La emoción de viajar en un autobús foráneo en el México de los años 80

Compártenos en tus redes sociales

Esta crónica revive la emoción de viajar en un autobús foráneo en el México de los años 80, cuando cada trayecto era más que un simple traslado: era aventura, descubrimiento y encuentro con paisajes que se abrían como promesas; entre maletas, conversaciones furtivas y la ilusión de llegar a un destino nuevo, se dibuja la memoria de un país en movimiento, donde el viaje mismo se convertía en un ritual de esperanza y en un recuerdo entrañable que aún late con nostalgia.

Escucha un resumen de la historia
Escucha la HISTORIA COMPLETA

La nostalgia de un viaje por la carretera: Vinil, Ruido y Ventanas Atascadas.

Viajar en un autobús foráneo en el México de los años ochenta era un ritual. Desde el instante en que uno abordaba, el vinil desgastado de los asientos exhalaba un aroma a tiempo detenido. Las suelas crujían al despegarse del piso pegajoso, y las ventanas, casi siempre atascadas por empaques vencidos, dejaban filtrar el frío y el polvo como si el paisaje quisiera colarse al interior.

Era un juego de adivinanza: ¿quién ocuparía el asiento contiguo? ¿Sería callado, conversador, dormilón? El rugido del motor, grave y vibrante, marcaba el inicio del trayecto. Todo el autobús temblaba, como solovino que se sacude el polvo.

Los autobuses, cada uno con su empresa y su personalidad, eran parte del paisaje. Testigos rodantes de la geografía y la gente. El único entretenimiento consistía en mirar por la ventanilla, dejarse atraer por los caprichos del terreno, por los caseríos, los cultivos, los animales que parecían ignorarnos.

La gente del camino.

Desde la ventanilla, el paisaje humano se desplegaba como un mural en movimiento. Campesinas envueltas en rebozos que narraban su origen con el color de sus bordados: en el Bajío, tonos pardos como alas de guajolote; en las regiones indígenas, grecas, venados y aves que parecían volar entre los hilos. Los hombres, con pantalones raídos, camisas blancas y sombreros curtidos por el sol, llevaban la tierra pegada a la ropa como sello de su labor fecunda. Algunos aún vestían el viejo conjunto blanco de manta, como si el tiempo no hubiera pasado.

En los pueblos de montaña, las lenguas ancestrales eran ecos de otro México. Uno podía sentirse extranjero en su propia tierra. Recuerdo mi desconcierto de no entender lo que decían, mi temor de ser señalado, la risa de un grupo que parecía esconder una burla o un juicio.

La memoria colectiva aún guardaba el estremecimiento por lo ocurrido en San Miguel Canoa, aquel episodio de 1968 donde el fanatismo y la desinformación se fundieron en una tragedia. El párroco Enrique Meza, a través de un altavoz, provocó una confusión fatal. Cuatro excursionistas fueron asesinados, apenas un mes antes de los sucesos en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco. Tres más resultaron heridos. Todo por una sospecha, por una acusación mal hecha, por el miedo disfrazado de fe.

En ese tiempo, México vivía un profundo fanatismo religioso, que se asomaba por todas partes, el que también viajaba junto a nosotros. No en el asiento contiguo, sino en la mirada de quienes nos observaban desde la orilla del camino.

Las dificultades e incomodidades del viaje

Cada metro recorrido en el autobús era una aventura incierta. Los asientos, vencidos por el tiempo, ofrecían una comodidad relativa: respaldos que no reclinaban, o que lo hacían sin retorno; tapicería que crujía. El aire acondicionado brillaba por su ausencia, y en los trayectos cálidos, el calor se volvía un compañero incómodo, pegajoso, inevitable.

La falta de distracciones modernas, obligaba a mirar hacia adentro. En esas largas horas, uno pensaba en lo vivido, en lo que faltaba por vivir.

Ante la ausencia de internet y pantallas, era necesaria la tolerancia. A veces, la música del vecino se imponía en todo el interior como banda sonora involuntaria, y en otras, el silencio nocturno invitaba a sacar el suéter de Chinconcuac y envolverse en la penumbra.

Las ventanas, mal cerradas, dejaban entrar zancudos, polvo y rumores del camino. Recuerdo una nube de mosquitos que nos atacó cerca de la Laguna de Cuitzeo. Hubo de todo para repelerlos: manotazos que nos hacían parecer bailarines de cantos sevillanos, cigarros encendidos como antorchas, desodorantes usados como insecticidas improvisados. Alguien sugirió buscar sapos para que se tragaran a los insectos. Otro, propuso prender una veladora. Al final, venció la resignación.

La gran mayoría de los caminos eran angostas carreteras, no las amplias autopistas que se construyeron después de los noventa. Las paradas eran continuas e impredecibles: ganado cruzando la carretera, pasajeros descargando bultos imposibles, el conductor bajando con urgencia para orinar tras un árbol o en la llanta del autobús. Todo mundo aprovechaba la oportunidad para hacer lo mismo. Las mujeres, más discretas, se perdían entre los matorrales, haciendo señas desesperadas para que el conductor no las olvidara.

Y sin embargo, en medio de la incomodidad, surgía la camaradería. Se compartían lunches, risas, historias. A veces, algún tipo de bebida alcohólica misteriosa. Otras ocasiones, una amistad inesperada. El nombre del compañero de viaje se anotaba en una libreta, junto a una dirección que prometía futuras visitas.

Siempre existía la incertidumbre de que el autobús llegara a tiempo a su destino, lo que llenaba el aire de ansiedad y conformismo. En aquel entonces, el tiempo no era algo que valiera la pena ahorrar, pues la frustración, era un mal dividendo.

El paisaje nocturno, apenas iluminado por los foquitos del pasillo, se convertía en terreno para la fantasía. Afuera, la silueta de los árboles sugería duendes, brujas o seres del inframundo. Más de una vez pensé que esa oscuridad era la verdadera imagen del infierno: un campo habitado por almas extraviadas, suspendidas en el frío de la eternidad.

La geografía mexicana vista desde la ventanilla.

Desde el primer giro del volante, el país se desplegaba como un tapiz vivo. Cada curva revelaba un rostro de México: montañas que se alzaban como guardianes gigantes, valles que respiraban en silencio, selvas que se perdían en su laberinto. Un espectáculo que se ofrecía, como si el paisaje supiera que el viajero necesitaba compañía.

Una diversidad abrupta y fascinante. Bastaba cerrar los ojos un instante y, al abrirlos, el entorno había cambiado: de la humedad espesa de la selva al polvo seco del desierto; de una ceiba majestuosa a una biznaga solitaria. México es un país donde el terreno no se repite, donde cada kilómetro es una nueva página del mismo libro.

Los pueblos junto al camino eran retratos del tiempo. Techos de teja, muros de colores, calles empedradas que invitaban a caminar lento. Hoy, muchos de esos rincones han sido reemplazados por hileras de tabicones grises, casas que parecen cajas de zapatos. Extraño los colores brillantes, los muros plagados de historias, los patios con árboles frutales y las gallinas sueltas.

La silueta de las montañas recortada contra el cielo recordaba que hay cosas que no se mueven, que resisten el tiempo. José María Velasco lo entendió como nadie: sus paisajes no son solo pinturas. Son como la madriguera de Alicia: una invitación a la curiosidad de brincar a un mundo habitado por seres perdidos en la lógica o en la ausencia de ésta. Son la tentación a perderse en una materia que se disuelve en la belleza.

¿Qué hemos hecho con esta tierra? ¿Qué queda de aquel México que se ofrecía sin filtros, sin prisas, sin aluminio y concreto? A veces, el autobús parecía avanzar no solo por la carretera, sino por una película que mostraba lo que fuimos, lo que somos, y lo que podemos dejar de ser.

Personajes entrañables: Anselmo y su mercancía insurrecta.

Abordar un autobús con pasajeros envueltos en cobertores de lana y algodón, con cordones que se metían por las fosas nasales, era una experiencia aterradora. Los viajantes tenían un aspecto menesteroso, después de soportar varias horas de trayecto. El aroma que emanaban sus cuerpos empapados de sudor nocturno era poco agradable.

Algunos de ellos eran comerciantes que viajaban a alguna ciudad para llevar necesarias mercancías a sus pequeñas poblaciones. Ese era el caso de Anselmo: mercader robusto, de sonrisa fácil y camisa siempre decorada con las huellas de su último antojo. Usaba el pantalón como servilleta y su lengua como escaparate de ventas.

Él, era el personaje más esperado en Chicontepec, para llevar a sus ansiosos habitantes las maravillas de la gran urbe. Vendía de todo: cajas musicales con bailarinas magnéticas; aretes de fantasía; medias de nylon para las señoritas y de compresión para las varices; listones para el cabello; herramientas para el mecánico del pueblo; huevos de plástico con un pollito saltarín para los niños; el jabón medicinal para la abuela, bolsas de dulces que sólo se veían por televisión y; un sobre sellado, que guardaba, con sigilo litúrgico, una pícara revista de modelos desnudas o en actos atrevidos.

Aquella mercancía, tan codiciada como prohibida, provocó un escándalo cuando un grupo de colegiales la descubrió. Las páginas fueron arrancadas, repartidas como trofeos, hasta que fue avisada la directora del colegio y ésta dio aviso al presidente municipal. Éste, al recibir las pruebas del delito, se apresuró a incendiar el material en la plaza pública, junto con otros ejemplares de su propiedad. 

Tras lo anterior, vino la reprimenda a los jovencitos frente a toda la escuela y padres de familia, así como una serie sucesiva de pequeños incendios por todos los rumbos del pueblo.

Anselmo no solo llevaba productos de la ciudad. También cargaba tesoros de su comunidad: amuletos con piedra de alumbre, guijarros de colores y plumas de chorlito, guardados en bolsitas de cuero. Él me obsequió uno de ellos, asegurando que alejaba enemigos y atraía la abundancia. Me dijo, con guiño cómplice, que varios políticos eran sus clientes más fieles.

Compartir asiento con Anselmo era compartir historias, risas y secretos. En medio de la incomodidad del viaje, él ofrecía una pausa, un respiro, una anécdota que se quedaba pegada al recuerdo como el polvo al parabrisas. Así, el trayecto se volvía menos tránsito y más relato.

Los sabores del camino: Tamales, elotes sopes y golosinas.

En cada parada del trayecto, el país se ofrecía al paladar con generosidad. Bastaba que el autobús se detuviera unos minutos, para que las ventanillas fueran rodeadas por vendedores y el aire se impregnara de aromas: guisos humeantes, maíz recién tostado, salsas que picaban con solo mirarlas. Las cocineras, con manos sabias y jergas protectoras, cargaban canastas rebosantes de tamales, cecina, corundas, bocoles, zacahuiles, burritos, chapulines, panes con piloncillo y tortas de carnitas que parecían contener el mapa entero de México en cada mordida.

El elote, sencillo y omnipresente, era rey del camino. Asado, hervido, coronado con chile piquín y sal, tenía el poder de redimir cualquier incomodidad del viaje. Su aroma, al entrar por la ventanilla, era una invitación imposible de rechazar.

Las golosinas eran otro universo. Cada región tenía su tesoro: camotes de Puebla, jamoncillos de Guanajuato, jericallas de Jalisco, cajetas de Celaya, glorias de Nuevo León, chongos de Michoacán, cocoyoles de Yucatán, coyotas de Sonora, natillas de Querétaro, melcochas de Zacatecas. Dulces que no solo endulzaban el trayecto, sino que contaban historias de abuelas, ferias y cocinas de leña.

Y luego estaban los muéganos y las charamuscas: golosinas de doble filo. Su dureza era tal que podían servir como proyectiles en caso de riña o como herramienta de emergencia para romper una ventanilla. Eran dulces con vocación de defensa civil.

En los caminos de Acolman, aparecían pollos envueltos en aluminio, tan grandes como avestruces, acompañados de nopales y caldo picante. En la ruta de la Huasteca, los niños ofrecían frutas a cambio de golosinas o curiosidades urbanas. Una vez, entregué un llavero de oso panda por un zocol: criatura extraña, cuerpo de camarón y rostro de extraterrestre, que me observó con reproche todo el camino hasta que lo liberé en un arroyo.

Los sopes, humildes pero contundentes, llegaban envueltos en papel de estraza, con apenas una pincelada de frijoles, salsa, lechuga y queso rallado. Recuerdo a una vendedora que, al notar mi indiferencia, permaneció un momento parada frente a mi asiento sin dejar de mirarme, lo que me causó cierta perturbación. Acto seguido, colocó desafiante tres muestras de su mercancía sobre mis piernas y, con voz imperativa, me hizo saber que los próximos serían colocados directo en mi boca. Al final quedé satisfecho con el manjar… y con algunos centavos menos en el bolsillo.

Así, entre mordidas y trueques, el viaje se volvía festín. Porque han de saber que en México, el camino también se come.

El autobús: Un asunto de clase.

No todos los autobuses eran iguales. Algunos prometían lujo: asientos reclinables, cortinas limpias, aire acondicionado que funcionaba (a veces), y un conductor con corbata y camisa que amenazaba con estallar por el ombligo o atacar algún ojo con el disparo de un botón. Otros, más democráticos, recibían sin distinción a pasajeros, gallinas, guajolotes, gatos, chivos y abejas polizontes que zumbaban entre los bultos como si también pagaran boleto.

La clase del autobús dictaba el tipo de viaje. En los de “Primera o Plus”, uno podía aspirar a una almohada y una mantilla mal doblada. En los de “Económica”, existía el riesgo constante de que alguien se sentara sobre tu mochila. El equipaje, por cierto, era un asunto de fe: había que vigilarlo en cada parada, so pena de perder un costal de jitomates, un huacal de pollos o una maleta con ropa recién comprada en Tepito.

Algunos autobuses parecían no tener prisa. Se detenían en cada curva, cada pueblo, cada sombra que insinuara una parada. Otros, en cambio, corrían como si el tiempo fuera un enemigo. Su lema tácito: “Primero muertos que llegar tarde”. Valoro mucho a los primeros, pues más que ahorrar tiempo, lo valioso en la vida, es detenerse para llenar cada detalle de la existencia.

Sin importar la clase del vehículo, el capitán de la nave se distinguía por sus virtudes en las lides del amor. No era extraño verlo surgir de los depósitos de carga en compañía de una menuda dama. Tampoco se requería explicación para entender la frase: ‘en cada viaje una vieja’, pintada en la defensa del autobús.

La dama de compañía emanaba coquetería, tanta que era una fortuna que el vehículo llegara sano y salvo a su destino, con un chofer entretenido en atender a su Dulcinea. 

La aventura de un viaje en autobús, fue una experiencia por la que cambiaría todos los memes de una red social y cualquier dispositivo móvil de la actualidad, por un guajolote patas arriba.

Hoy, los autobuses modernos ofrecen comodidades que aíslan. Cápsulas rodantes donde el pasajero se convierte en pez encerrado en una bolsa de agua. Ya no hay roce de brazos, ni intercambio de miradas. La pantalla impone sus fantasías baratas, borra el gusto de escuchar y apaga el deseo de conversar. El paladar se domestica con papas fritas y gaseosas, y el único sonido que importa es el crujir del celofán.

La mirada se vuelve tacaña cuando excluye al resto de los sentidos. Y a los autobuses les ocurre lo mismo que a las personas: cuando el lujo aplasta la experiencia, se pierde la amplitud de la existencia.

  • Diseño de la tela: WADLEY. | Capacidad de la mochila: 50 L. | Mochila con compartimento para laptop de hasta 17.3 pulgad…
$ 659.00

Visitas: 28

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *