy muy entrón para lo bueno y lo malo, pero en esos momentos sí me da miedo.
Mirón intentó indagar:
—Supongo que su trabajo es estresante. ¿Está viviendo algún problema emocional?
—Hace poco me dejó mi novia —respondió Erasmo—. Lo feo es que me dejó un muñeco de trapo en la maceta de mi puerta. No piense que creo en esas supersticiones, me da cosa, pero no creo. Por eso no voy con yerberas, prefiero lo científico, ser atendido por un médico.
—Eso es lo correcto, qué bien que piense así.
—Pero dígame doctor,… ¿Por qué se me sube el muerto?
—¿El muerto? preguntó Mirón con semblante perturbado.
—Sí, siento como me agarra de los brazos y se acomoda mi pecho, luego me da como una descarga eléctrica.
La mente del médico quedó en blanco. La psiquiatría era una materia en la que había tenido un desempeño mediocre. Entonces intervino el doctor Olvera con tono sereno:
—Conozco a Erasmo desde niño, igual que a su padre, Eulogio.
—Eso es verdad, Dios lo conserve a usted muchos años, doctor.
—Me parece Erasmo, que no te vi en el funeral de tu padre.
El comentario desarmó al paciente. Su rostro recio se quebró y las lágrimas inundaron sus parpados.
—¡Que la Virgen me perdone! Esa vez me fui con una gatita y me escondí de todos. No me enteré de lo de mi papá hasta días después.
Olvera lo miró con firmeza:
—Por eso te dejó tu novia, y supongo que esa felina también te arañó.
—Sí, doctor, me dejó la espalda llena de cicatrices.
—Voy a ponerte una pomada en esas heridas y vas a tomar una semana de vacaciones. Cada día jurarás frente a la tumba de Don Eulogio no buscar gatitas ni tomar café o alcohol por un año.
—¿Cree que él me perdone?
—Yo lo conocí mejor que tú, me contaba cosas que sólo un médico puede saber. Sé lo que te digo: él te está esperando.
—Mil gracias doctor, por eso yo confío en la ciencia.
Erasmo besó la mano del anciano doctor. Con una receta de melatonina y el rostro sereno, salió del consultorio con la paz reflejada en su mirada.
La señora Sofía y la ética en llamas.
La última consulta de aquel día destacó por la presencia de una dama voluptuosa de mediana edad. Fue recibida por el doctor Olvera, quien la presentó con cortesía:
—Buen día, señora Sofía. Permítame presentarle al doctor Mirón, él tendrá el gusto de atenderla hoy.
Con movimientos pausados y sensuales, la mujer se acomodó frente al escritorio. Cruzó las piernas hacia un lado y ladeó el rostro con coquetería, fijando la mirada en el joven médico.
—Entonces, usted es Mirón… eso me interesa. No se le ve nada mal.
—Soy su servidor, señora Sofía.
—Sofía Gómez de Andrade, esposa del diputado Valentín Andrade. Vengo a ponerme… en sus manos.
—Quizás no sea necesario. Cuénteme sus dolencias.
Mientras Olvera masticaba distraído una perdida empanada de choclo que había encontrado en el bolsillo de su bata, Sofía describió su malestar:
—Algo me pasa. Todo empieza con un calor que nace en mis pechos, sube por el cuello y me causa comezón en los labios.
La descripción iba acompañada de gestos: sus manos recorrían el cuerpo hasta terminar con un beso en la punta de su dedo índice. Olvera, incómodo, se atragantó con la empanada.
—Ese calor… ¿es como una fiebre, o como una quemada? —preguntó Mirón.
—Es algo que hierve, como la leche que se derrama por todo mi cuerpo.
—¿Ha notado algún bulto debajo de los senos?
—Sí, es como… una cereza que rueda hasta mi florecita.
—¿Una flor? Puede ser el piquete de una abeja, pero podría ser grave si es del tamaño de una cereza.
—No me espante, doctor. Alivie mi pena, por favor auscúlteme.
Llegado este momento, Olvera pretextó acidez estomacal provocada por la empanada y salió en busca de agua fresca y algo de aire puro.
Al regresar, encontró a su colega abatido con la frente recargada sobre el escritorio y las manos en la nuca, mascullando un discurso casi inaudible.
—Estimado amigo, parece usted un peregrino rezando en La Meca.
—Doctor, no tengo valor para mirarle a los ojos. He cometido un acto impropio de la ética profesional.
—Pare, por favor. Nada hay que deba decirme. Por el rostro de la paciente al salir, me percaté de lo acertada que fue su exploración… y de la buena calidad de sus recursos terapéuticos.
—¿No piensa reprocharme?
—Dejemos eso para el diputado Andrade, que acá entre nos, debería estar agradecido con usted, digamos que la experiencia facultativa de aquel, es deficiente, por decir lo menos.
El médico de todas las salvaciones.
Desprender una espina o curar una herida pequeña suele ser un asunto sencillo: está a la vista, forma parte de lo cotidiano y el remedio es inmediato. No hay temor a la fatalidad.
Distinto es cuando una parte de la maquinaria humana que no vemos, comienza a desobedecer, nos postra en la incapacidad o nos precipita hacia la inexistencia. Entonces buscamos al médico con visión de rayos X, al oráculo capaz de adivinar nuestro destino.
En cada familia o vecindario, siempre se conoce a alguien cuya destreza —o calor mágico— logró aliviar dolencias similares y salvar incluso de la tragedia. En esa esperanza asumimos, casi sin pensarlo, que cada persona es un reflejo de las demás.
Es frecuente que esa eminencia médica, realice su consulta en el Reino de Muy Lejano, lo que obliga al paciente y sus cuidadores a emprender una peregrinación que atraviesa pueblos, ciudades y naciones. El cansancio y el costo del viaje se vuelven secundarios frente al deseo de curación.
“En cada barrio hay un dios menor que cura con las manos y el vapor de la fe.”
Cuando los recursos escasean, o la sentencia del médico es la cárcel dentro del cuerpo o la guillotina, acudimos a lo que la ciencia aún no acepta del todo: la magia, la tradición, las yerbas y los milagros.
Yerbas y milagros
Los años me han enseñado a no despreciar estas opciones. He sido testigo de diagnósticos que nunca se cumplieron o cuyo desenlace, fue contrario a lo previsto, incluso cuando todos los textos de patología, coincidían en el pronóstico.
¿Será que la habilidad ancestral de las yerbas, los humos del copal o la mirada del santo de las causas desesperadas es superior al método científico? Mi opinión es que el conocimiento nunca es perfecto: siempre será incompleto, eternamente incompleto.
El método científico es lo más cercano que tenemos a la realidad, pero estar cerca no significa alcanzar la meta. El error es parte de lo humano, y la sabiduría es más extensa que cualquier cerebro. Ejemplo de ello fue el Salvarsán: diseñado para matar la sífilis, con su fabulosa fórmula de arsénico, que terminó haciendo papilla varios hígados y riñones.
Así, el error en asuntos de salud abre la puerta a la esperanza en otros sitios.
Hace muchos años, en las recónditas montañas de Tlachichilco —a las que solo se llegaba tras un recorrido tortuoso— me sorprendió encontrar un moderno laboratorio ambulante con antena parabólica. De él, descendieron algunos gringos y alemanes dispuestos a entrevistar y recolectar muestras vegetales de manos de las curanderas de la región.
Cada muestra fue adquirida a bajo costo, guardada con recelo en sobres y frascos esterilizados, e incluso en una cámara refrigerante. El abuso era evidente: los posibles beneficios etnobotánicos y farmacológicos, podrían rendir jugosos dividendos a alguna empresa farmacéutica.
Aun así, según me confesó mi comadre Merceditas, ella logró vender algunas plantas de su jardín, a las que inventó —con intrincado lenguaje mágico— poderosas facultades curativas.
Existen productos vegetales cuya eficacia ha sido probada. La quinina, proveniente de la cinchona —un árbol de los Andes—, fue desde el siglo XVII un remedio contra el paludismo. Los jesuitas no tardaron en apropiarse de su patente para curar las “fiebres tercianas” de algún rey de mollera hundida, rebautizándola como “Polvo de los jesuitas” e inaugurando así el plagio intelectual. Este compuesto se sigue consumiendo hoy en día, en pequeñas dosis, dentro de las gaseosas de agua quina.
El cuachalalate es célebre por sus propiedades curativas en afecciones digestivas, inflamatorias y dermatológicas, relacionadas con más de sesenta padecimientos: gastritis, colitis, inflamaciones gaseosas e incluso quemaduras.
El árnica, por su parte, posee virtudes antiinflamatorias, analgésicas y cicatrizantes, que alivian el dolor causado por golpes, esguinces y heridas leves.
Los cabellos de elote destacan por sus propiedades diuréticas, antiinflamatorias y depurativas, útiles para reducir la retención de líquidos y aliviar problemas renales.
La cáscara de plátano resulta efectiva para eliminar verrugas y mezquinos.
La lista es extensa: manzanilla, ruda, epazote, pingüica, diente de león, sábila —capaz de dar un cabello digno de una reina japonesa—, hierba santa y más de 4,500 especies mexicanas registradas.
Mención especial merece la “Hierba del Sapo”, útil para reducir el colesterol, controlar la presión arterial y prevenir el infarto. Y, desde luego, el toloache: indiscutible aliado contra la indiferencia. Sus principios activos pueden provocar visiones, estados de trance y pérdida de conciencia; en síntesis, la definición precisa de lo que es el amor.
La abuela, curandera de nuestra casta.
La abuela, con la tradición heredada desde los tatarabuelos, fue siempre parte esencial de nuestro esquema de salud preventiva y curativa. Gracias a ella, aprendimos que la leche tibia con miel ayuda a conciliar el sueño; que el limón con miel alivia la irritación de la garganta; que el eucalipto abre la respiración; que la concha nácar nos da el rostro de las pompis de una princesa; que un huevo crudo en jugo de naranja da vitalidad; y que la manteca cura las quemaduras. También nos enseñó que para la conducta rebelde, no hay mejor remedio que la chancla de mamá, y en los casos graves, el cinturón de papá.
No sé qué tan efectiva sea la magia para sanar el cuerpo, pero sí sé, que tiene efectos positivos contra el miedo y la tristeza. Lo que sí era muy real, fueron las patentes que acompañaron nuestra infancia y en las que confiaban todas las abuelas: el Vick Vaporub para limpiar los pulmones, el aceite de hígado de bacalao para fortalecer los huesos y el ardiente Merthiolate para arrancar lágrimas.
En la lista de las ancianas, también estaban la Sal de Uvas Picot para la indigestión y la acidez; el mejoral para el dolor de cabeza; el ungüento de azufre para los granos y la sarna; y el alcohol alcanforado para los dolores musculares.
Un toque de magia para remediar los males.
En las tierras altas de la Huasteca veracruzana, tuve el honor de ser compadre en muchos pueblos, siguiendo la costumbre de apadrinar a los niños egresados de las escuelas básicas. Allí adquirí también este parentesco con Inés Santiago, la curandera del alma de Apetlaco, no por apadrinar a un infante, sino por compartir con ella mis reflexiones sobre la bondad y la maldad innatas del ser humano.
Con Inés comprendí que las hierbas y los fármacos pueden sanar o dañar la cáscara de la existencia, pero necesitan del poder del espíritu para otorgar vida, muerte en vida o la muerte misma. La herbolaria y la medicina tradicional, han sido parte de nuestra geografía y cultura, quizá más que en el occidente europeo, pues combinan la química de la naturaleza con la magia y la fe en poderes superiores del universo.
Incluso las enfermedades con tono espiritual: se enferma de susto, cuando el alma abandona el cuerpo tras una fuerte impresión, provocando insomnio, tristeza e inapetencia. Se padece mal de ojo, cuando una mirada envidiosa causa llanto y diarrea. El mal de aire ocurre cuando un viento dañino invade el cuerpo y genera dolor, inflamación o parálisis.
Los tratamientos son tan variados como poéticos: una limpia con huevo; un rosario, pasear al niño boca abajo; un escupitajo de aguardiente; convocar al alma para que regrese; o aplicar sobadas y ventosas. Para acomodar huesos, se acude al huesero.
El arte mexicano, refleja con frecuencia estas dolencias simbólicas. En la obra de Juan Rulfo, Comala —el pueblo de Pedro Páramo— está enfermo de voces que no descansan, poblado por muertos que siguen hablando, recordando y sufriendo. La música ranchera, nos recuerda que el alma puede quedar herida, que se puede enfermar de amores o sentir un muerto subido al pecho.
Un niño atorado.
En un nuevo día de consulta, el doctor Mirón recibió la visita de una mujer madura angustiada por un caso ginecológico.
—Viera doctor, que… tengo atorado al niño.
—¿Se machucó con una puerta? —preguntó Mirón.
—No, doctor. Hace un año que no me baja la regla.
—¿Cuál es su edad?
—Cincuenta y dos, recién cumplidos.
—Déjeme decirle que eso es normal.
—¿Le parece normal que todavía no haya nacido el niño?
Mirón, desconcertado, intentó precisar:
—¿Usted cree estar embarazada?
—Vea nomás mi panza.
—A su edad, muchas mujeres dejan de menstruar.
—Pues serán las otras, yo soy muy sana. Además tengo mucha ansiedad, me falta el aire y sudo por las noches.
—Eso confirma lo que le digo —respondió el médico.
—Ay, doctor… yo creo que el niño quiere decirme algo. Hasta se me aparece su carita en el café.
Ante la confusión, y tras su infructuoso intento de hallar restos de una empanada en el irrigador de lavativas, intervino el doctor Olvera:
—Vea usted Carinita, ese niño del que habla es Luisito.
—¿Cómo va a ser, doctor? Eso fue hace más de diez años… además yo lo arrojé.
—Eso cree usted. En realidad, se escondió para ayudar a que naciera Fermín, ya ve que nació muy pequeñito.
—¡Ay Dios! ¿Desde entonces lo vengo cargando?
—Lo que pasa, es que él la quiere mucho y pidió permiso —ya sabe de quién— para ir al cielo junto con usted.
—Entonces por eso se me aparece en el café.
—Exacto. Él, le está diciendo que ya no debe comer cosas grasosas, ni andar comprando reinas en la pastelería. Debe alimentarlo mejor.
Carinita, conmovida, respondió:
—De verdad que esas canas, no le salieron por menso, doctor.
—Favor del que usted me hace dudar. Antes de que se vaya, deje ese pastelito que guarda aquí en el escritorio —concluyó Olvera.
Los ojos de la Tehuana.
El caso siguiente fue aún más extraño: una tehuana de mediana edad, entró al consultorio sin abrir la puerta. Confundido por el hecho —que atribuyó a su distracción— el joven doctor Mirón inició de inmediato el interrogatorio.
—Cual es su nombre, madre.
—¿Madre de quién? —respondió con tono áspero.
—Le ruego me disculpe, fue una mala suposición. Solo dígame su nombre.
—Ernestina —contestó con firmeza.
—¿Ernestina qué?
—¿Qué de qué? —replicó aún más dura.
—Sus apellidos —insistió Mirón, desconcertado.
—Mis apellidos, no van a hacer que usted me cure la cortada que traigo en el brazo. Así que vayamos al grano.
La herida estaba oculta bajo una gran mancha de sangre, que la hacía parecer más grave de lo que era.
—¿Con qué se hizo la herida?
—Con una luna.
—¿Una luna de espejo, supongo?
—No, con una luna. ¿Nunca la ha visto en el cielo?
—¿Eso… puede cortar?
—Menos charla y empiece su trabajo.
Aturdido, Mirón reunió el material de curación, pero notó la falta de vendas.
—No tengo vendas —advirtió.
—Tome una de mi bolsa, traje varias —indicó Ernestina.
Obediente, Mirón abrió la bolsa y lanzó un grito aterrador que lo hizo caer sentado, para luego huir a toda prisa del consultorio.
Minutos después, Ernestina salió con la herida atendida por el doctor Olvera. Éste, se acercó a Mirón, aún en estado de choque en la sala de espera.
—Su conducta ha sido inesperada. ¿Puedo saber qué ocurrió?
—Tuve un episodio psicótico.
—¿Cuál?
—Dentro de la bolsa de la paciente había un par de ojos verdes, como los de un gato. No había gato, solo los ojos. Parpadeaban y tenían luz propia.
Olvera, con calma, respondió:
—Estimado colega, usted no está en Ámsterdam, Montreal ni Nueva York. Esto es México. Lo que vio no fue alucinación. Esa Tehuana es dueña de una fonda surrealista frente a la tienda “El Exilio”.
—Frente a esa tienda solo hay unos sanitarios.
—Sigue sin entender. Cuando quiera conocer ese comedor, entre por ahí. Cocinan unos relojes líquidos en salsa, que son una delicia.
Para ese momento, el doctor Mirón había alcanzado la madurez suficiente para atender sus propios casos. Así se lo hizo saber Olvera, justo después de que Sandra Benítez, “La Pericocha”, anunciara la llegada de la última paciente de la tarde: la profesora Teresita, maestra de los primeros grados de la escuela. Su nombre provocó un profundo silencio en el viejo galeno.
—Tome la tarde, colega. Yo atenderé a esta paciente —indicó Olvera.
—¿Teresita? Se llama igual que mi maestra de primaria.
—Es la misma, no tenga duda. Lleva mucho tiempo esperando esta consulta.
Vivir bajo las reglas de un mundo mágico, tiene grandes ventajas: la desdicha, puede transformarse en sarcasmo; la pena, en impulso creativo: el dolor, en grandes cuadros; el despecho, en música; y el abandono, en la búsqueda del padre que nunca conocimos. La enfermedad, en cambio, es una guerra contra la realidad. Y aunque pocas veces se logra la victoria, esas excepciones hacen que valga la pena conservar la vida.
Cuando hemos agotado todas las píldoras e infusiones, queda un último recurso: recurrir a la voluntad del constructor del universo. Le hablamos con las palabras que aprendimos para comunicarnos, citamos los sentimientos que entendemos como humanos, apelamos a su justicia como si fuera un juez que necesita conocer la causa. Y no pocas veces, mezclamos en el ruego el egoísmo y el arrepentimiento tardío.
¿Podemos acaso convencerlo? ¿Puede su voluntad certera, cambiar como si no hubiera conocido pruebas, precedentes o condiciones ya valoradas? ¿Puede una máquina ser útil más allá de su obsolescencia?
Lo cierto es que no existe cosa que yo pueda asegurar sobre algo tan grande. Solo puedo pensar desde mi condición humana, esa que me permite sentir en carne propia la desesperación del prójimo y que, al mismo tiempo, reconoce su ignorancia para no cerrar la puerta a una voluntad que nos supera.
La paz de una era entre dos tormentas: bichos y epidemias.
Nacer entre los años cincuenta y ochenta del siglo XX, fue una fortuna. Décadas antes, el mundo había sido asolado por revoluciones y dos grandes guerras; las hambrunas podían surgir de un simple cambio de clima, y los siervos y esclavos nacían condenados a serlo toda su vida. La fiebre española, el sarampión, la sífilis, la rabia, la viruela, el paludismo, la poliomielitis y la tuberculosis cobraron millones de víctimas.
Nuestra generación, apenas pisó la raya de todo aquello. El capitalismo, ascendía tan rápido como los novedosos aeroplanos. Nació la clase media, la agricultura producía más de lo que podía consumirse, y una marca indeleble en el brazo, nos hizo saber que éramos inmunes a la tuberculosis. Fue una fortuna ligada a la geografía: México fue uno de los privilegiados. La pobreza la entendimos a través de la imagen de nuestros padres, y quedó como recuerdo de infancia.
No todos, sin embargo, lograron cruzar ese jardín de maravillas. Guardo en la memoria a los niños esclavizados por aparatos ortopédicos a causa de la poliomielitis; el rostro de profesores marcado por cicatrices de la viruela; los perros callejeros babeando de rabia que provocaban alarma en el vecindario; y la brutal persecución de las perreras, sacrificando con tortura a seres inocentes, víctimas de una enfermedad, o simplemente por ser parte de una especie. Esa brutalidad humana, que nos hace creer que somos los dueños del mundo.
Fueron tiempos de cruzada universal contra bacterias y virus. El Estado mexicano asumió esa responsabilidad calle por calle: el tétanos y el sarampión quedaron bajo control. Un Estado capitalista con tintes sociales, decidido a mantener saludable la mano de obra necesaria para la industria. Las vacunas fueron un milagro, tanto que gracias a ellas hoy podemos estar vivos para gastar la pensión en suscripciones de Netflix y quedarnos dormidos a mitad del episodio o llenar la maleta de viaje a Huatulco con pastillas para la hipertensión y la glucosa.
También hay que agradecer la llegada de las nuevas jeringas, que sustituyeron aquella daga de cristal y acero, que salía de un estuche metálico con forma de féretro, y que debía hervirse antes de cumplir su sádico destino.
Pero aquella brecha de calma, hoy se ve amenazada. La riqueza acumulada por unos cuantos, es incompatible con el ascenso social de una población demasiado numerosa, cuya mano de obra y talento son sustituidos por la tecnología. En el horizonte, los planes de guerra vuelven a ser tentadores, y la enfermedad acecha: se refugia en los cinturones de pobreza que ahora son metrópolis enteras de casas miserables, y en la chatarra que ingerimos como alimento.
Vampiros y héroes de la salud pública.
En 1943 se fundó el IMSS bajo la orden del presidente Ávila Camacho, y en 1961, se inauguró el Centro Médico Nacional con sus imponentes instalaciones de alta especialidad. El derecho laboral comenzó a tomar forma: la salud y la jubilación se convirtieron en ley. Para entonces, ya existían sólidas instituciones de investigación y atención, como: el Instituto Nacional de Cardiología, el Instituto Nacional de Nutrición, el Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias y el Instituto de Diagnóstico y Referencia Epidemiológicos. Todo, gracias al espíritu visionario de Ignacio Chávez y Salvador Zubirán.
Todo parecía marchar bien, pero en los años ochenta, algo comenzó a cambiar, primero para mal y después para peor. Los sindicatos, dieron carta libre a una generación de asistentes médicas y administrativas, con gesto de pirañas y actitud de matronas de burdel; a médicos déspotas y holgazanes, que negociaban ascensos a cambio de lisonjas, billetes de Sor Juana, y favores cariñosos en sanitarios y cubículos de descanso.
Recuerdo a una jefa de nefrología que, a fines de los ochenta, se apropiaba para beneficio propio, del don divino de decidir la vida y de la entrega de los catéteres de diálisis. También, al cónclave de Neurocirugía del Hospital Primero de Octubre, que en los noventa, escupía maldiciones y desprecio, sobre los pacientes con cáncer cerebral. Ni qué decir de los internistas del Hospital General 27 del IMSS o de Infectología de La Raza, que en los ochenta y noventa, ofendían con letreros ignominiosos, a los afectados por el VIH.
No escapaban tampoco las enfermeras, camilleros y personal de farmacia que, hoy y antes, rapiñaban medicamentos y material de curación para beneficio personal o tratamientos de “belleza”. Ni los favores entre médicos, para dar privilegios de hospital, a los pacientes de colegas atendidos en consulta privada. Ni las venganzas contra enfermos, por diferencias con sus familiares. Desquites con tono criminal, que merecerían prisión.
Aquí se repite el dicho: la intención fue buena, pero las malas obras, salieron como cucarachas de un sarcófago de vampiros.
Me hubiera gustado conducir esta crónica, con un elogio a las instituciones y miembros de la salud pública. Pero mi obligación —más allá de la creatividad y la ficción— es concluir con la verdad. Eso no significa que no existan excepciones ni otra cara de la historia. También recuerdo a aquella enfermera que, durante un temblor, cubrió con su cuerpo a una paciente de nefrología, para protegerla del polvo que podía causarle una peritonitis.
Dentro de esas paredes de hormigón y aroma a desinfectante, también hay conciencias poderosas que resisten, que ejercen la profesión con bondad innata. Quizás, sea la persona que pone un toque de sabor a las manzanas hervidas, para hacer olvidar por un rato la punta canalizada en el brazo. El residente, que consigue a escondidas, el calmante que el titular olvidó llevar al simposio de murciélagos. Quizás, quien lava un cuerpo ajeno con piedad desinfectada.
Ellos son los únicos por los que, por ahora, evito usar el fuego de estas letras, para incendiar por completo los quirófanos y todos los percheros con batas blancas.
Una estrella en la frente puede salvarnos.
Mi edad, me faculta para dar un consejo que no es mío, porque ha sido dicho muchas veces: la vida es corta y cada segundo, debe conducirse hacia la dicha. No solo hacia el placer, como muchos quisieran, pues éste, suele ser el origen de la enfermedad. Y créanme, llegará el momento de pagar con dolor y sangre, no de manera simbólica. Yo mismo, soy víctima de mi propia historia.
En días recientes, tras una colección de muestras químicas y diagnósticos contradictorios —que iban de la piedad a la condena— decidí acudir a la última opinión del médico más experimentado que pudiera existir. Así, llegué a la cita con el anciano doctor Mirón, a quien no había visitado en cuarenta años.
Frente a su mirada fija, dudé de su estado vital. Incluso pensé que lo que tenía enfrente, era una exhibición embalsamada de sus restos. Pero, con ese carácter agrio que conquistó tras años de ejercicio profesional, me confirmó lo que ya sospechaba: mi salud era un desastre retorcido.
—Mire usted, estimado pre-difunto, es tiempo de poner en orden su conciencia. Ya no es necesario que me pague la consulta; entregue ese dinero a sus futuros deudos para los gastos que se necesiten.
Al salir, con un pesado sentimiento de derrota por el diagnóstico del mejor médico en quien podía confiar, me encontré en la sala de espera con la maestra Teresita.
—Profesora, qué sorpresa verla. Su rostro no cambia con el tiempo.
—Esa es mi naturaleza, bebé.
—¿A qué ha venido a este consultorio?
—Tengo una cita con el niño Alfonso Mirón.
—¿Alguna situación especial?
—Tengo que presentarlo ante el director.
Un repentino mareo, seguido de un escalofrío, recorrió mi cuerpo.
—Disculpe profesora… ¿sabe usted si pronto tendré que ir a ver al director?
—Permite que revise la lista de asistencia.
La profesora abrió su portafolio, y de él, se deslizó un manuscrito lleno de nombres, cada uno acompañado de una estrellita dorada, plateada o negra.
—No, bebé. Prepárate para cursar el siguiente año. Pero ven, agáchate frente a mí.
Al salir del consultorio, mis pulmones respiraron el aire más fresco y dulce que había probado en toda mi existencia. El mundo lucía con colores luminosos nunca vistos. Entonces, me toqué la frente y palpé la estrellita dorada que la profesora había colocado ahí.
El doctor Mirón fue una eminencia. Nunca realizó la residencia para ser internista, pero sus diagnósticos eran sabios y certeros. Bueno… ¡No siempre!
«Quizás todos llevamos una estrellita invisible, puesta por alguien que es más paciente que nosotros»





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