Cuando las canciones dejaron arañas en el corazón.

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La Pericocha: el alma detrás de la nariz

Eréndira era el ejemplo de una esposa leal y ordenada. Tenía todo lo que, según las enseñanzas de sus padres, tíos y abuelas, una mujer podía desear en la vida. Se había casado con un buen partido, Fidel, cuya virtud principal era ser propietario exitoso de una bodega de semillas en el mercado de La Merced. Aquello garantizaba un hogar con todas las comodidades y los equipos domésticos que cualquier ama de casa podía ambicionar.

La familia aprobó la unión por varias razones. Para su madre, Fidel era un hombre maduro —diez años mayor que Eréndira—, capaz de tomar decisiones serias y con carácter suficiente para defender a su familia. Para la abuela Camila, la ventaja era más simple: no despedía malos olores por los pies ni las axilas. Todo ello bastó para ignorar su escasa simpatía, sus pocas letras y cierta lentitud para comprender asuntos sencillos.

A pesar de esas limitaciones, Fidel se mostró diligente y proveedor incansable. Era un hombre negado a mostrar emociones, serio y silencioso frente a su esposa, pero expresaba cariño de la única manera que sabía: comprando alimentos, golosinas y algún regalo refinado, siempre envuelto en papel periódico para ocultarlo de las miradas curiosas.

Eréndira, por su parte, no era afecta a la música ni al baile. Nunca hubo una canción que le agrandara el corazón. Su mundo estaba completo con cada cosa en su lugar, como había aprendido que debía ser. “¿Soy feliz? Solo sé que nada falta”, solía pensar.

Ambos tuvieron cinco hijos y una hija. Sandra, la mayor, heredó la aguda y larga nariz de la abuela Camila. En la escuela la apodaron “La Pericocha”, y pronto se convirtió en la mayor preocupación de sus padres. ¿Qué atractivo podría ofrecer una mujer que no fuera su belleza». Los médicos ofrecieron pocas esperanzas: las rinoplastias de la época dejaban rostros tensos, poco armónicos o con cicatrices evidentes.

Al llegar a la adolescencia, el tamaño de su nariz creció junto con las burlas y los ruegos de Eréndira a San Antonio. Sandra desarrolló un carácter tímido y apocado. Nunca se atrevía a imitar las insinuaciones o coqueterías que sus amigas practicaban. Incluso se negaba a soñar con romances como ellas.

Raphael, el dragón de terciopelo.

Incluso se negaba a acuñar para sí los sueños románticos de las otras jovencitas. Pero un día en que Fidel con actitud bondadosa compró el televisor para animar las tardes de la familia, pero sobre todo las de su niña, algo se quebró en los barrotes de su alma aprisionada. Un guapo y esbelto jovencillo español, surgió detrás de unas cortinas tan negras como sus ojos y cabellos, que brillaban haciendo destellos de obsidiana.

Sandra sucumbió de manera irremediable, mientras una sombra a su lado le cantaba al oído «ser aquel que por quererla no vivía y soñar con ser dueño de su amor». No podría existir en el mundo galán más bello que ese hombre de mirada profunda y nariz perfecta. Esa impresión se convirtió en obsesión, por las calles jugaba en su mente a ver el rostro de ese príncipe andaluz, en cualquier chico guapo que tuviera una mínima semejanza. Se decía a sí misma, «ahí va Raphael» al tiempo que su mente se llenaba de fantasías.

     —No te conozco.

     —Eso es mentira: soy habitante de tu corazón.
     —¿Por qué nunca me dices algo hermoso?
     —Porque me has silenciado con la tristeza.
     —Solo ella me habla al oído.
     —Acércate entonces.
     —No te escucho.
     —Yo soy aquel.

El y otros cantantes más le empezaron a decir que el amor no conoce moneda que pueda comprarlo, que la belleza del alma es más pura que un simple trozo de carne pegado a la cara. La ilusión nacida en su corazón motivó a que Fidel comprara un radio solo para ella. Ahí descubrió muchas piezas musicales hermosas: «Te quiero, te quiero», cantada por Nino Bravo; «La vida sigue igual», con Julio Iglesias; «Eres tú», en la versión de Mocedades. 

España se convirtió para Sandra, en la versión de un paraíso lleno de arcángeles como Julio Iglesias, José Luis Perales o Camilo Sesto, pero nadie, nunca nadie como Raphael, el dragón de terciopelo negro. Su alma era una sidra de ilusiones destapada, con la tapa apuntando al primer desprevenido que no agachara la cabeza. Faltaba solo vencer su timidez.

¿Quién iba a decir que su espíritu de amazona, derrotaría a la tigresa más felina y peligrosa del barrio?, la mismísima Violeta. 

Es más grande la tragedia que el amor.

Cada individuo es único en el universo y, por ello, perder a un gran amor abre un hueco, un vacío que se recuerda siempre. El amor —y aún más la pérdida o el desengaño— ha sido el tema predilecto de las canciones famosas.

A diferencia de los cuentos de hadas, rara vez la princesa es llevada en caballo al castillo del príncipe. En una cantina es más fácil llorar por un desamor que celebrar una unión. Hemos asumido que amar es sufrir y entregarse por completo; que tener pareja es el centro de la vida, y que fracasar daña la existencia.

«El amor es tragedia y la cantina el camposanto.»

Desde los bisabuelos hasta finales del siglo XX, se aceptaba sin cuestionar que el matrimonio y la familia eran el destino de todo ser humano. En los años setenta, la solterona y la mujer abandonada, eran señaladas con compasión o con reproche. La mujer debía mostrar entrega, fidelidad y paciencia en la espera.

El cine y la canción dieron al enamoramiento un lugar primordial, distinto a épocas anteriores, cuando el orden, la fuerza y el poder económico del hombre eran requisitos esenciales para un noviazgo serio. Ahora el varón podía aflorar sus lágrimas y asumir el papel de víctima, no de la ingratitud, sino de la incomprensión.

El Triste, lágrimas con elegancia.

La canción “El Triste”, interpretada por José José, mostró que el amor es una experiencia total, donde la tristeza del abandono se convierte en tragedia capaz de destrozar la alegría de la vida. El hombre pierde su centro emocional y confiesa que su existencia era plena dentro de la dependencia.

La década marcó una ruptura con los viejos valores de la masculinidad: el varón se mostraba frágil, sin reticencia para expresar su dolor, digno de compasión sin agravio a su virilidad. Ya no necesitaba olvidar a su pareja como venganza; incluso podía mostrar una fidelidad afectiva eterna.

En los setenta, el cortejo adquirió una dimensión mayor: el amor en abstracto se volvió superior al poder del dinero, o al menos se evitaba mencionarlo. El atractivo físico se ensalzaba con palabras suaves como belleza o guapura, incluso en ausencia de ellas. Pero lo verdaderamente valioso era otro ente abstracto: el alma, muchas veces oculta tras elogios y cortesías. Había que limpiar el rostro con agua y jabón, planchar las prendas, ensayar una mirada dulce, pero ocultar detrás de ella las intenciones. 

“El Triste” vendió más de 120 millones de discos. Su presentación en el Festival OTI de 1970, donde José José —un joven de 22 años— exprimió su potente voz ante un público azorado, provocó aplausos de pie y sorpresa cuando el jurado lo relegó al tercer lugar. Nadie olvida el clímax de la canción, cuando sostuvo una estrofa final por casi treinta segundos.

Aunque la interpretación de José José fue magistral, el jurado dio mayor peso a la estructura musical y al estilo de las piezas competidoras. El primer lugar lo obtuvo Claudia de Colombia con “La Canción del Adiós”. El festival buscaba premiar la canción en su conjunto (letra, música, arreglos), más que la interpretación del cantante.

La interpretación de José José prendió entre los jóvenes urbanos que aspiraban a una vida culta y refinada, distinta del cine rural mexicano de la época dorada y su lenguaje tosco. Los hombres tenían permiso de sufrir, pero con elegancia. Ya no había razón para aquella sentencia ranchera: “Mía o de nadie”. Expresar sentimientos dejó de ser signo de debilidad.

La despedida era un sufrimiento común: el hijo que abandonaba el hogar, la pareja que rompía el pacto de unión, el padre que buscaba futuro más allá de la familia. La voz de José José se quebró con los años, lo mismo que el calabozo de concreto de muchos hombres que comenzaron a ser humanos.

“El Triste” fue el permiso para llorar con dignidad, para reconocer la fragilidad y la fuerza de admitirla. Desde entonces, cada lágrima derramada en una cantina viste con elegancia. El dolor, cuando se canta, se convierte en eternidad y en sabiduría.

El amor duele, pero la ausencia mata y el olvido también es ausencia.

La Pericocha y la Tigresa del barrio: Entre pelucas, risas y canciones.

Violeta no fue una niña mimada, creció más bien en la indiferencia. Sus padres carecían de la paciencia y el tiempo para atender los reclamos y necesidades de una chiquilla incontrolable, por ello buscaron llenarla de actividades que agotaran su energía y de juguetes que la mantuvieran apartada de su compañía. Salvo por uno, ella nunca mostró afecto por esos juguetes, era tal la cantidad que a menudo terminaban hacinados en la bodega de las escobas y los utensilios inservibles.

El único afán de su madre era inculcarle la ambición por la belleza, la cual no le faltaba, salvo por su cabellera rebelde y espinuda que parecía inspirar la canción “Despeinada” de Palito Ortega. Con esa burla, la obligaba a lucir un peinado demasiado corto, casi militar. Violeta creció enamorada de su rostro en el espejo, aunque le fastidiaban los gorros y sombreros que ocultaban su perfección.

Un día, la televisión le mostró una solución: Karina cantaba “Las flechas del amor” con un peinado natural, idéntico al de aquellas pelucas de plástico que habían iluminado su niñez. Comprendió entonces que su juego estaba incompleto: a ese peinado maravilloso le faltaba un accesorio para llenar su ego, una colección de enamorados a quienes ensartar con las flechas de Cupido. Tras insistentes ruegos, su madre la llevó a decenas de tiendas hasta conseguir las pelucas adecuadas.

     —¿Para qué quieres tantas pelucas, muchacha?

     —Para que Cupido no se dé cuenta de que siempre soy la misma.

Desde entonces, el mundo debía prepararse para ser conquistado. Su arte para disfrazar el cabello alcanzó una sofisticación, que hoy sería la envidia militar del siglo XXI. No solo fue hábil para atrapar y destrozar corazones púberes, sino también para provocar el rencor de las demás adolescentes, que odiaban su vanidad y su audacia.

La música es un atuendo de la personalidad. Una canción vacía revela un alma vacía; una pieza estridente, una mente confusa; una letra que se repite, viste a un ser humano sin pretensiones; una composición romántica con acordes elegantes, un espíritu generoso. No sorprende que la favorita de Violeta fuera “La Chica de Ipanema”, melodía que la acompañaba frente al espejo mientras ensayaba miradas sensuales, gestos coquetos y pasos de baile dando vuelo a su falda y entonando: “Mira qué cosa más linda, más llena de gracia.”

Erwin, el joven de “cabellos de elote”, era taciturno y distraído, pero simpático y talentoso. Soñaba con la libertad, como en la canción “Quijote” de Julio Iglesias, y convertía el autobús conocido como la Vitrina, en una barca rumbo a playas imaginarias. Creyente del amor y enemigo de las apariencias, era el diamante más codiciado de las quinceañeras del barrio, no sólo por su atractivo, sino por su carácter simpático y un gran talento para el baile y el dibujo.

Violeta nunca dudó en conquistarlo. Apostó con sus amigas que lo pondría de rodillas para besar su mano, y poco después lo despreciaría como si nada valiera.

     —Aprendan de la fiera, gatitas.

“La Bombocha”, templo del pan y los besos adolescentes, fue el escenario de su coronación. Allí, frente a todas las quinceañeras, lanzó sus flechas al líder de la manada. Pero esa tarde, Sandra —“La Pericocha”— también fue obligada por su madre a comprar pan, sin compañía de un chaperón que pudiera complicar sus esperanzas.

     —Anda, muchacha, que ya pronto va a hervir el café.
     —Regreso rápido, mamita.
     —Que no, tarda todo el tiempo que sea necesario.
     —Solo voy por el pan.
     —¡Dios no escuche esas palabras

Vestida con sencillez, caminaba tímida cuando fue arrollada por Violeta, que huía iracunda tras descubrirse la peluca mal ajustada y mostrando parte de su cabeza rapada. Sin lograr levantarse del todo, un segundo personaje que cargaba con una araña en la mano, tropezó con ella.

Minutos antes, cuando Violeta desplegaba su coquetería contra al joven Erwin, él observaba cómo el arácnido, parecía tocar un arpa sobre su peluca. Ésta en realidad, había sido atraída por los adornos que semejaban una suculenta colección de moscas de colores.

Violeta temió haber sido descubierta. Al llevar las manos a su cabeza provocó que el diminuto ser brincara a su rostro, justo en medio de los ojos. Por un instante, los dos arácnidos se vieron frente a frente. El miedo de Violeta la delató: al intentar cubrirse, dejó ver parte de su calva. La concurrencia del barrio estalló en risas.

     —¿A dónde va Violeta con tanta prisa? Parece una gata a la que le pisaron la cola —comentó una vecina del barrio—

    —¡Ay comadre! creo que más bien le cortaron las uñas. —respondió su acompañante—

Mientras tanto, Sandra y Erwin, sentados en el suelo, compartían carcajadas y consolaban a la asustada araña. El eco de una voz, la frescura de una risa y la sencillez de un gesto, se volvieron más poderosos que cualquier artificio. La perfección, comprendieron, suele ser un gran defecto; lo inolvidable es siempre la diferencia.

Para ellos, cuatro símbolos quedaron grabados en la memoria: la tarde, el aroma del pan caliente, la belleza de una simple araña y los acordes de “Eres tú” de Mocedades, que sonaba en la radio de Evodio, el vendedor de tacos de birria, que entre corte y corte, derramaba una lágrima y una frase silenciosa que sólo él escuchaba:

     —La quise tanto como un verano con sol, pero me pagó con el hielo de su invierno.

En algunas tardes de su vejez, Sandra —ya casada con el talentoso doctor Mirón— se regalaba un momento íntimo junto a un delicado pastelillo de crema y vainilla. Se colocaba los audífonos conectados a su teléfono móvil y, quieta en su sillón, contemplaba el sol que se desvanecía. Era como volver a aquellos años en que, con la oreja pegada a la radio, dejaba que su mirada se evaporara en un espacio sin formas, mientras tarareaba: “Eres tú como una mañana de verano, como lluvia fresca en mis manos”.

El pan caliente aún conservaba la memoria de aquella tarde.

Gigantes de terciopelo y roca.

Cada canción romántica nos dejó una pequeña araña en el corazón, lista para descender con un hilo infinito hacia el nido de los recuerdos. Haría falta la enciclopedia más voluminosa para escribir el nombre de cada una, pero cada quien guarda las suyas como cálida compañía en los momentos de soledad.

El Triste; La Nave del Olvido; La Gata bajo la lluvia; Algo de mí; Jamás; Volver, volver; Todo se derrumbó dentro de mí; Somos novios; Perdóname; Hasta que te conocí; Amor Eterno; Tómame o déjame; La vida sigue igual; Chiquitita; Vivir así es morir de amor; Cómo te extraño; Yo nole pido a la Luna; ¿Quién te cantará?; ¿Cómo te va mi amor?…

En medio de todo ello, hubo un compositor que merece un tomo entero en la enciclopedia del recuerdo: Juan Gabriel. Paradigma en medio del machismo heredado de los charros cantores y las matriarcas castrantes. Nadie como él, supo cortar con la espada de un gladiador tantos pechos, abrir heridas para derramar la sangre del amor imposible, culpable, temeroso, ingrato, inocente, obsesivo, incauto, negado, inalcanzable, imprudente, leal, cómico, ardiente, sutil, materno e indescifrable.

Abrázame muy fuerte; Querida; Así fue; Yo no nací para amar; Te lo pido por favor; Ya sé que tú te vas; Se me olvidó otra vez; Amor eterno; La farsante; Inocente pobre amigo; Siempre en mi mente; De mi enamórate; Hasta que te conocí; Te sigo amando…

Juan Gabriel logró unir lo popular con lo poético de una manera tan poderosa, que transformó símbolos del machismo mexicano. A partir de él, ya no fue extraño acompañar fiestas de quince años o bodas con mariachis vestidos de rosa, coreografías afeminadas y besos repartidos entre los asistentes. Su orientación sexual fue motivo de especulación, hasta que con elegancia, puso en evidencia la torpeza y calló para siempre el morbo.

     —“Lo que se ve no se pregunta”

Ello no impidió que su concierto en el Palacio de Bellas Artes, fuera criticado por quienes consideraban inapropiado que un cantante popular, se presentara en un recinto reservado para la ópera, la música clásica y las bellas artes.

Sin embargo, quienes asistieron recuerdan que la calidad y generosidad de su espectáculo valían mucho más que el precio del boleto. Con más de 1,800 canciones, dejó un legado que lo consagró como mito eterno, con la creencia popular de que “aún sigue vivo”.

Sus presentaciones, eran un desfile de las más educadas voces de Europa y Norteamérica, acompañadas del sonido de una sinfónica o de un mariachi tan numeroso, que podría haber roto un récord de Guinness, ello sin contar con las excelsas coreografías y luces.

Hubo tres voces de aquellas décadas que también merecen pedestal: Daniela Romo con “De mi enamórate”, Amanda Miguel con “Así no te amará jamás” y “Castillos”, y desde luego José José con “El Triste”. Él no cantaba solo con la garganta, sino con el diafragma: tomaba aire profundo y lo distribuía lentamente, sosteniendo la nota con el cuerpo entero.

Algunos cantantes no solo quedaron en la memoria: José José tiene una estatua en la colonia Clavería de la Ciudad de México; Juan Gabriel, un monumento en Ciudad Juárez y murales en Parácuaro, Michoacán; Camilo Sesto, placas y homenajes en Alcoy, España; Rocío Dúrcal, murales en Madrid.

No cabe duda: su talento, ese terciopelo con que acariciamos cada momento de ilusión, decepción o melancolía, bien merece la roca que protege sus melodías del olvido.

El corazón requiere talento, no momentos.

El amor es un asunto exigente: no puede reducirse al deseo de pertenencia o posesión, ni a la silueta de una figura atractiva. Sentir es apenas un inicio; una caricia avanza un poco, las obras compartidas nos dejan a medias, y construir algo con ambas mentes nos acerca al éxito. Pero falta lo más poderoso: poseer un talento creativo capaz de transformar lo construido en belleza y grandeza.

Nadie regresará a ti por verte sufrir. Nadie amará por siempre en la rutina de cuatro paredes. Crear hijos no es crear una obra; mil besos pueden volverse fastidio; trabajar juntos, cansancio. Educar al amor es tan complicado como educar una voz que haga vibrar mil corazones. Significa aprender a conversar más allá de la repetición, compartir un arte u oficio que aspire a la excelencia, admirar y ser admirado. Un barro convertido en arte por dos manos unirá para siempre sus huellas.

Nada duele más que el amor, ni es más difícil de conquistar. La música ha impulsado soldados hacia la muerte, ha hecho vibrar pueblos que buscan derrocar a un tirano, ha sido etiqueta sonora de la vida que deseamos y mapa de los callejones de aquello que sentimos y no sabemos nombrar.

Un soldado necesita destreza para atinar la bala, conocimiento de su arma y del campo de batalla, astucia y reflejos. Así también el ser humano: no basta vivir al día, desnudo de talentos, sin armas ni experiencia. Hay que ganarse el uniforme de la inteligencia, la construcción, la habilidad y la admiración. Sin ello, el amor cae en el vacío y se es como una canción que todo el mundo olvida.

La Pericocha se negaba a acuñar para sí los sueños románticos de las otras jovencitas..
 
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Eréndira rogaba a San Antonio una oportunidad para su hija
Detrás de ella no caminaba ni siquiera un chaperón.
El eco de una voz, la frescura de una risa y la sencillez de un gesto, son más poderosos que cualquier artificio.
A Violeta le faltaba un accesorio para llenar su ego, una colección de enamorados a quienes ensartar con sus flechas.
El mundo debía prepararse para que ella lo conquistara.
Nunca nadie como él, era un dragón de terciopelo negro.
“El Triste” fue el permiso para llorar con dignidad. Desde entonces, cada lágrima derramada en una cantina viste con elegancia.
Algunos consideraron la presentación de Juan Gabriel en el Palacio de Bellas Artes como algo inapropiado.
La música de Juan Gabriel transformó símbolos del machismo mexicano.
Escuchar esa canción era como volver a aquellos años en que su mirada se evaporaba en un espacio sin formas.
Por las calles, Sandra jugaba en su mente a ver el rostro de ese príncipe andaluz.
Él no cantaba solo con la garganta, sino con el diafragma: tomaba aire profundo y lo distribuía lentamente, sosteniendo la nota con el cuerpo entero.
No sorprende que la canción favorita de Violeta fuera “La Chica de Ipanema”.
Juan Gabriel en Bellas Artes. Un espectáculo majestuoso.
Después de Juan Gabriel, el mariachi tomó una nueva dimensión.
Para ellos, cuatro símbolos quedaron grabados en la memoria: la tarde, el aroma del pan caliente, la belleza de una simple araña y los acordes de “Eres tú” de Mocedades.
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