
Esta historia nos lleva a un viaje de ausencias y esperanzas. Anselmo, un mercader insurrecto, atraviesa montañas, ciudades y fronteras cargando memorias y fantasmas. Desde los amuletos de Chicontepec hasta pijamas extraterrestres que se vuelven símbolos de resistencia. Tijuana aparece como un espejo roto de ilusiones, Los Ángeles como un campo de batalla y Chicago como un tren fantasma que nunca se detiene, recordándonos que la migración es un viaje perpetuo de cuerpos y almas.
Amores que se reinventan con nuevos nombres. Es un relato que mezcla mito y realidad, dolor y esperanza, para mostrarnos que cada frontera es un espejo de lo que somos.
Anselmo, el vendedor insurrecto.
Anselmo nunca sintió pertenecer a un lugar. Se definía como ciudadano del mundo cada vez que alguien le preguntaba. Nació en Moroleón, pero gran parte de su vida transcurrió en las montañas de Chicontepec. Su familia lo llevaba con frecuencia a su pueblo natal, para comprar prendas que luego comerciaban en los mercados de las comunidades indígenas de la Sierra Madre.
Desde niño, se maravilló con el universo de objetos creados por el ingenio humano. Se enamoró del comercio y se imaginaba llevando esas maravillas de las ciudades a los rincones donde los ojos se iluminaban al verlas. Muy joven, apenas adolescente, inició su oficio y quiso hacerlo en grande. Con pocos ahorros viajó a la gran ciudad de todas las ciudades: la imperial Tenochtitlan. Allí ofreció objetos de deseo y ambición, incrementó su capital y descubrió que, además de los rebozos de algodón de las montañas, existían artículos capaces de vencer el miedo, el desamparo y de alimentar la codicia de los habitantes de la metrópoli.
Se trataba de amuletos poderosos, fabricados con oraciones y retazos de ropa arrancados a duendes y ancianos de la tierra. Prometían atraer dinero, salud, belleza y simpatía. Nadie pedía uno para la sabiduría o la inteligencia.
En uno de sus viajes, hizo una pausa en Coatlinchán para desayunar unas enchiladas mineras que le recordaban el sabor del Bajío, aunque allí las adornaban con un queso capaz de intoxicar de placer. Mientras comía, entretenido en su mal hábito de limpiar manos y labios con la camisa —convertida ya en recetario de sus alimentos—, se vio envuelto en una insurrección popular.
Unos rotitos del supremo gobierno, habían llegado con la misión de raptar a Tláloc, señor de las tormentas, para exhibirlo como tosco muñeco de feria en la calzada de los virreyes. Sin darse cuenta, Anselmo se convirtió en uno de los capitanes de la revuelta. Nada resulta más indignante que ver a un pueblo despojado de sus raíces, de su vínculo con el paisaje y lo sagrado.
Sembró sus amuletos mágicos entre los obreros encargados de remover el monolito, para infundir el temor de desafiar los poderes del inframundo. La defensa popular incluyó súplicas, rezos, sabotajes y hasta el encadenamiento de varios rebeldes a la gran piedra. Pero la voluntad de los tiranos, se impuso sobre el espíritu y el alma de la comunidad.
Anselmo agotó la mayor parte de sus ahorros apoyando aquella lucha. No le causó angustia, pero sí le dejó un sabor de desesperanza al comprobar lo fácil que se cortan los lazos que atan a los amores. En la vida es común que ocurra: algún día faltará la madre que te despierte con un beso, la mano del padre que te conduzca seguro por el camino, o las campanas del templo que te orientaban en el sitio donde nunca podías perderte.
Con ese pensamiento, al salir de Moroleón —donde había comprado unas pijamas estampadas con extraterrestres sentados en pirámides— se cruzó con unos peregrinos cargados de incertidumbre y esperanza. Detrás de ellos se arrastraba una fila de almas muertas, que decían ser sus recuerdos, apresurando el paso para no ser abandonadas por sus guías.
Iban en busca de un lugar donde, según les habían dicho, habría ollas llenas de oro tiradas por las veredas, un sitio para recoger ladrillos y reparar el muro roto en la casa de los abuelos. Al escuchar esas historias, Anselmo vio la oportunidad de viajar a ese país maravilloso, donde habría mercancías fantásticas para intercambiar con los parroquianos de la sierra y los aborígenes de la Ciudad de los Palacios.
Tijuana, la ciudad de los espejos.
El trayecto hasta Tijuana fue cansado y muchas veces penoso. El alimento, sin embargo, nunca faltó: la nación mexicana es un inmenso frutero del que puedes arrancar frutos de cualquier árbol, de un cactus o incluso de la misma tierra. Con frecuencia basta con llamar a una puerta para ser conducido hasta la mesa.
Lo difícil fue soportar el dolor de las llagas en los pies, el calor y el frío, la necedad de las almas que jalaban a sus hijos vivos de regreso, y la maldad de las fieras que aparecían para cobrar peaje a cambio de evitar la cárcel o los golpes. Por ello resultaba imprescindible esconder los centavos y mirar con desconfianza a cualquiera que se atravesara en el camino ofreciendo milagros o caminando a sus espaldas.
Tijuana es un mar que nada sobre la arena, una casa de espejos donde el sol se multiplica cada tarde y el horizonte estalla cada noche en fuegos de artificio. Es un semáforo en verde para quien llega en busca de una copa, y una luz amarilla para quien intenta cruzar la garita escondido en una cajuela. Esta ciudad es el hombre pobre que ganó en la lotería, incapaz de evitar el desenfreno de su fortuna.
En los años sesenta, era más polvo que calles y más sombras que luces, salvo la Avenida Revolución: una gran cantina con burdel y casino para los gringos de San Diego. Allí se apostaba a los caballos y se escuchaban los sonidos estridentes del rock, junto con los corridos de los “mojados”. Más allá de esa avenida, casi todo eran cuartos de lámina y madera. Tijuana era un espejo de doble cristal que reflejaba la embriaguez de unos y el cansancio de otros.
Del otro lado, los campos esperaban manos para sembrar sandías del tamaño de un automóvil y lechugas con más hojas que una enciclopedia.
Ésta es una ciudad que infunde miedo, sobre todo a los migrantes. Infunden temor los cholos y los coyotes que prometen esperanzas tras una mirada siniestra. Es un sitio donde se duerme poco, donde el caos nunca se apaga. El último escalón antes del sueño americano, el mismo donde cualquiera puede tropezar, donde la espera es larga como los rostros de desconfianza. Es un lugar de pocos brazos abiertos y muchos puños cerrados.
Los migrantes usan cualquier calle como dormitorio, con cuerpos resistentes a un frío que haría tiritar a un pavo congelado o a un calor capaz de derretir una roca. Pocos pueden pagar un hospedaje que, en realidad, son habitaciones de madera o ladrillo pelado, con catres o colchonetas para seis o diez viajeros apretados. Allí se soporta el silbido del viento colándose entre los techos y el tufo rancio de cuerpos amontonados.
El baño puede ser apenas un agujero en la tierra, cubierto por láminas improvisadas. El agua para lavarse el rostro —no para beber— se encuentra en un tambo donde la escarcha se forma durante la madrugada.
“Dicen que allá hay ollas de oro, pero yo solo busco un techo.”
Allí llegó Anselmo todavía entero, sacudiendo el polvo de su camisa, esa que ocultaba las manchas de su última merienda. En esa habitación, junto a otros que extraían de paliacates restos de algún bocado, acomodó una colchoneta junto a su caja de pijamas. De pronto, unas manos lo abrazaron por la espalda: era una jovencita sin nombre, a la que él llamó Patria, por su parecido con la mujer de la portada de los libros de texto. Hambrienta y con un vestido desgastado, le pidió que fuera su protector para cruzar la línea donde la esperaban sus padres.
Anselmo aceptó sin dudar. Alimentar y cuidar era la razón por la que todos aquellos viajeros atravesaban la frontera. Esta sería la última estación para las almas muertas, para quienes lo desconocido era una pena más grande que el abandono.
«Todo aquel que cruza al otro lado, ignora si regresará algún día».
En ese lugar, algunas almas habían decidido quedarse desde mucho antes, como aquella del sombrero que siempre guardaba silencio, sentada en un catre mirando hacia la puerta, esa misma que jamás podía atravesar sin desvanecerse. Ese campesino, atormentado por su desdicha, nunca entendió que había muerto. Muchas veces intentó engañar a su destino colándose entre los braceros que abandonaban el hospedaje, incluso montado en sus hombros, pero la fatalidad nunca concede una segunda oportunidad.
“Un nombre perdido es un destino sin regreso.”
Otro espectro, más travieso, escondía los zapatos y hacía perder la paciencia de los huéspedes, quienes al final los encontraban a la entrada de la barraca. Hubo quien dijo que se trataba de un duende; otro culpó al gallo que uno de sus compañeros usaba como despertador de tecnología japonesa, capaz de dar la alarma del próximo amanecer justo a las cuatro en punto, sin equivocarse jamás.
La verdad la conocía Anselmo, quien debía abrir espacio para que la pequeña Patria saliera a orinar de madrugada, acoplada a cualquier calzado que encontrara en el trayecto. Sus pasos eran tan ligeros, que ni siquiera el polvo se atrevía a removerse. El conjuro para hallarlos lo sabía Demetrio, el zapatero, quien cada mañana repetía la misma frase: “I am work very strong.”
Como fuese, tanto los fantasmas como los incidentes tenían el poder de promover la solidaridad y disipar el miedo antes de llegar a San Diego o enfrentar a la Ciudad de los Demonios, ciudad de Ángeles o de sheriffs con lentes negros, esposas de acero y rifles nerviosos.
Los Ángeles Infernales, el odio y el miedo a lo diferente.
Durante la Segunda Guerra Mundial, entre 1942 y 1964, Estados Unidos necesitaba más soldados que trabajadores y, después, más manos hábiles que lisiados para sembrar la tierra y mover las máquinas de un poderoso aparato industrial. De esa urgencia nació el Programa Bracero, que permitió la entrada legal de más de cuatro millones y medio de trabajadores mexicanos.
Al concluir el programa, los abrazos de bienvenida se transformaron en arrestos: casi un millón hasta 1970. Aun así, los mexicanos persistieron en su voluntad de cruzar la frontera, ahora de manera ilegal, superando con mucho la cantidad de detenidos. Fue entonces cuando se fortaleció la economía criminal de los coyotes y la corrupción entre ambos países.
Muchos de los contratados regresaron a sus lugares de origen, pero otros decidieron quedarse, pintarse el cabello de rubio y aprender la frase “How much money?”. Para mediados de los sesenta, una parte importante de los migrantes ya contaba con familiares arraigados en el norte, lo que facilitaba su incorporación a la sociedad. Los que volvieron a México esperaron, de manera infructuosa, la devolución del 10% de sus salarios, depositados en bancos nacionales como garantía de respaldo económico. Ese ahorro nunca fue entregado. La ambición corrupta de funcionarios mexicanos y la ausencia de mecanismos claros para reclamarlo agravaron el despojo. Incluso en el año 2000, aún había personas exigiendo la devolución de esos fondos.
Cruzar el desierto o el Río Bravo, era intentar caminar sin dejar huella, atraer con el aroma de la carne a los perros salvajes que peleaban por cada hueso, ocultarse del acecho de aves negras prestas a devorar súplicas. Beber agua era tragar arena ardiente; arrastrar los pies, un crimen sin perdón.
“El desierto respira más lento que los hombres.”
No hay burla más cruel que haber bautizado a la ciudad de Los Ángeles con ese nombre, salvo que la intención haya sido reflejar la rebelión de Lucifer por los dominios del universo. Allí, el color de la piel es un uniforme permanente que distingue a las hordas guerreras de cada bando. En las ciudades norteamericanas cada raza tiene su barrio, pero lo que sorprende es la violencia con la que sus habitantes dicen defender la paz, las libertades y la superioridad de unos sobre otros.
El instinto tribal está presente en todas las comunidades humanas. En el modo en que defienden con sangre los bisontes o mamuts que pastaban en cada territorio, los que ahora llamamos petróleo, uranio y mano de obra. México es apenas distinto, quizá por su necesidad mestiza de juntar lo ajeno con lo propio. En cambio, dentro de la sociedad blanca norteamericana, la diferencia es amenaza. Es un miedo latente, casi genético: a los pieles rojas que incendiaban caravanas, a los esclavos africanos cuyo color evocaba venganza, a los japoneses que hundían barcos, a todo aquel que no cerrara los párpados ante la luz del sol.
Cuando un político desea ganar una elección, basta con invocar ese miedo y señalar al enemigo. En Los Ángeles, antes y ahora, el hombre blanco se viste con tolete, pistola y placa de comisario, mientras los hombres negros y color café adornan su cuerpo con golpes y balas. Una ciudad en eterno conflicto y perpetua protesta, que no pocas veces termina en incendios y patrullas volcadas, como ocurrió en 1992 tras la golpiza a Rodney King o en 2020 con el homicidio de George Floyd.
Vivir allí como migrante mexicano exige pies veloces e instinto para detectar las redadas. A pesar de ello, Anselmo quedó maravillado por los cristales de los grandes edificios, el Statler Hotel y el City Hall. Resulta extraño que, antes de 1957, la ciudad prohibiera las construcciones elevadas. Su mayor fascinación fueron los enormes supermercados, llenos de mercancías de toda clase. Con espíritu de mercader, hacía cuentas a velocidad supersónica: costos, logística, utilidades. Se deleitaba imaginando los rostros maravillados de sus clientes en la montaña y en la Ciudad de los Palacios.
Lo primero, sin embargo, era encontrar un empleo. Así se vio en Main Street, junto a una multitud, esperando ser reclutado tras una inspección sanitaria que buscaba garrapatas e irregularidades en manos, pies y dientes, como si se tratara de la venta de un caballo. Incluso las mascotas eran revisadas, y dejaron de llamarse Petronio, Chucho o Seferino para recibir el nombre genérico de Firulais, traducción de “free of lice”.
Las uvas filipinas, Vietnam y Watts Riots.
Entre el interminable lienzo de los campos de uvas de Delano, aparecía de vez en cuando, entre el follaje, el rostro demacrado de algún hombre delgado, con pies que parecían raíces de enredadera y manos convertidas en racimos de fruta. Durante el trabajo jamás levantaban la mirada hacia otro ser humano, y cuando hablaban lo hacían en un lenguaje rápido e incomprensible: el tagalo.
Al principio, Anselmo no pudo comunicarse con ellos. Fue gracias a su compañera de viaje que logró hacerlo. Ella lo había seguido desde la casa de huéspedes en Tijuana y ahora le había cambiado el nombre: ya no era Patria, sino Amalia. Una nueva Malinche por dos razones: por aprender el idioma de aquellos filipinos y servir de intérprete para el capitán de su navío transparente, y por renunciar al nombre anterior.
—Ya no me gusta ese nombre, Anselmo.
—Es muy bello. ¿Por qué no quieres que te llame así?
—No se puede caminar adelante cuando un amor tan grande te sujeta.
—¿Cómo debo decirte ahora?
—Inventa algo que te haga quererme.
—Amalia.
—¿Por qué lo has elegido?
—Porque significa esfuerzo y trabajo. Eso es lo único que nos espera, lo que algún día florecerá.
No se puede amar a una madre o un padre que te han abandonado, Amalia, junto con Anselmo, habían permanecido cuatro días en espera de los mentores que habrían de rescatarla. Ella nunca lloró por fuera, aunque por dentro su corazón se disolvía en la sal de las lágrimas. A partir de entonces convirtió a aquel hombre paciente en su pensamiento perpetuo.
Una barraca de madera fue su nuevo hogar y treinta centavos por hora, su salario por iniciar la jornada a las cinco de la mañana y terminar a las siete de la noche. El agua, que en otras civilizaciones es un bien gratuito, allí tenía un costo.
Poco tiempo vivieron bajo esas condiciones, hasta que los trabajadores filipinos iniciaron una huelga y un ayuno. Más que protesta, era un hábito regular, pero sirvió de inspiración para César Chávez, líder mexicano que atrajo la atención de la ciudadanía californiana. El 8 de septiembre de 1965, unos 800 trabajadores filipinos encabezados por Larry Itliong, Benjamin Gines y Philip Vera Cruz iniciaron la huelga contra los viticultores de Delano. Los mexicanos César Chávez y Dolores Huerta se unieron a la causa, promoviendo el boicot a la compra de uvas con el apoyo de iglesias y estudiantes.
Su lucha imitaba la resistencia pacífica inaugurada décadas antes por Mahatma Gandhi: ayunos prolongados y marchas silenciosas, como la que recorrió en 1966 los 480 kilómetros de Delano a Sacramento, conmoviendo a una parte de la sociedad norteamericana. Para muchos migrantes mexicanos de la época, Chávez fue un símbolo comparable a Martin Luther King Jr.
Durante la huelga, Anselmo logró atraer la atención de los campesinos filipinos, quienes compraron todas sus pijamas extraterrestres y las desgarraron para convertirlas en taparrabos, útiles para revivir una danza guerrera tradicional que seguía el ritmo de percusiones y platillos.
“El eco de un tambor basta para recordar hacia donde mirar y encontrar nuestra tierra.”
Con los ingresos obtenidos, Anselmo y Amalia regresaron a Los Ángeles, donde la ciudad ardía en otra danza guerrera. Marquette Frye, un joven afroamericano pasado de copas, había protagonizado un altercado con la policía. La comunidad de Watts interpretó su arresto como un acto más de brutalidad y discriminación. Armados con piedras y botellas, se enfrentaron a las fuerzas del orden.
El conflicto creció hasta que más de mil edificios fueron dañados por la turba, que aprovechó para saquear tiendas y supermercados. La ciudad de los demonios, despojada de su disfraz de ángeles, brilló con el resplandor de los incendios que iluminaron el barrio de Watts y otras zonas del sur. El saldo final fue de 34 muertos, cientos de heridos y cuatro mil arrestos.
Como si fuera poco, en universidades como UCLA y USC, estudiantes, profesores y grupos pacifistas iniciaron sus primeras manifestaciones contra la guerra de Vietnam. En medio de ese aquelarre, Anselmo vendió algunas pijamas más a los jóvenes universitarios, quienes interpretaron el estampado de un extraterrestre montado sobre la pirámide de Chichén Itzá, como un símbolo mágico de paz, armonía y resistencia universal.
Chicago, el tren fantasma y la vaca de la señora O’Leary.
Chicago puede considerarse una ciudad fundada muchas veces. Primero en 1779, cuando Jean Baptiste Point du Sable, comerciante afrocaribeño, estableció su hogar en la zona; luego en 1803, con la construcción de Fort Dearborn; más tarde en 1833, con apenas unos cuantos aldeanos que levantaban paja para su ganado. Al final, en 1837, fue reconocida oficialmente como ciudad.
Sin embargo, la urbe actual tuvo su origen en 1871, en el establo de la señora O’Leary, tras el mugido inaugural de Clover, su vaca irlandesa, que con una simple patada renovó la arquitectura completa de la ciudad. La leyenda cuenta que el Gran Incendio de Chicago, comenzó cuando la vaca pateó un farol en el establo. La acusación provino de “Peg Leg” Sullivan, vecino que declaró haber visto iniciar el fuego. Harper’s Magazine, publicó ilustraciones de la dama ordeñando mientras la vaca derribaba la lámpara. Aquellas imágenes reforzaron la idea de su culpabilidad, aunque nunca hubo pruebas. En el imaginario popular, los inmigrantes irlandeses —pobres y señalados— fueron culpados de todo: desde malas cosechas hasta el asma del pastor evangélico.
En 1997, el Ayuntamiento de Chicago exoneró oficialmente tanto a la vaca como a la señora O’Leary. Reparación inútil: hasta hoy, sus ciudadanos siguen culpándolos de cualquier desperfecto o infortunio.
No fue montado en una vaca que Anselmo llegó a Chicago, sino en un tren de pasajeros que hacía el largo recorrido de casi dos días. Un transporte extraño, silencioso, cuya marcha parecía rodar sobre una nube más que sobre rieles. Los viajantes, todos braceros, tenían miradas de cansancio inagotable, como quienes esperan un destino demasiado lejano.
El mercader y su compañera, descubrieron la razón al descender de madrugada en el barrio de Pilsen: no había estación, ni vías, ni tren. Aun así escucharon el silbato que anunciaba la partida. Era el tren de los ausentes, de los que cruzaron la frontera y nunca volvieron, de los que perdieron su nombre, como los esqueletos del Río Bravo y del desierto. Un tren fantasma que jamás se detiene, porque la migración nunca termina.
“El miedo también tiene estaciones.”
Es probable que por haber perdido su nombre, Amalia y su compañero, hubieran recibido billete de abordaje en una confusión que fue reparada.
Chicago tampoco los reconoció por su nombre. El frío mordía sus manos, pero sus ojos se maravillaban con los murales que hablaban en español del Bajío: una sucursal de Moroleón con rascacielos. Una metrópoli con parques temáticos del mundo —Chinatown, la pequeña Italia— donde Al Capone dejaba caer pianos sobre cabezas sin inmutarse. Una ciudad con mar privado, donde los despertadores suenan al ritmo del jazz y los gatos maúllan al compás del blues.
La nación norteamericana es la cuna del hot dog, pero ninguno sabe igual que los preparados en los carros ambulantes de Chicago. Tampoco existe otra pizza con ese sabor a pólvora. Chicago es un latido de acero y ladrillos, que una vez al año agradece con estallidos de luces por la supervivencia y la abundancia.
Tras el gran incendio y el inicio del siglo XX, muchos mexicanos llegaron para trabajar en la industria y en la reconstrucción, creando redes de parentesco y apoyo que atrajeron a más migrantes en las décadas siguientes. En los años sesenta, muchos fincaron raíces para no regresar jamás. La cultura cosmopolita y la convivencia amable también ayudaron.
Esta ciudad no fue un lugar donde Anselmo y Amalia pensaran quedarse, sino hacer negocios con un polaco-americano de alma hippie, fascinado por las pijamas extraterrestres y los amuletos de Chicontepec. Incluso por una mancha de ketchup en la camisa de Anselmo, que semejaba un dios azteca haciendo la “V” de la paz. De ese intercambio, nació una marca de streetwear y simbolismo mágico que causó furor en Nueva York, San Francisco y la Ciudad de los Palacios.
La marca Salomón cobraría relevancia en los años siguientes y serviría de nombre para un cachorro adoptado por la pareja en su regreso a Tijuana. El perro tenía la manía de cavar túneles de un lado a otro de la frontera, tan largos como los que aún construyen hombres y mujeres de la América Hispana.
Como en todo cuento de hadas, héroes y princesas, Amalia y Anselmo fueron una pareja feliz, asentada en las montañas de la Huasteca veracruzana. Desde allí, el horizonte es tan corto que se alcanzan a ver las olas tranquilas del Lago Michigan, las cantinas de Tijuana y las almas desgarradas que quedaron en el desierto.
Nada en la vida es fácil: la esperanza siempre es delgada, pero es la única señal para salir de una cueva. Todos somos maquinistas de un tren de ausentes, ese que nunca se detiene y del que podemos descender con recuerdos para volver al origen. Pero para crecer, siempre es necesario cruzar una frontera plagada de demonios y fantasmas.
Si algo sale mal, todo será culpa de Clover, la vaca de la señora O’Leary.

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