
Esta crónica nos sumerge en la atmósfera inquietante de una noche marcada por presagios y miedos infantiles, donde la figura del Coco aparece como sombra omnipresente que vigila desde rincones oscuros y bajo las camas; entre recuerdos de mascotas, juegos y terrores, se revela que este monstruo no solo encarna el miedo, sino también una enseñanza vital: la necesidad de enfrentar la oscuridad con amor, respeto y valentía, convirtiendo el espanto en memoria y el mito en maestro de vida.
La noche es aterradora
Son las primeras horas de la noche. Por debajo y al ras de la puerta se cuela la débil iluminación que proviene del patio. Aún se escucha el sonido del agua al chocar con la vajilla de la cena. Mamá, como siempre, no puede ir a la cama sin dejarla reluciente.
Pronto y de forma repentina, la luz se apaga y cesa todo ruido. El silencio se vuelve profundo, y permanece así por largos minutos, solo interrumpido por la caída de algunas ramas y el roce del viento sobre el tejado de láminas de asbesto.
Esta noche está marcada por un mal presagio. Horas antes, Salomón, la mascota canina de la familia, fue visto cavando con desesperación la tierra junto al fresno, para fabricar una guarida.
Lo mejor sería conciliar el sueño, apagar cualquier mal presentimiento. Pero no: esta no es una noche cualquiera. Algo ha ingresado a la casa, y no lo ha hecho a través de la puerta. Ha logrado escalar el cancel que la protege. Luego se ha escuchado un golpe seco y un discreto gruñido.
El miedo se apodera de un pequeñín, que ahora yace enroscado entre los cobertores de lana, con la cara oculta tras la almohada a la que se aferra con las uñas encajadas.
Suena el arrastrar de pies de un extraño ser que se aproxima, mezclado con el sonido de las patas de Salomón que corre de un lado a otro. El corazón del muchachito palpita con fuerza dentro de su pecho. Ese ser maligno se acerca cada vez más. Emite quejidos ahogados y guturales. Ahora se detiene frente a su recámara.
De su espectral boca surge una amenaza:
– ¿Estaaas ahí?
Solo se percibe el silencio, interrumpido por él débil viento y otra figura que emerge de la oscuridad:
– Claro que estoy aquí, Anselmo. ¡Éstas no son horas de llegar!
– Déjame en paz, Amalia. Solo fui con los amigos a celebrar el cumpleaños del Chícharo.
– ¡Mira nada más como vienes! Ven a la cocina para que te sirva unos chilaquiles.
¿Dónde vive El Coco?
Recién escuché a un niño de esta nueva era, asegurar que El Coco habita en las palmeras. Nada más equivocado. Los viejos de nuestra aldea sabemos que este monstruo se oculta en los rincones oscuros de nuestras casas: dentro del tinaco, detrás de la puerta, en el aljibe o en el ropero.
Sí, en ese adorable y misterioso mueble que guarda las maravillas y secretos de una familia. Recuerdo que de niño temía hurgar tras de sus puertas, aunque no lo suficiente para vencer la curiosidad rebelde, siempre mayor que mis miedos. Fue así que, en una tarde, cometí ese infortunado atrevimiento, solo para ser asaltado, tras un repentino brinco, por una bestia peluda repleta de colmillos. Ella se atrapó a los tejidos de mi pantalón, seguida de una camada de entes similares y más pequeños, que me miraban desde el piso con su pelambre erizado.
Para mi buena suerte, sólo se trataba de Doña Chana, la gata parda de la familia, que fue encerrada ahí para parir y alimentar a sus crías. Para ellas, yo debí haber sido, la imagen terrible del Coco felino.
Chana era una minina adorable, de tamaño pequeño y pelos tan esponjados que duplicaban su volumen. Su espíritu romántico y sus frecuentes escapes la habían hecho madre en múltiples ocasiones. Ese era, el motivo por el que resultaba necesario ponerla bajo llave dentro del enorme mueble de ocote. También porque, de no hacerlo, había que recoger a sus vástagos por todos los rincones de la casa. Ella tenía la costumbre de parirlos, uno a uno, sobre cada mueble o rincón que le brindara algo de seguridad.
No fue infundado el susto de aquella tarde. Los hijos de su última camada se parecían más a un negro demonio de Tasmania que a un tierno micifuz. Este aspecto no evitó que su madre se aferrara con las uñas, a cualquier perro que osara acercarse a ellos, para hacerlo huir entre lastimeros aullidos.
Su ferocidad muestra que el amor es una alarma poderosa capaz de detectar la presencia del mal. Chana nunca dudó del peligro en los colmillos de un hocico que se acercaba a olfatear a sus crías. La naturaleza dota a las madres con un sexto sentido que desnuda la amenaza detrás de todo disfraz.
No olvidemos, sin embargo, que el amor también es una trampa, por lo que es necesario domar su maldad oculta. Chana tenía la afición de apropiarse de mis calcetines y calzoncillos, por lo que era común que mi ropa interior se pareciera al uniforme de un soldado después de cruzar una valla de púas.
No olvido, sin embargo, su costumbre de lamer mi cabello toda una noche entera y acomodar a sus crías en mi pecho. Ella me veía como una parte de su camada. El día que falleció, me persiguió para que le hiciera compañía en sus momentos finales. Eso hice mientras me miraba fijo a la cara, entre respiraciones continuas y ronroneos, hasta que emitió su último suspiro.
Chana era la reencarnación del ángel de la guarda. Su lengua tibia y rasposa era una espada que alivia las penas del mundo terrenal. Sus ojos tenían la mirada dulce que acompaña a una caricia, como esa que esconde nuestro rostro en el pecho de una madre o tras de la espalda de un Hércules paterno.
Lo cierto es que El Coco prefiere vivir bajo las camas observando, sin importar la distancia, todos nuestros comportamientos. Para él no existen los secretos, se entera cuando hurtamos una galleta de la caja de Olinalá de la abuela o nos bebemos su rompope, cuando tomamos los cerillos para encender el periódico de papá, cuando escondemos la torta del alumno más frágil del colegio, cuando hicimos un berrinche delante de la maestra.
El Coco es omnipresente. Intuye lo que pensamos, conoce nuestros escondites, le cuenta todo a mamá y en el más indeseado de los momentos, ella se lo cuenta a papá y él,… al cinturón.
Muchos años después, me di cuenta de que El Coco, era en realidad un venerable maestro. De él, aprendí a iniciar el trabajo desde el amanecer, a obtener con esfuerzo los frutos para la vida, a ceder el paso a los ancianos, la compasión por los más débiles, el respeto al mérito y a todos los seres vivos, a colocar los ladrillos de un hogar.
Al Coco le gustan los pies
El Coco acostumbra jalar las «patas» de los niños. Por eso es bueno atender el consejo de las abuelas: evitar caminar descalzos y ocultar los pies bajo el cobertor al momento de dormir. El Diablo tiene una costumbre similar, aunque, él prefiere ‘chupar’ todo lo que cae o toca el suelo. Existen pocas cosas tan desagradables como sentir en los pies algún insecto, piedra, aguja, clavo o materia gelatinosa.
¿Cuál es la causa de ese gusto? ¿No sería lo mismo jalar las manos o la cabeza? Pensemos que para huir se requiere tener dos pies ágiles, correr con las manos es una acción torpe. Para enfrentar a los monstruos de la vida es requisito tener los pies colocados con firmeza en el suelo. El Coco sabe que su mejor víctima es aquella que ignora donde se encuentra parada.
Cierta noche, El Coco tuvo un encuentro con Cándido, mi mejor amigo de la infancia. Él era un niño pequeño y delgado, con raíces indígenas, que ganaba algunos centavos por lustrar zapatos. Me gustaba su tono al hablar, como si cantara una melodía suave. Su última silaba terminaba siempre con un toque agudo y alargado.
Dormía plácido sobre su colchón -pues él carecía de una cama-, cuando el siniestro ser de las pesadillas lo tomó por los tobillos y lo arrastró hacia el patio de su hogar, mientras él cubría su rostro con ambas manos. Luego lo abandonó lleno de terror y llanto dentro de un foso que su familia usaba para guardar elotes desgranados.
Al amanecer, pudo regresar al sitio donde estaba su colchón, debajo del cual habían desaparecido dos pesos que había ganado con su honorable esfuerzo. Se me hizo poco precio para no ser devorado por El Coco.
Fue extraño que, tiempo después, sorprendiéramos a su hermano -diez años mayor que él- en la compra de sodas y alguna cerveza. Más aún porque este hermano, era incapaz de obtener un centavo mediante el trabajo.
¿Qué come El Coco?
El Coco come niños, sin duda alguna. Eso lo saben todas las abuelas. Pero no es el único platillo de su dieta: también se alimenta del desayuno que los berrinchudos se niegan a comer. Todo niño sabe que mordisquea el pastel recién salido del horno y la abuela sabe que degusta los caramelos que los chiquillos habían ocultado. Es injusto que culpen al gato.
Su maldad es grande. Recorta con una tijera los bigotes del abuelo, le da pellizcos sorpresivos a los chiquillos que están cerca del anciano, amenaza al estudiante que pretende acusar a otro con la maestra. Advierte su golosa llegada cuando alguien se niega a hacer la tarea del colegio, dice una mala palabra, denuncia quien es el novio de la hermana mayor o no revela a la maestra donde está escondido el borrador de la pizarra.
Como verás, él siempre estará atento para hincar sus colmillos en la frágil humanidad de cualquier jovencillo indolente.
¿Dónde nació El Coco?
Cuentan que El Coco nació en Galicia o en Portugal, su nombre hace referencia a la conocida fruta redonda a la que le tallaban ojos y boca, tradición similar a la de las calabazas de Halloween. Es probable que este objeto haya sido usado con los mismos fines educativos.
El Coco es un símbolo de la lucha contra las sombras, una figura que invita a enfrentar las preocupaciones que acechan en la oscuridad. Aquello que puede ocultarse tras la vuelta de una calle solitaria; detrás de una confianza desmedida; en la velocidad imprudente de un vehículo; en el consumo del tabaco y el alcohol. También se esconde en la ambición de quien cree que no hay otro más ambicioso. Sobre un lecho clandestino o tras de una injuria con respuesta.
El miedo infantil es la esencia de la precaución que permite a un adulto volverse anciano. El Coco es como la Hidra: tiene mil cabezas. Una de ellas desaparece cuando se alcanza la juventud, pero regresa cuando nuestra cabellera se vuelve blanca. Nos pincha con un pequeño dolor en el costado, nos pinta con la aparición de una mancha extraña, nos golpea la cabeza para hacernos olvidar todo, nos absorbe el aliento o nos oprime el pecho con un gran dolor.
Estemos atentos, El Coco nos encontrará algún día
Niños o ancianos, este ser aberrante habrá de encontrarnos en cualquier descuido. Hoy en día se asoma a través del WiFi con la apariencia de un malware del siglo XXI. Nos espía con un poder que nunca había tenido. Bien haremos en advertir a los pequeños las mil cicatrices de su rostro. Insistir en no dejarlos solos frente al monstruo. No olvidemos que los temores son un escudo natural contra el peligro.
Ya sabemos que El Coco puede encontrarse en todos lados. Basta sólo la intuición de evitar que se nos aparezca por sorpresa o que sea llamado por nuestros actos. Con el tiempo se aprenden mil formas de enfrentarlo, de identificar sus diferencias con otros fantasmas. Puede hallarse en todos lados, pero hay un sitio donde siempre habremos de encontrarlo.
En lo que a mi respecta, sé que no pasará mucho tiempo antes de que deba enfrentar su rostro más feroz. Pocos segundos antes del vacío y la oscuridad totales. El instante necesario para escuchar en una lejanía profunda, esa antigua canción que reza:
«Duérmete niño, duérmete ya, que ya viene El Coco y… te comerá»



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