

En cada esquina de la ciudad late una historia que mezcla tragedia y morbo, justicia y desamparo. Alarma! fue un espejo rústico donde se reflejaban los valores, miedos y contradicciones de México. Sus páginas, cargadas de sangre y escándalo, revelaban la fragilidad de la familia, el deseo, la sombra del poder y la fe que intenta salvarnos del castigo.
Esta crónica revive ese universo de titulares crueles y voces populares, donde la compasión se enfrenta al linchamiento, y el dolor ajeno se convierte en espectáculo.
Arístides, el cazador de demonios.
La vida de Arístides transcurrió marcada por la tragedia. Cuando era apenas un niño, su padre fue arrestado para encubrir los delitos de un agiotista adinerado, dueño de la empresa donde trabajaba como chófer. Una tarde, lo sorprendieron dentro del automóvil con una maleta llena de billetes, producto de un hurto mal planeado entre su patrón y un jefe policiaco. La justicia lo declaró culpable desde el primer momento, sin que el juez siquiera conociera su rostro.
Sin el único sustento del hogar, el casero intentó abusar de su madre bajo el chantaje de no expulsarlos de la vivienda. Al negarse, recibió golpes y al día siguiente, sus pocas pertenencias fueron arrojadas a la calle. Fueron acogidos a regañadientes en la casa de unas tías, quienes a cambio de unas sobras de comida, obligaban a su madre a realizar todas las tareas de la enorme casa. Apretados en una habitación incómoda, madre e hijo permanecieron allí un par de años, sucios y hambrientos. Un día, ella enfermó tras la mordida de una rata y murió luego de una lenta agonía.
Las tías intentaron entregar al pequeño a un explotador que vivía del trabajo de varios niños desamparados. Arístides decidió huir sin rumbo fijo. Vagó varios días por las calles, sobreviviendo gracias a la caridad pública; su cama era el suelo duro de cualquier rincón donde lo venciera el sueño. En esa vida conoció a Esteban, un loquito callejero apodado “El Cobijas” por su inusual vestimenta de múltiples sarapes y cobertores.
Este recolector de botellas, de alma compasiva, lo adoptó y lo llevó a su hogar: una casucha fabricada con láminas metálicas de propaganda política, pertenecientes a un candidato expulsado de su partido tras un escándalo amoroso.
La morada dulce de «El Cobijas»
Contrario a la imagen desaseada de Esteban, su casa era limpia y acogedora: floreros adornados con ramas de cilantro, manzanilla y epazote; un misterioso colchón nuevo e impecable; cuadros de santos y una jarra llena de agua de frutas recolectada en el mercado.
“El Cobijas” era hombre de pocas palabras, limitado a frases como: “vamos a dormir”, “vamos a comer”, “deme caridad” o “vender botellas”. Arístides pronto desistió de conversar con él, pues el único intercambio posible era una mirada fija y bondadosa, acompañada a veces de una carcajada extraña, más parecida al gruñido de un espectro.
Esteban asumió una actitud paternal: alimentaba al niño varias veces al día y le conseguía juguetes de los basureros. La vida junto a “El Cobijas” era grata, salvo en las noches en que despertaba con alaridos aterradores, asegurando ver a la Virgen de Guadalupe que lo reprendía y amenazaba con conducirlo al infierno. Tras desaparecer esa visión, solía aparecer la imagen enternecedora de un niño que lo cobijaba en su pecho, mientras lloraba desconsolado.
Arístides creció fuerte y sano al lado de su padre adoptivo. Consiguió trabajos temporales que mejoraron sus condiciones de vida y soñaba con obtener una casa verdadera para atender a Esteban en su vejez. Sin embargo, una tarde, al regresar a su hogar, observó con horror cómo un trascabo municipal, destruía su humilde vivienda. El terreno sería convertido en un moderno centro comercial, propiedad de la familia del alcalde.
Entre gritos, intentó detener la demolición y buscar a Esteban, pero solo logró ser encerrado unos días en un reclusorio provisional, donde le informaron que su padre adoptivo, había sido internado en un albergue psiquiátrico. Pasó mucho tiempo intentando localizarlo sin éxito. Tras esa nueva adversidad, su corazón se llenó de indignación, coraje, sed de venganza y de justicia. Nunca más se le volvió a ver por esos rumbos.
«La noche de nuestras vidas tiene más enigmas que respuestas.»
Michel, el galán de los espejismos.
Con su sonrisa impecable, aroma a desodorante francés y modales de caballero, Michel era la fascinación de las mujeres maduras que se reunían en el café La Vida en Rosa, junto al gran Hotel de México. Damas elegantes, de vida resuelta, buscaban un amor juvenil con quien compartir un viaje a Venecia, a Río de Janeiro… o quizá el resto de su vida.
La necesidad muchas veces acribilla a la experiencia. Todas sabían del riesgo: un romance podía convertirse en fraude, quebrando no solo sus finanzas, sino también su autoestima. Aun así, cada una se sentía única, convencida de poseer un encanto capaz de rendir a sus pies a cualquier joven Valentino.
Michel —en realidad Timoteo— conocía bien su terreno de cacería. Con su atractivo rostro, exprimía hasta la última joya y billete de sus víctimas, para luego abandonarlas entre insultos y amenazas. Su alma oscura disfrutaba verlas humilladas, guardando retratos íntimos que llenaba de adjetivos crueles, destrozándoles el amor propio.
Así ocurrió con Minerva, una mujer de 52 años a la que Arístides encontró en un parque residencial, llorando la sal que no encontraba líquido para las lágrimas. Con delicadeza, logró que confesara su tristeza y la consoló con palabras sabias, propias de quien conoce la desgracia desde el abismo.
Días después, los periódicos anunciaban la noticia estremecedora:
«Matáronlo por Guapo y hasta los cachetes le desinflaron»
- ¿Tú lo ves guapo, Malena?
- Sí, pero no le duró nadita… tenía un alma muy fea.
Tamara, la novia siniestra del barrio.
Tamara era una jovencita ingobernable, pandillera de uno de los barrios más antiguos de la ciudad. Traficante de enervantes y devota de una secta de santeros, que en realidad funcionaba como banda de asaltantes, se sentía protegida por aquellos pelmazos, a quienes abastecía de píldoras y hierbas alucinantes. Orgullosa de su poder, disfrutaba del escándalo y de agredir a cualquiera que se cruzara en su camino.
Sus “travesuras”, eran actos de abierta irreverencia: orinar sobre la estatua de un santo, quebrar las muletas de un lisiado, embarrar grasa de automóvil en la cabellera de una niña de escuela o destrozar la mercancía de un vendedor ambulante. La ciudad entera era su parque de juegos, y siempre tenía cerca a uno o más guardianes, que celebraban sus desmanes y frenaban cualquier reclamo.
Vulgar, era un adjetivo benévolo para describir su forma de hablar. Además, era amante de un jefe del ministerio público, quien la nombró encargada de una bodega clandestina de objetos robados. En uno de esos hurtos, junto con sus cómplices, fue sorprendida por la propietaria de un automóvil que intentó impedir el robo de un vestido de novia. La mujer fue golpeada, desnudada y abandonada. Arístides, testigo oculto tras un parabrisas cercano, no pudo intervenir por la superioridad de los delincuentes, pero al final se acercó para cubrir a la víctima con una gabardina y llevarla a su hogar.
Días después, en una fiesta mezclada con ritual satánico, Tamara apareció vestida de novia, con una diadema adornada con cuernos. Tras una jornada de excesos, todos cayeron en el sueño, excepto ella, que decidió marcharse sola. En los callejones oscuros, una sombra siguió sus pasos. De pronto, cayó boca arriba, con el cuerpo extendido y un rostro de asombro fatal.
La noticia no tardó en aparecer:
«Se la chupó el diablo vestida de blanco»
- ¿Ya viste Zósimo? Tan joven y en malos pasos.
- Por eso se casó con el Diablo.
Morbo y escándalo sensasionalista.
Fundada en 1963 por Carlos Samayoa, en los tiempos en que las regulaciones sobre el uso público de las imágenes, el lenguaje y la discriminación eran casi inexistentes, esta revista fue muy estimada entre el sector popular de nuestra sociedad. Era una manera de atisbar a las imágenes impactantes de accidentes y delitos, con textos escandalosos que resaltaban la tragedia.
Con un tiraje de hasta dos millones de ejemplares y antes de la llegada de los teléfonos móviles, era junto con otras lecturas de bajo costo como Chanoc, Lágrimas y Risas o Tv Novelas, el acompañante que entretenía a todos los asalariados o trabajadores informales. Una compañía durante su viaje en el metro o los autobuses llamados delfines o ballenas, nombre que resultaba una alegoría de las aguas que aún inundan el subsuelo de la capital mexicana.
Si bien hacía escarnio de la vida y la muerte de cuanto personaje fuera atravesado por el escándalo o el infortunio, sin importar su clase social, como Juan Gabriel o el propio Luis Donaldo Colosio, sus relatorías mostraban el día a día desventurado de la población marginada.
Alarma era el medio que decía lo que los otros callaban, ya sea por pudor o norma ética. Lo decía con la crudeza y sencillez de cualquier obrero, albañil o costurera. Información para entretener la charla entre vecinos, familiares o compañeros de la fábrica, quienes daban su opinión sobre los hechos sangrientos o de conducta detestable, esos en los que ellos nunca se verían envueltos, debido a su estricta obediencia de la moral o la protección de las cortes divinas.
En una sociedad donde la comicidad se mezcla con lo profano, algunos de sus encabezados eran ingenios de humorismo cruel:
- «Raptola, Violola y Matola con una pistola«
- “Se lo comió el tren”
- “Lo mató la calor”
- “Se murió de tanto reír”
Muchos intelectuales, aún aquellos famosos por su humor sarcástico y su visión liberal, calificaron a esta revista como morbosa, sádica y vulgar. Criticaban que redujera la tragedia a un espectáculo barato.
Elena Poniatowska, señaló que publicaciones como Alarma! reducían la tragedia humana a espectáculo barato. Vicente Leñero, criticó el estilo de la prensa roja, incluyendo Alarma!, por convertir la violencia en mercancía.
No obstante, Carlos Monsiváis la veía como un síntoma de la modernización desigual de la Ciudad de México, un sitio que ofrecía lo que la gente quería ver.
Para Carlos Fuentes, la prensa sensacionalista en México, era un síntoma de la desigualdad cultural y del morbo urbano, también señalaba que la literatura debía narrarse tanto desde sus mitos y leyendas como desde sus tragedias contemporáneas.
Para el periodista Armando Huerta, Alarma! fue “la revista más criticada, pero también la más leída y vendida”. Destacó su papel para comunicar la nota roja sin filtros. Algunos estudios universitarios señalaron su impacto visual y narrativo en la cultura popular, como un «circuito cultural urbano«, donde la nota roja se convirtió en memoria colectiva.
Quizás la cobertura más polémica de esta revista, fue el caso de Las Poquianchis, conocido en la década de los setenta, en que se narraba los homicidios contra mujeres cometidos dentro de una red de prostitución, por las hermanas González Valenzuela en Guanajuato, con textos y fotografías que fueron considerados excesivos, como:
- “¡Las Poquianchis! Hermanas asesinas de Guanajuato”
- “Mataban mujeres y las enterraban vivas”
- “Las hermanas del mal: más de 90 víctimas”
Este caso inspiró la película Las Poquianchis de Felipe Cazals y la novela Las muertas de Jorge Ibargüengoitia.
En 1986, dentro de una “cruzada contra la pornografía”, la Secretaría de Gobernación prohibió la circulación de la revista. Se le acusaba de ser un “mal ejemplo” para la sociedad.
Este tipo de prensa fue, en su momento, el único escaparate que mostraba la violencia y la desgracia cotidianas en la precariedad, mientras que para el resto de los medios, esos hechos alarmantes solo importaban si ocurrían en el mundo de las élites. El dolor y la maldad del pueblo raso, resultaban significativos desde las alturas del poder político, económico o cultural, ya fuera para derramar compasión, exhibir virtudes bochornosas, alimentar la fascinación por el folclore o expresar desprecio: sentimientos semejantes a los de un adulto hacia un niño ingenuo, al que se debe vestir de fiesta o cuyo instinto hay que reprender.
Alarma, mapa rústico de los valores mexicanos.
Además de los crímenes pasionales, los sucesos sangrientos y la violencia doméstica presentes, esta revista era atractiva por la precisión con que atrapaba los valores de la sociedad vulnerable, como si se tratara de una eficiente red de pesca.
La sexualidad era con frecuencia una causa inherente al crimen. En el caso de las mujeres, era un castigo por tentar al deseo o por su desobediencia al pudor y la conducta recatada de su condición de género. En el caso de los hombres, por su perversidad y ambición insana del placer.
Lo anterior, no evitaba que en sus páginas, aparecieran mujeres mostrando partes provocativas de su cuerpo con gestos de invitación erótica, junto a una descripción que calificaba a la sexualidad como peligrosa, ligada al pecado y a la muerte.
Su tema favorito para ejemplificar la perversidad sexual, eran las noticias en que se veían involucrados homosexuales, a quienes de forma peyorativa, denominaban «mujercitos», mostrándolos como trasgresores, desviados y criminales por naturaleza.
En el centro de todo crimen pasional, estaban la infidelidad, los celos, el descaro y no pocas veces, la falta de control de la familia hacia esos desórdenes.
Ejemplos de titulares de estos fueron:
- “Festines secretos de invertidos”
- “Asquerosa depravación sexual”
La familia, era exaltada como un núcleo sagrado, pero también como escenario de la tragedia. Los más detestables hechos ocurrían bajo las paredes del hogar. Era el sitio donde un mal padre abusaba de sus hijas o hijastras, una mala mujer engañaba a su esforzado marido, unos hijos ingratos robaban o maltrataban a sus padres o éstos explotaban y lastimaban a los niños.
Los lazos familiares eran una cuerda débil que se rompía ante el deseo impuro, la ambición o la mala naturaleza de sus miembros. Crímenes donde los cónyuges se mataban o herían mutuamente, los hermanos terminaban en pleitos sangrientos o la violencia represiva de los padres culminaba en desastre.
«La compasión es un hilo que nunca debe romperse.»
La única forma de evitar estos desenlaces, era la obediencia estricta de las normas sociales y la conducta sexual, el trabajo fecundo y el seguimiento de la fe cristiana.
La madre era vista como una mujer sacrificada, una figura protectora, casi siempre víctima del varón que la acompañaba y en ocasiones, de los hijos ingratos.
La vida privada del hogar, es uno de los espectáculos más atractivos del amarillismo, ahí siempre hay un personaje que sucumbe o se rebela contra su opresor. Permite a los espectadores verse reflejados en esas dolencias y paladear la justicia por cuenta propia. En otros casos, el espectador de la noticia, tener una realidad más benigna o incluso vivir en un paraíso moral, que los exenta del triste final de las familias descompuestas.
Ejemplos de titulares de estos fueron:
- “¡Mató a su esposa por celos!”
- “¡Se llevó entre las patas a toda su familia!”
- “¡Drama en la vecindad: madre sacrificada!”
Los jóvenes eran dibujados como seres exaltados, faltos de precaución, rebeldes y también amenazadores. Sus trasgresiones, eran un peligro para la familia y el entorno social. Son los pandilleros y los causantes de todos los accidentes de tránsito, pero también seres frágiles, que pueden quebrarse como el cristal más delgado.
Sus tragedias son un castigo por la desobediencia, la incapacidad de atender los llamados de sus mayores y desafiar los valores comunitarios. La imagen de sus cuerpos inertes o martirizados, son vistos como una advertencia y un llamado a obtener la experiencia, pero en el otro extremo, despiertan un lamento piadoso por una existencia cortada en un momento temprano.
Ejemplos de titulares de estos fueron:
- “¡Muchacho muere en carrera clandestina!”
- “¡Adolescente mata a su padre!”
- “¡Joven pandillero asesina por celos!”
La fe y la religión, aparecen como un manual que nos previene de tentar al castigo divino. Destaca esa voluntad superior que decide nuestro futuro. Alarma nos recordaba que la muerte y el sufrimiento, estaban dictados por un orden superior.
En sus páginas, abundaban la presencia invisible de Dios, de la virgen y los santos. Jueces a quienes se podía acudir para obtener el perdón o el milagro, sin importar la naturaleza brutal del solicitante. No obstante, la divinidad y su corte determinarán la sinceridad del acusado.
Hay quienes son trasgresores consuetudinarios, pecadores de tiempo completo, los que solo podrían obtener la exención del castigo dando un vuelco a su existencia. Esos son: las mujeres de la vida fácil, los mujercitos y los infieles.
A la revista Alarma, no le bastaba la corte divina para encontrar arquitectos de las desgracias, existían también los espectros o el alma de los difuntos con sed de venganza. También tuvo duendes o brujas, que trastornaban la vida tranquila de los seres terrenales.
Ejemplos de titulares de estos fueron:
- “¡Milagro de la Virgen en el panteón!”
- “¡San Judas lo salvó de morir!”
- “¡Castigo de Dios por su pecado!”
El gobierno y el estado eran de manera implícita, entes corruptos e incapaces de garantizar la paz, la tranquilidad y la justicia. Un actor indiferente, pero a veces victimario. Ello justificaba los linchamientos y tomar esa justicia por cuenta propia.
La censura contra esta revista, revelaba la hipocresía moral de las autoridades, que señalaban el uso crudo de las palabras, a la vez que muchos de sus políticos eran actores despiadados o en el menor de los casos, inmóviles ante la responsabilidad de garantizar la convivencia pacifica.
El gobierno en todas las naciones, es siempre el más brutal trasgresor de los valores, las normas, la razón y la piedad. Un farsante que busca ocultar la realidad sangrienta, para que nadie observe como esa misma se derrama en sus manos.
Ejemplos de titulares de estos fueron:
- “¡La policía llegó tarde… otra vez!”
- «Se lo comió el tren… y el gobierno ni vio”
- “Lo mataron frente al juez y nadie hizo nada”
Leobardo, la bestia de la carretera.
Existen hombres maduros que jamás abandonan la adolescencia, ese fue el caso de Leobardo. Entrado a la tercera década de su vida, el mundo para él, era una autopista de carreras en donde la osadía y el atrevimiento, le brindaban la autoestima y el elogio de sus pares.
Vivía rodeado de todos los símbolos del poder, la audacia y la intimidación. Una motocicleta de gran potencia con un par de cuernos en el manubrio, botas y chaleco de piel, pulsera con agudas puntas y el dibujo de la esvástica nazi a sus espaldas.
Su pandilla estaba orgullosa de mostrar terror y poderío en las pistas, alentar con agresivas maniobras la posibilidad de un accidente en aquellos que tuvieran la mala suerte de cruzarse en su camino. Leobardo gozaba del placer infame de dirigir su vehículo, para atropellar a cualquier animal indefenso que hallara a su paso, cosa que presumía con expresiones estridentes.
En ocasiones, colgaba los cadáveres o cuerpos lastimados de estos seres, para arrastrarlos por la carretera y ver como eran despedazados. En una ocasión sacó de su guarida a una hembra con sus cachorros, para asestarles en vida este cruel destino, pero ese, fue su peor error.
Un hombre serio y delgado, observó los hechos desde una pequeña fonda del camino. Poco tiempo después, mientras calibraba una llanta de su motociclo en un paraje desolado, un poderoso golpe en la nuca le hizo perder la conciencia. Al despertar, se vio atado a una cuerda, que descendía con lentitud, en medio de un patio lleno de canes feroces y hambrientos, usados para peleas clandestinas. A pesar de sus gritos de terror, nadie acudió en su auxilio.
Así quedó descrito su final en la noticia:
«Se lo tragaron vivo, por perro»
- Mira Zósimo, ya por lo menos, los perritos tuvieron comidita.
- ¡Pobrecitos! Estaban muy delgaditos.
El diputado Andrade y sus mañas.
Nadie es más intocable que los pandilleros de la vida y los dineros públicos. La soberbia les anuda el cuello de la corbata, la adulación los hace sustituir la imagen del Dios supremo, por su retrato junto las veladoras de su altar.
Así era el diputado Andrade, para quien su momento favorito en las películas de romanos, era ese en que el César, levantaba la mano para decidir la vida de algún gladiador. Adoraba la imagen de esos monarcas, rodeados de las esclavas de su harén, que satisfacían el más perverso de sus deseos.
Uno de esos deseos, eran las mujeres demasiado jóvenes, en realidad adolescentes, contra las que de continuo, le era imposible reprimir una mirada llena de perversidad. Destruir una inocencia, era el sueño que lo hacía despertar en busca de aguardiente para calmar la resequedad de su lengua.
¿Qué le impedía llevar a cabo sus fantasías? Así lo pensó aquel día en que el señor presidente lo felicitó con un fuerte apretón de manos, tras señalarlo como un noble ejemplo de rectitud y amor al pueblo. El gesto amable del más poderoso entre los poderosos, fue para él, un beneplácito para desatar sus instintos torcidos. Nadie habría que condenara al ungido por esa potestad.
Hizo de todo para lograr su objetivo. Dio dinero a cambio de cuerpos frescos, sobornó a padres desalmados, usó el engaño de los obsequios y vivió la maldad a sus anchas confiado en su gran poder.
Sin embargo, los rumores corrieron por todo su distrito, los padres de familia consientes de su desventaja ante el monstruo, redoblaban la protección de sus pequeñas. Fue tan grande el chismorreo, que un día llegó a los oídos de quien no debía llegar.
Mientras el señor gobernador habría sobres de dinero mal registrado de las arcas publicas, uno de ellos llamó su atención. Era distinto a los demás y tenía escrito la leyenda «Frágil». Al ver su contenido, una muesca de rabia inundó su expresión, para luego azotar contra su escritorio, una fotografía que mostraba la imagen de su pequeña, atrapada en las manos de una bestia.
El cuerpo fue hallado en un terreno baldío, desnudo y con sus genitales colocados en la boca.
La prensa dio cuenta de la tragedia:
- «Causa indignación popular el atentado contra el diputado Andrade»
- «Luto y reclamo de justicia. Inaudito fin del diputado»
- «Le gustaban pequeñitas, pero se lo dejaron peladito y a la boca»
—Qué poco le duró el gusto, ¿verdad, Malena?
—Así se fue, acariciando sus malas obras.
Arístides en la Alameda.
Una tarde de domingo, estaba yo entretenido en mirar la fuentes de la Alameda Central. Ese parque, siempre me recuerda el extraño cortejo de una pareja de origen rural que, en los años ochenta, me llevó a la desesperación.
Tras una breve caminata, me acerqué a un puesto de periódicos para leer los titulares. Impresionado por el infortunio del diputado Andrade, escuché la conversación entre un hombre delgado y una mujer de edad avanzada.
—¡Pobrecito! Le pusieron sus cositas en la boca —exclamó conmovida la mujer.
—¿Usted siente piedad por ese hombre malvado, que tanto le debía al mundo? —preguntó su interlocutor.
—Yo no lo conocí, y es mejor así. De ese modo nunca perderé la compasión; sin ella, todos seríamos malvados —respondió la dama.
Tras ello, miré a los ojos a aquel hombre, quien me respondió de la misma manera y le dije:
—¿En qué momento perdió usted la compasión?
—¿Cómo lo sabe?
—Vea que soy un anciano.
—Es verdad, ante sus ojos soy un sobre abierto.
—¿Como aquel que guardaba una vida secreta?
—Sí, como ese.
El fin de la revista más leída y prohibida.
Al volver sobre mis pasos, buscando en el frescor del jardín la paz de mi alma, reflexioné sobre si la justicia, tiene realmente el poder de calmar los demonios que habitan en nuestra mente. El castigo parece acreditar únicamente el fin de la venganza. Somos la peor especie que pudo recibir el don de la inteligencia. Esta evolucionó más allá del instinto de supervivencia. Es bueno olvidar la fantasía del paraíso, jamás habrá humano que se convierta en ángel.
Días después de aquel encuentro con el cazador, en 1986 Alarma publicó su último ejemplar. A partir de entonces, la sociedad se volvió más cauta con las palabras. Un intento por suavizar una realidad que, paradójicamente, hoy es más cruda y sangrienta que en los tiempos de aquel pasquín.
En nuestros días, la censura es un general al que le han robado la pistola: la rudeza del mundo, ha hecho que el lenguaje sea incapaz de contenerla. Ya no hay un diario que guíe nuestra indignación o nuestro perdón. Hoy la cúspide de los valores sociales, se libra ahora en una guerra de opiniones Aquí nadie es más fuerte y, por fin, las dictaduras, tienen un vengador que las acecha en la oscuridad de las redes electrónicas.
«El sonido de una fuente puede callar un grito, pero en sus aguas, siempre podremos ver nuestro rostro reflejado»
Vivir nos expone a la tragedia.
Nada está más cerca de nosotros que la tragedia: aparece al dar un paso en una coladera abierta, en la llamada telefónica que anuncia la muerte de un ser amado, en el embargo de una casa, en el diagnóstico de un médico o en la sentencia de un juez. La tragedia nos acompaña desde los orígenes de la especie, especialmente en el temor a ser devorados. No es casual que las historias de terror, estén pobladas de seres macabros con dientes agudos y uñas largas: símbolos del miedo que nos advierten de la fatalidad.
Nos levantamos cada día con la creencia de que éste será igual o mejor que el anterior, pero algo sucederá que nos borre la paz y la sonrisa. La prensa nos recuerda que alguien, lejos o cerca, ha sido víctima de la desdicha. En esos momentos, afloran los sentimientos más diversos: compasión, temor o incluso alegría. El sentimiento que predomina en una nación, define su grado de barbarie.
El exceso de exposición a imágenes violentas, puede derivar en un consumo morboso, donde la tragedia se convierte en espectáculo. Revistas como Alarma, explotaban esa fascinación: fotografías explícitas, titulares escandalosos, sangre convertida en mercancía. La psicología explica el morbo como una mezcla de curiosidad, miedo y necesidad de control: mirar el dolor ajeno nos recuerda nuestra vulnerabilidad, pero también nos da la ilusión de estar preparados para anticipar riesgos y reforzar la autoprotección. El problema es que ese consumo, en lugar de generar empatía, se convierte en voyeurismo colectivo, donde el sufrimiento se trivializa y se transforma en entretenimiento.
Es común que los sentimientos destructivos y el placer colectivo ante el dolor, aniden en la personalidad de una sociedad. Así ocurrió en la Alemania nazi, cuando la raza que se autodenominaba superior, aplaudía la expulsión de los judíos de sus hogares o celebraba los desmanes de sus jóvenes al golpear a un anciano. También sucedió durante la Revolución Francesa, cuando el pueblo “oprimido” exclamaba su alegría cada vez que caía la hoja de la guillotina.
Hoy en día ocurre cuando una mujer es apedreada en público o un homosexual es ahorcado en algunos países musulmanes; también cuando una plaza entera, vitorea y aplaude con vehemencia la estocada mortal contra un bovino torturado.
México, país de ángeles que no irán al cielo.
México se precia de ser una sociedad sensible y heroica ante el infortunio ajeno. Lo demuestra en momentos de grandes desastres, aunque también exhibe egoísmo y sadismo, frente a la represión o la agresión hacia quienes no despiertan simpatía. Somos una comunidad proclive al linchamiento, ya sea por motivos de fe, política o simples rumores. Quizás por ello, el mundo nos identifica como una nación violenta, y no se equivoca.
Existen culturas paranoicas que ven al enemigo en el vecino diferente: el indio americano, el hombre de piel negra, el musulmán, el cristiano, el tutsi, el comunista o el tibetano. Los mexicanos, en cambio, solemos convertirnos en enemigos de nosotros mismos. El morbo nos incita: es tema de conversación junto al café, motivo para leer una noticia y observar las imágenes que la acompañan. Somos niños confiados en que la desgracia del prójimo nunca nos alcanzará, y esa ilusión nos vuelve vulnerables.
La apatía nos impide actuar para evitar que esas tragedias se repitan. Me atrevo a decir que, entre los países de la cultura occidental, somos un pueblo frágil y desprevenido, torpe y bárbaro ante la indignación. Vivimos bajo la creencia de que, mientras a mí no me ocurra, el mundo puede seguir girando. Somos una nación de ángeles indiferentes, que caminan en soledad sobre las llamas del infierno.
El mundo no deja de girar, tanto como la maldad innata del ser humano. Quizás por ello, no deberíamos ser tan sutiles al nombrarla: hay que señalarla con toda su crudeza, para recordar que está ahí y comprender, cuán terrible es.
Un veneno es lo que su nombre dice: más que una sustancia tóxica, es una advertencia que nos previene de beberlo.






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