El loquito del barrio: Personajes Excéntricos y Locura Urbana en la Ciudad de México

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Esta crónica es un espejo urbano donde la locura es un desfile de personajes excéntricos que, con gestos rituales, atuendos insólitos y creencias desbordadas, transforman la monotonía de la ciudad en un teatro de asombro y ternura. Cada figura —Dominguita con sus palomas sagradas, El Cobijas con su armadura de cobertores, Aurora con sus pasteles convertidos en ofrenda— nos recuerda que la diferencia no es un defecto, sino una chispa que ilumina la memoria colectiva. Es un relato que abraza lo marginal y lo convierte en símbolo de compasión y belleza.

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Dominguita: La Loquita de Plaza Loreto.

Hace unos días, por los rumbos de Plaza Loreto, me detuve a observar a una anciana alimentar a una parvada de palomas. No era una escena cualquiera. Las aves descendían de un campanario como si reconocieran su presencia. Ella las llamaba por nombre, las organizaba con firmeza, y les hablaba como para entregarles un mensaje secreto al oído.

Rezaba oraciones entre susurros, citaba fragmentos de un catecismo sin forros, y vestía con sencillez: zapatos de tela, escapulario al cuello. Tomaba en serio su papel.

Mientras me perdía en esa coreografía, se acercó a mi otra mujer: rolliza, de edad avanzada, vestida como ama de casa, con una bolsa blanca que decía “Carnicería El Gordo”. Me ofreció sus servicios románticos a bajo costo. Sin apetito para sus propuestas carnales, le ofrecí una dádiva a cambio de conocer la historia de la mujer de las palomas.

Me habló de Dominguita. Me dijo que creía que cada paloma era la reencarnación de un apóstol o de una virgen. Que su familia, habitantes antiguos de la zona, practicaban con fervor una mezcla de religión, brujería y adivinación. Que su locura comenzó tras la visita de la Virgen del Rayo, quien para salvarla del castigo eterno, le encomendó alimentar a esos seres sagrados.

Ambos coincidimos en que aquello era una forma de locura. Pero lo curioso fue que esta ama de casa de la vida galante, no dudaba ni un segundo la aparición de la Virgen. Para ella, era un hecho comprobado.

¿Quiénes Son Los Loquitos del Barrio?

En cada barrio, hay un elenco de personajes excéntricos que, sin pedir permiso, se instalan en la memoria colectiva. Los llamamos “loquitos”, aunque su locura suele ser más enigmática que clínica. Son distintos, sí, pero también necesarios.

Su presencia rompe la monotonía, desafía las normas y nos obliga a mirar la vida desde ángulos inesperados. Algunos hablan con seres invisibles. Otros visten como si cada día fuera carnaval. Hay quienes repiten gestos rituales, como si conjuraran un orden secreto en medio del caos urbano.

Su rareza no es un defecto: es una forma de estar en el mundo. Nos recuerdan que la cordura es una convención, y que la diferencia puede ser luminosa.

Su existencia no es nueva. Han habitado las ciudades amuralladas de la Edad Media, los jardines del Renacimiento, los palacios imperiales y las vecindades de nuestra infancia. Juana la Loca, fue una reina que besaba el cadáver de su amado Felipe el Hermoso. Carlota, la emperatriz de México, confundía el rostro de Juárez con el demonio. En sus laberintos mentales, el maligno, los santos y las deidades se mezclan con el amor, duelo o el exilio.

En nuestros barrios, los loquitos son parte del paisaje. Nos interpelan, nos incomodan, nos conmueven. Algunos provocan rechazo; otros, ternura.

La locura, a veces se viste. Se teje en los colores, se arrastra en los jorongos, se incrusta en los peines de plástico.

Viene a mi memoria El Cobijas de Tultitlán. Delgado, de mal bañar, envuelto en capas de cobertores como una armadura contra el mundo. En la mano, la tapa de un cesto de basura: su escudo. Lo usaba para defenderse de la policía municipal y de los perros callejeros, que lo seguían como si reconocieran en él, a un viejo camarada.

Maestro en encontrar mendrugos entre la basura del mercado, orgulloso de nunca pedir limosna. Algunos decían que fue un soldado, otros, que fue bibliotecario. Él, tenía una lógica propia, una estética de la supervivencia. Cuando caminaba, la ciudad parecía detenerse. Los vendedores bajaban el volumen de sus radios. Los ancianos lo saludaban con respeto. Era parte del paisaje, pero también su grieta.

Pita Amor, la undécima musa, vestía como reina barroca: collares de perlas, joyas enormes, flores en el peinado. Su gesto hosco contrastaba con el maquillaje intenso, delineador oscuro junto a los ojos y labios pintados de manera intensa. Provocadora, violenta, desbordante. Su poesía confesional fue inspirada por Sor Juana, Góngora y Quevedo. Dicen que su locura comenzó tras la muerte de su hijo Manuelito, ahogado a los pocos meses de nacer.

Y Oyuqui. Pequeñita, vestida con sábanas amarradas al estilo de una geisha. Chanclas en lugar de sandalias japonesas. Un peine enterrado en su cabellera mal peinada, junto a un par de palillos orientales. Su atuendo era una versión libre de un personaje que nunca conoció del todo. Pero cada elemento estaba elegido con intención.

La locura estética no busca aprobación, busca presencia. En las calles, el aspecto siempre engaña. Lo que parece disfraz, es a veces armadura. Lo que parece exceso, es a veces ofrenda.

Cande y su comunión callejera: Fe, papas fritas y bendiciones.

Por los rumbos de La Merced, era común encontrarse con Cande—quizás Candelario de nombre completo—un hombre tímido, de andar pausado y mirada baja, que oficiaba su propia misa en plena calle.

Su ritual era sencillo, pero sagrado: bendecía con la señal de la cruz a cada peatón que se cruzaba en su camino. Lo hacía con solemnidad, con un gesto detrás de cada oración. Y a los perros callejeros, les ofrecía la comunión. No con hostias, sino con papas fritas. Los canes, feligreses devotos, se sentaban frente a él, esperando su turno con respeto. Recibían la papa en la lengua y luego, se retiraban en silencio, como si hubieran sido tocados por la gracia.

Cande no hablaba mucho, su lenguaje era gutural. Su fe, una mezcla de costumbre familiar, trauma y esperanza. Decían que su madre, le enseñó a rezar frente a un altar improvisado con estampas y veladoras.

Sus vestimentas, eran una forma de decir “aquí estoy”, en una ciudad que no me mira. Y aunque su altar era una banqueta, y su cáliz una bolsa de papas, su ceremonia era tan poderosa como la de un cardenal.

La marca de Auchwitz: La adversidad es un verdugo implacable.

La adversidad, cuando se instala en el cuerpo, no siempre se ve, pero se tatúa en la piel. En los años setenta, por los rumbos de Santa Julia, apareció una mujer extranjera. No tenía nombre ni apodo conocido. Solo una presencia rota, que se hincaba con llanto cada vez que estallaba un escape de automóvil o resonaban los fuegos artificiales. Abrazaba a los transeúntes, como si intentara salvarlos de un peligro invisible, como si el estruendo, anunciara el fin de la existencia humana.

En su brazo, estaba la marca de su locura: el número grabado del campo de concentración de Auschwitz.

Las cuentas entre su edad aparente y los años del horror, me hacen pensar que fue niña cuando vivió aquello. Puedo imaginar el terror que le provocaban los tacones de los soldados nazis, las balas contra los muros, el sonido de la artillería, los gritos de sus seres amados al ser arrastrados. La soledad, la vulnerabilidad.

Cada sonido fuerte era una detonación en su memoria. Cada abrazo, un intento de salvación. Su gesto, una plegaria muda.

La ciudad la miraba con distancia, algunos la evitaban, otros la bendecían. Pero nadie podía negar que su dolor era real.

Aurora, La Loquita de los Pasteles: La tristeza empieza después de la locura

La locura no siempre llega como una tormenta. A veces, es la bruma que se instala después del abandono. Un eco amargo, como el que siente un niño en un orfanato o una mascota que no entiende el pago ingrato a su amor incondicional.

Aurora, conocida como “La Loquita de los Pasteles”, fue una dama madura y elegante, conservadora incluso para los estándares de los años setenta. Parecía salida de un anuncio de jabón perfumado: impecable en su limpieza, exigente con el planchado, educada en algún colegio para esposas ejemplares. Ama de casa de Polanco, cocinera de manos finas, patrona de un hogar que parecía perfecto.

Pero no lo fue. Su marido, un engreído capitán de industria, la trataba con desdén. Sus hijos, avergonzados del pezón abundante que los hizo engordar, la borraron de sus fotografías. Tras un diagnóstico psiquiátrico, le habilitaron una recámara en lo alto de aquel castillo de arquitectura californiana de los años cincuenta. Desde entonces, estuvo ausente en la boda de sus cachorros frente al templo de San Ignacio de Loyola y en las vacaciones de sus nietos en Disneylandia. De hecho, jamás estuvo junto a sus nietos.

Aurora fue una maestra de la pastelería. Más aún: fue el premio Nobel de la repostería. El azúcar hacía una alfombra para cubrir sus pasos; el chocolate se derretía para alabarla; la harina empujaba su masa al cielo para cargarla en hombros.

Ella, por su parte, cargaba una canasta ancha con pasteles para adentrarse en las barrancas de Santa Fe y Tacubaya. Todos divididos en rebanadas exactas, donde ninguna fuera más grande que la otra por una sola morona.

Todo su rostro era una sonrisa ante la salida alegre de los desaliñados de las casas de cartón, que como cadetes en formación de honor a los héroes de la patria, formaban guardia para darle la bienvenida en cada morada.

En esos lugares, siempre apartaban el catre con sábanas limpias para darle cobijo durante su estancia, la única silla con forro para servirle el único vaso con leche de su mesa. Todo mientras decenas de niños relamían sus labios y mejillas manchados de crema, pistacho, vainilla y chocolate.

Su más grande placer, era cantar una canción de cuna para arrullar a un niño desnutrido y luego, perder la mirada en el vacío entre risas y una misteriosa charla con un ente invisible.

Por años, su tumba en el Panteón Francés luce casi siempre sin visitas, excepto el día de los difuntos, en que un solitario caballero, coloca una ofrenda de flores silvestres, y un pequeño pero exquisito, pastel de altísima repostería.

La Casa de los Azulejos y El Señor de los Búhos: Guardianes del tiempo.

La locura puede ser misteriosa y habitar como espectro en las casonas antiguas. Así ocurrió en La Casa de los Azulejos, que durante algún tiempo fue resguardada por el  «Señor de los Búhos», quien tenía su habitación decorada con pinturas de estas aves y también grabaciones de sus sonidos.

Para él, éstas eran los guardianes del tiempo, capaces de mirar hacia el pasado y el futuro. Se cuenta que hoy en día es posible escuchar los aleteos y el ulular de estos animales.

El hogar de los «Loquitos del Barrio», es nuestra calle. No vienen de un planeta misterioso: surgieron de un hogar con muros. Así lo entendí una ocasión en que fui invitado a la casa de una mujer pequeñita, de mejillas coloradas, en la calle de Independencia junto al barrio chino de la Ciudad de México. Ella, con gusto armonioso, armó en dos metros cuadrados un hogar sin muros, limitado solo por huacales de madera y cajas de cartón.

Me asombró su orden y limpieza, la delicadeza de un florero con una sola flor sobre una caja de zapatos -que debió ser la mesa de centro de su estancia-, sus escasas prendas colgadas de forma simétrica sobre la rama de un árbol, un cartón al piso bien colocado como alfombra, y cien detalles más por los que gustoso, hubiera entrado a su morada, de no ser porque dos personas, habrían sido una multitud incómoda.

Con frecuencia me pregunto: ¿por qué es en esos barrios antiguos donde proliferan? La causa puede ser el silencio tras los muros gruesos en las habitaciones de sus viviendas; la convivencia con los seres del inframundo que viven en cada rincón y leyenda o; la ancianidad de sus habitantes, que ven en las piedras del pasado un mundo mejor que el actual.

No lo tengo claro, pero esos barrios no son sólo piedra y humedad: son un mundo de seres subterráneos. Su ausencia convertiría a estas calles, en mediocres postales para turistas.

Todos tenemos algo de genios y locos

Todos somos dueños de conductas que alteran nuestra armonía, y de otras que no son usuales. Casi siempre, estas son motivo de juicio, burla o rechazo. Por ello, debemos ser comprensivos con los demás.

La vejez me ha dado el hábito de observar con detalle a los objetos e individuos que me rodean. No pasa desapercibido para mí: El peatón que evita pisar las rayas que dividen el concreto de las calles; la dama o el caballero, que secuestran a otros para torturarlos con un monólogo sobre su vida; las personas, que inventan historias descabelladas sobre sus virtudes, sus éxitos o fortunas, para ganar admiración; el individuo que regresa más de tres veces para asegurarse de haber cerrado la puerta de su hogar.

No escapan para mí: el infame que castiga a su perro como si fuera causante de sus desdichas; quien patea un mueble, por haberse lastimado con él; el otro, que todo en su vida, es una razón para la melancolía; el que evita dos comidas al día para incrementar sus ahorros; el dueño de una colección abrumadora de cualquier objeto; la persona atormentada por el descubrimiento de un defecto en su belleza; quien vive una guerra contra los microbios o, es cliente obsesivo del médico y de los laboratorios de análisis clínicos.

Dicho lo anterior, todos somos en la vida diaria, ese personaje con conductas que entorpecen nuestro funcionamiento en la existencia. Eso que llamamos el buen juicio, el juicio correcto, no es la materia de la normalidad.

Por otro lado, para fabricar una maravilla se requiere apartarse de lo común. Tener una fantasía desbordada para encontrar el secreto de lo imposible. A este tipo de locura, se le conoce como talento.

La locura es una herencia

Nadie nace con la locura. No existe píldora ni cirugía que devuelva la cordura. Ella invade desde la enseñanza que rodea la educación de un niño. El loquito, es el leproso de la era moderna, un miedo que nos amenaza, sin que ellos sean los culpables.

La locura tiene raíz en el modo en que se han encadenado los sucesos de nuestra vida, y en particular de nuestra infancia. Ella nos ataca desde adentro, nunca desde afuera.

No hay isla abundante de felicidad a donde podamos enviar a estos individuos, a veces, dueños de un mundo mejor que el nuestro. Simpáticos, peligrosos o geniales, son parte de nuestra comunidad, de la identidad de nuestras calles, de nuestra historia y hasta de nuestras infamias.

Dejemos que la cordura nos inspire, pidamos que no escape del interior de nuestros laberintos. Demos la bienvenida a estos extranjeros con un lenguaje construido con nuestras propias oraciones, pero, articuladas en una gramática diferente.

  • Edad mínima recomendada: 15 años. | ISBN: 9786071628237.
$ 148.99

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