El lavadero de las conciencias: Historia de los lavaderos en los años sesenta y setenta.

Compártenos en tus redes sociales

Esta crónica es un retrato nostálgico de los lavaderos en las viejas vecindades de México, donde lavar ropa era más que una tarea doméstica: era un acto de fuerza, de confesión y de comunidad. Entre jicarazos de agua, jabones y tendederos que sostenían secretos, se revela la vida de Silvinita, cuya pena y deseo se entrelazan con la rutina del lavado, y de vecinas que convertían el lavadero en tribunal, altar y escenario de memorias compartidas. Es un relato que emociona porque rescata la dignidad escondida en lo cotidiano y nos recuerda que, en cada prenda tallada, se lavaba también el alma de un país.

Escucha un resumen de esta crónica
Escucha la HISTORIA COMPLETA
Un adelanto de la vida de Silvinita, personaje de esta crónica.

El arte de lavar a mano.

Lavar a conciencia y lavar la conciencia -sobre todo la ajena- son dos cosas que se pueden realizar en el mismo sitio. Para lo primero, es necesario bloquear con un trapo el desagüe de la pileta y dejar que el agua se acumule. Después de eso, se debe separar del bulto de ropa, aquellas prendas cuyo cuello y mangas requieran un tallado previo con jabón de barra, de manera especial los calzoncillos identificados con un sello muy particular.

La ropa blanca, los vaqueros endurecidos con Coca Cola y aquella comprada en los Almacenes Milano, deberán remojarse por separado, para evitar la contaminación de manchas y tintes. Los vaqueros endurecidos con Coca-Cola, como dictaba la moda de los años setenta, eran símbolo de rebeldía. Lavarlos era casi un acto político.

Para toda esta labor, lo ideal es usar un jabón fabricado con sebo.

A partir de aquí comienza la tarea difícil: arrojar el detergente sobre las fibras y tallarlas con decisión guerrera, derramando sobre ellas jicarazos del cristalino liquido.

Según el volumen de la prenda, hará falta enrollarla y azotarla de manera despiadada, desde una altura mayor que la cabeza. Esto requiere músculos mejor desarrollados que los de cualquier Godínez en un gym.

La técnica de frotado varía de acuerdo a la costumbre de cada familia. La mejor es la que fue aprendida de la abuela. Contradecir este axioma, es una ofensa con graves consecuencias.

Según sea el caso, se usará una piedra porosa para eliminar las borlas, una tabla de madera para recibir los azotes o un cepillo antiguo e irremplazable para desalojar la mancha rebelde.

El enjuague requiere una colección de cubetas llenas de agua para empujar adentro las prendas en un rítmico clunch clunch, con el cual desalojar los residuos de detergente. Ya que la ropa ha sido exprimida para eliminar la última gota, es necesario colocar el tendedero.

Este equipo puede variar. El más común en los años sesenta, constaba de un tronco juvenil de árbol con una canaleta que era inclinado para tensar el mecate. Éste se sujetaba en su extremo contrario a una argolla en el muro.

El mecate era fabricado con fibras de henequén, yuca o maguey, aunque después aparecieron los de algodón. El de henequén era más confiable que cualquier cable de extensión moderna. Aguantaba ropa, secretos y hasta discusiones maritales.

La técnica de secado consistía en extender y azotar las prendas contra el espacio abierto, para luego, atenazar la ropa entre las cuerdas del mecate. El sol y el viento terminarían el trabajo.

La pena y el deseo de Silvinita: Crónica de una madre y un lavadero.

Lavar a mano no solo limpia la tela, revela el alma de la lavandera. Cada prenda recibe el castigo o la caricia que ella no se atreve a dar. Las telas entienden el desprecio, la ternura, la ira. Ese sentimiento se imprime en el ritmo corporal de quien ejecuta el lavado.

Una danza acompasada con las melodías de la radio es signo de alegría; un tallado con disciplina militar revela el tedio de la rutina; un vaivén de caderas es muestra de armonía; y un suave desliz, acompañado con el perfume de un suavizante, es símbolo de felicidad matrimonial.

Ninguno de éstos fue el caso de Silvinita. Su ritmo era la indiferencia, la misma de un obrero que corta mil piezas de aluminio frente a una máquina durante todo un día. En su trabajo no existía cuello percudido que se le resistiera, ni mancha que no fuera desterrada. Esto solo puede ser resultado de años de experiencia, y los de ella habían sido muchos.

Su cuerpo, ya pequeño, había encogido más. Sus relucientes trenzas negras eran ahora una colección de mechones blancos; sus manos un puño mal cerrado y lleno de nudos. Cada movimiento desprendía una arruga de su rostro que se deslizaba hacia el drenaje.

Cada prenda limpia representaba veinte centavos de vida: de la suya y la de su hija amada. Aquella que fue despreciada por el hombre que fertilizó su vientre y por la madre de éste. Esa niña que bajó de la montaña en sus brazos y por quien caminó doscientos mil metros; Esa cuyo rostro nadie se atrevió a acariciar ni a ofrecer un halago.

Su hija Zoraida, apodada en el barrio como ‘La Cuataneta’, fue por quien aprendió la única canción de su existencia: una canción de cuna. La misma hija que luego escupió el plato con sopa, que descubría el escondite de los centavos, que rompió el único espejo de su vivienda -el mismo que Silvinita usaba para recordar su juventud. Desde entonces, ya solo se peinaba con la memoria.

Zoraida culpaba de su desdicha a todas las madres, empezando por la naturaleza. Ocurrió que, en una ocasión, escuchó a las mujeres ancianas decir en los lavaderos: ‘No existe mujer fea a los quince años’.

Una noche antes del día en que cumpliría años, veía en sus fantasías, su nuevo rostro: igual al de la muñeca que un día apareció junto a su almohada. Con ese cutis blanco, las mejillas rosadas, la nariz respingada y esas largas pestañas junto a sus ojos dorados como la miel. Nada que se pareciera a su reflejo: con los ojos saltados, las mejillas con cráteres, los labios carentes de simetría y esa esponja que ocupaba el sitio de su nariz.

Sin percatarse, quedó dormida en un sueño profundo, en espera del vapor misterioso de una hada que entraría por su boca abierta. Al despertar, corrió presurosa hacia el espejo, con el corazón vibrando al ritmo de un motor de barca. Pero, un par de minutos después, se escuchó un largo lamento seguido de llanto abundante. Los habitantes de la vecindad cerraron sus puertas y ventanas, temerosos de ser invadidos por un espíritu aterrador. 

Resultaba fácil identificar a Silvinita por las calles. Su cuerpo era invisible, no así el enorme bulto de ropa sucia que cargaba a sus espaldas, sostenido por la fuerza de un nudo atado a su frente. Si hubieras visto la imagen de ese bulto flotando sobre la acera, creerías que se trataba de un acto de magia.

Era tan hábil en su profesión que podía lavar la suciedad de su hija. La limpiaba cada noche con un beso colocado desde lejos, para evitar ser insultada; con un santo bajo la cama de la muchacha, para espantar los malos sueños. Resultaba inútil su esfuerzo: esa suciedad regresaba cada día.

La amorosa madre tenía una pena y un deseo. A la pena la acompañaba el miedo de despertar en la oscuridad eterna. Su deseo era sencillo, pero inmenso: recibir un beso de La Cuataneta un segundo antes de que eso ocurriera.

Lo primero sucedió una tarde cualquiera, cuando el enorme bulto cayó junto a un pirul centenario. Un mareo inesperado le nubló el paisaje. Las pocas palabras que nadie habría entendido, rebotaban dentro de su cráneo sin orden ni sentido, mientras los dedos de su mano desobedecían su voluntad.

Lo segundo no ocurrió un segundo antes. Ni después. Ni jamás.

Lavar conciencias es un acto entretenido: Mujeres y secretos en la vecindad mexicana.

Un lavadero de vecindad era más que eso: era un tribunal de la moral, donde se daban testimonios, juicios y sentencias, aunque pocas veces pruebas, para toda clase de rivalidades, malentendidos y celos. Ahí eran escasos los abogados, y cada conducta -observada o inventada- podía ser usada en contra del imputado, quien por cierto, debía encontrarse ausente durante los alegatos.

Son múltiples los delitos o infracciones que ahí se dirimían, citaré algunos de los más comunes:

  • Se consigna que Fulana, la consorte de Fulano, recibe prebendas gratuitas e inexplicables del carnicero, quien la hace pasar detrás del congelador para que pueda tocar lo mejor de la carne.
  • Se ha visto a Zutanita, la hija de Zutana, salir de la panadería con el mariguano de las canchas de fútbol.
  • Pelangano le dio una tunda a Pelangana, pero ella se lo tiene bien merecido.
  • Menganito, el hijo de Mengano, nació con la misma cara del chalán de la ferretería.
  • Zurangana fue sorprendida robando ropa interior de los tendederos.
  • Turangana es la que pone tierra de panteón en la puerta de Mengana.
  • Turanganito le pegó los piojos a todos los peladitos del colegio.
  • El que se llevó la patrulla era hermano de Zutano.
  • El presidente de la república es un jijo de …!!!

Toda acusación podía ser motivo de una reyerta, incluso de una batalla campal, en la que cada soldadera elegía su bando por motivos de amistad, complicidad o solo para cobrar la afrenta en la última sesión de consejo frente al lavadero.

El fragor de las escaramuzas implicaba algún jalón de cabellos, golpes de frente y una abundante cantidad de ofensas. Además, claro, de los vítores y llantos de muchos pequeñines.

Tras reducirse las tensiones, resultaba probable que se pactara -frente a testigos- una amigable reconciliación… hasta que la envidia, la ambición o un nuevo mal entendido renovaran los gritos de guerra.

No es gratuito que el comportamiento de nuestros políticos tenga como referente el campo de batalla de los lavaderos.

Los juicios del lavadero se desvanecen con el agua, pero sus ecos quedan atrapados en el concreto. Porque antes de ser tribunal, el lavadero fue altar. Y cada jicarazo, una plegaria. Cada prenda, una confesión.

Entre jicarazos y silencios: costumbres mexicanas en el alma del lavadero.

El lavadero tradicional, esta fabricado de concreto armado o de cemento. En México, aún hoy en día, se fabrica de manera artesanal en comunidades como San Bartolomé Tlaltelulco (Estado de México), El Salitre (Querétaro) o Tepatitlán (Jalisco). Por fortuna, no existe evidencia -todavía- de lavaderos fabricados en China, ni manera de pedirlos a través de alguna aplicación.

Si alguien piensa que este armatoste pesado solo puede ser útil para limpiar las prendas, está muy equivocado. Este instrumento prehistórico, ya casi extinto, durante centurias ha servido para:

  • lavar la losa y enjuagar frutas.
  • Ser baño y chapoteadero de niños -cuya imagen desnuda puede ser perturbadora, sobre todo cuando también les sirve de mingitorio.
  • Remojar brochas con tíner o aguarrás, lo que explica su estilo expresionista.
  • Quitar escamas a los pescados.
  • Funcionar como acuario de peces tropicales, que tarde o temprano emprenden su fuga bajo el subsuelo de la ciudad.
  • Llorar o rezar una desdicha en soledad, acompasada por la caída de agua del grifo.

Es una pena que todo ese universo haya sido desterrado por las modernas lavadoras y secadoras, que ahora tienen la petulancia de despreciar el calor del sol y que ni siquiera son buenas para obsequiar el ritmo de un chaca-chaca, como aquellas antiguas que, con sus rodillos y su manija, exprimían a placer la ropa, dejándola tan plana como un tocino.

Hubo algo cuya belleza no puedo olvidar. La imagen de esas mujeres que, con ayuda de una jícara, lavaban sus largas cabelleras negras. Lienzos de satín iluminados por un susurro de la luna. Ellas exprimían perlas en gota con sus manos, para acomodarlas con un vuelco de cabeza sobre sus espaldas.

Los lavaderos de madrugada son el sitio de descanso de las almas en pena. Todo el barrio lo sabe. No se conseja mirar bajo su losa, pues con seguridad, un par de ojos se abrirán desde la nada. Si has de lavar a esas horas, deberás pedir a Dios que prenda la luna. De otro modo, no debes voltear tras tus espaldas ni hacer caso a cualquier mano que se pose en tu hombro. 

Jabones que marcaron época: entre espuma, memoria y resistencia.

En el corazón de los lavaderos de vecindad, los jabones eran protagonistas silenciosos. Cada barra tenía su carácter, su aroma, su promesa de limpieza y redención. Eran símbolos de clase, de eficiencia mágica y de costumbre.

Fab, con su envoltura azul y letras firmes, era el aliado de las madres que enfrentaban montañas de ropa escolar. Prometía una blancura impecable y un aroma que duraba más que el recreo.

Zote, el eterno rosa, sigue siendo el favorito desde las bisabuelas hasta las biznietas. Fabricado con sebo y aroma a coco, su poder no solo lava y perfuma, sirve para: ahuyentar insectos, lavar trastes, reparar fugas de gas, curar heridas y retirar embrujos.

Rosa Venus, aunque más conocido como jabón de tocador, también tuvo su lugar en el lavadero. Su fragancia floral y su envoltura metálica eran sinónimo de elegancia accesible. Algunas lavanderas lo usaban para prendas delicadas, como si el jabón pudiera devolverles su glamour.

Amole, jabón prehispánico, hecho de raíces y plantas como el amolxóchitl, era usado por los pueblos indígenas para lavar el cuerpo y la ropa. Su espuma vegetal era suave pero efectiva.

La Cima y Rincón, aunque menos conocidos hoy, eran parte del ecosistema doméstico, donde cada producto tenía su lugar y su ritual.

Pero si de quitar manchas hablamos, todas las personas mayores, sabemos que, Ariel, con sus poderosas enzimas, es capaz de convertir una cubeta en una lavadora automática y de poner las playas de Acapulco en cualquier azotea. Este detergente, además de rendidor, era el habitante inesperado de cualquier lata de galletas, donde estaría a salvo de la humedad.

Si por otro lado, tú quieres un detergente ‘que te alcance para toda la semana’, y no tener que quitarte la bata de dormir para ser vista en la sociedad de los lavaderos, Roma es el indicado, pues no solo es bueno para pisos, trastes y baños sino que incluso es un remedio barato para combatir la caspa. No olvides que rinde más y cuesta menos.

La espuma se ha ido, el aroma se ha diluido, y el esfuerzo quedó atrapado en los surcos del concreto. Hoy, los jabones ya no cantan. Solo obedecen.

Lavar ropa y comodidad en el siglo XXI: Un mundo donde el esfuerzo es cosa vana.

Sea como fuere, es bueno no olvidar que la ropa sucia se lava en casa. México es especialista en eso. Somos una sociedad acostumbrada al cochambre de líderes con privilegios y políticos de cloaca. Hasta hoy, no hemos podido idear la fórmula de un jabón que ahuyente a los roedores y limpie las coladeras.

Se agradece la comodidad del mundo moderno, donde siempre hay una maquina que limpia o que piensa por nosotros. Resta poco tiempo para el año 2062, en donde veremos a Robotina dar una orden al equipo de aseo para que, en segundos lave, seque, planche y reponga los botones de toda nuestra ropa. Todo mientras nuestras obesas humanidades son alimentadas directo en la boca por una cuchara inteligente.

Ese futuro cómodo de caricatura, donde la sirvienta robótica nos evitará la fatiga de emitir una instrucción, ya se asoma.

Por cierto, ¿Alguien sabe a dónde huye la pareja de todos nuestros calcetines?

Hoy, iniciado el siglo XXI, el esfuerzo se ha convertido en moral retrógrada. Producir ya no merece cansancio, empeño ni virtud. No hay ánimo ni siquiera para limpiar nuestros desechos. Es curioso que lo gratis e inmediato no alargue la jornada: solo le borra el trabajo y orgullo.

Bien haremos pronto en no romper los lavaderos, ni ponerlos bajo resguardo de un museo. La comodidad puede llevarnos a la adversidad. De ser así, vale la pena que no olvidemos, como limpiar con nuestras propias manos la suciedad de un mundo fácil.

En los lavaderos, aún se escucha el eco de las mujeres que lavaban más que ropa. Lavaban el alma de un país que ya no las ve. Pero,… hay memorias que solo se limpian con las manos.

  • Incluye mano. | Sus dimensiones son 14cm x 5cm. | Su peso es de 5kg.
$ 298.00
  • Largo: 55 cm. | Tipo de lavabo: lavadero. | Material: plástico. | Forma: rectangular. | Con 1 orificio para grifería. | …
$ 1,622.00

Visitas: 64

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *