
La Ciudad de México guarda en sus barrios obreros y barrancas invisibles la memoria de campesinos que migraron, de oficios perdidos y de leyendas que respiran entre las vecindades. Palo Solo y Santa Julia son heridas donde conviven fantasmas del campo, pandillas juveniles y milagros cotidianos. La crónica revela cómo la urbe se convirtió en un cuerpo lleno de ausencias y nostalgias, un lugar donde cada calle guarda un suspiro de pueblos vacíos y cada sombra invita a descubrir historias ocultas.
Palo Solo, la barranca invisible.
Si piensas que China es la fábrica del mundo, te equivocas: ese lugar está mucho más cerca de lo que imaginas. Se llama Palo Solo y permanece oculto en una barranca, justo al lado de los grandes edificios residenciales de Tecamachalco y las boutiques relucientes de Interlomas, a un paso de la Ciudad de México.
Es un sitio que casi nadie mira, porque se esconde bajo el telón del horizonte. Sin embargo, de ahí provienen muchos objetos esenciales para la vida cotidiana de la metrópoli. En Palo Solo se cosen las pantuflas de dinosaurio, se tiñen las cobijas del tigre, se sueldan las varillas de los carritos del tianguis y se inflan los globos que alegran la Alameda. También se fabrican disfraces de Chucky para los perros, carritos de nieves con la imagen del Popocatépetl, cestas con tlacoyos de frijol y garbanzo, churros para el metro Insurgentes, tamales de hoja de maíz y oaxaqueños, las muñecas mazahuas del Paseo de la Reforma y hasta las camionetas que recorren las calles comprando colchones y fierro viejo.
La población de la Zona Metropolitana del Valle de México, pasó de 3.1 millones en 1950 a más de 7 millones en 1970. Gran parte de ese aumento se debió a la migración rural, sobre todo del Bajío y de los estados de Hidalgo, Puebla, Oaxaca, Veracruz y Estado de México.
Fue la segunda gran oleada de campesinos hacia la ciudad. La primera, entre 1930 y 1950, había hecho crecer la población metropolitana de 1.5 a 3.1 millones. Hoy habitan en ella más de 23 millones de personas, aunque ese crecimiento se debe sobre todo a la migración desde otras ciudades y a los nacimientos ocurridos dentro de la capital después de los años ochenta.
Desde inicios del siglo XXI, muchos migrantes comenzaron a dirigirse hacia ciudades medias como Querétaro, Toluca, Puebla, Monterrey y Guadalajara, lo que redujo la presión sobre la capital.
En aquel lejano 1960, decenas de pueblos de los estados circunvecinos fueron abandonados por sus maestros de oficio y artistas, que buscaron un destino en esta barranca y en los márgenes de lo que entonces se conocía como el Distrito Federal.
Desde el día en que el maestro Dimas cargó con el saxofón y las trompetas, Pahuatlán se quedó sin tambora. Ahora las luces de la plaza se apagan cada domingo, la gente se encierra en sus casas, el silencio se desliza entre los adoquines y el santo patrón pide que nadie lo mueva de su nicho.
En Yalalag la gente camina descalza, pues ya no hay quien sepa cortar tiras de llanta para armar huaraches. Por eso se han dejado de organizar bailes: nadie quiere lastimarse los pies sobre el cemento.
En Naolinco los muertos ya no pueden regresar a sus tumbas. Desde que Arnoldo dejó de esculpir las lápidas, nadie sabe cuál es la entrada de su morada, ni recuerda por qué causa se convirtieron en difuntos.
La gloria industrial de Palo Solo borró los letreros que anunciaban cuántas personas habitaban cada poblado de origen. Hasta los duendes que vivían bajo los hongos y los jinetes descabezados abandonaron sus pueblos, para levantar en la barranca nuevas guaridas de sombra junto a las casas de lámina negra.
Su historia no fue como la de la primera migración de los años treinta y cincuenta, cuando los campesinos fueron invitados por el sueño de las factorías, para convertirse en obreros y donde lograron invadir un terreno plano, donde levantar los ladrillos de su morada.
Los de la segunda migración llegaron porque sembrar la tierra dejó de ser un modo de sustento. La ambición de los caciques acaparó cada lechuga, cada grano de maíz y cada pollo, para revenderlos a bajo costo de adquisición y alto precio, en la insaciable garganta de la gran urbe.
Muchos de ellos, además de sembrar y cosechar, eran hábiles en oficios como cerámica, textiles, orfebrería, calzado y albañilería. Otros encontraron en el comercio una forma nueva de subsistencia.
Después de los sesenta, la fábrica ya no necesitaba tantos obreros, pero ellos seguían reclamando con urgencia alimento y sustancia espiritual: una forma de vida que añoraban con vehemencia.
No olvido la expresión del tío Eduardo, aquel obrero privilegiado de una empresa norteamericana, dueño de un Volvo 1954. Con sorpresa, identificó dos pequeñas luces en cuartos de ladrillo, levantados en las lomas junto a Los Indios Verdes, que en aquel entonces, parecían dos ebrios desgarbados pidiendo limosna a la entrada de la ciudad.
—Es increíble, ya hasta en los cerros están fincando casas —dijo.
Palo Solo es la síntesis de mil asentamientos invisibles. Eso lo hace maravilloso: en ese espejo se peina y se depila las cejas, toda la franja suburbana de la Ciudad de los Palacios.
El Niño Macabro y la Dama Invitada
El alma campesina y sus espectros llegaron a Huixquilucan acompañando a los moradores de Palo Solo, aunque algunos ya estaban ahí, listos para hacer amistad con los recién llegados.
Dicen que si alguna noche, en los caminos hacia Villa del Carbón, te encuentras con un niño desamparado, que pregunta hacia dónde vas y de dónde vienes, debes cuidar tu respuesta. La única correcta es: “Vengo de ningún lugar y aquí me quedo.”
Hace muchos años, entre una arboleda fría, hallaron a un pequeñín congelado que abrazaba un muñeco de petate con figura de charro. Se sospecha que fue abandonado por sus padres, quienes huyeron con destino incierto. Su alma busca el lugar donde nació, pero jamás lo encontrará: nunca supo cuál era. Su inocencia solo pretende devolver a los viajeros a su origen, para que no se pierdan ni mueran de frío.
Si revelas de dónde vienes, un remolino de polvo te envolverá y despertarás en el sitio que mencionaste. Y si además confiesas tu destino, jamás lograrás llegar a él ni hallarlo en mapa alguno.
Son muchos los seres del inframundo, que migraron en las alforjas y cajas de cartón de los campesinos, aunque pocas veces se tiene la oportunidad de ver nacer a uno. En comunidades que cargan con sus muertos imperecederos, es fácil convertirse en espectro.
Así me ocurrió una mañana, en la casa que habitaba a la entrada de la barranca. Al despertar, encontré en la cocina a una mujer con rebozo pardo, que calentaba café sobre la estufa de petróleo. Acostumbrado a estas apariciones, agradecí su gesto sin hacer comentarios. Mientras barría el piso de tierra, vi por la ventana una columna de almohadas que rebasaba el cancel de entrada. Bajo ese cúmulo estaba Ramiro, fabricante de artículos espumosos, y pensé en ayudarle a cargar y vender su mercancía para ganar unos centavos.
Cuando me disponía a salir, la dama del café me pidió: “Por favor, no me pises.” Al abrir el portón entendí su ruego: en la entrada yacía su cuerpo tendido, con un par de veladoras y una jovencita arrodillada rezando un rosario.
El alma obrera y pandillera de Santa Julia.
Este barrio obrero, fue el rostro visible de la primera migración campesina, distinto a las barrancas invisibles que marcaron la segunda. Antes de los años setenta, los primeros migrantes ya habían levantado calles junto a las fábricas. Cambiaron el sombrero de paja por el overol, el guaje por la botella de refresco y la lonchera metálica. Los pueblos polvosos del Valle de México, se transformaron en barrios donde sus habitantes buscaban dejar atrás la vida rural y abrazar la tentación urbana.
Santa Julia se volvió célebre por la leyenda de El Tigre, ladrón apresado en tiempos de Porfirio Díaz tras una persecución interrumpida por un malestar intestinal. José de Jesús Negrete Medina, nacido en Guanajuato en 1873, fue soldado y luego bandolero. Robaba a los ricos para repartir entre los pobres, al estilo de Robin Hood o Chucho “El Roto”. Artistas como José Guadalupe Posada, lo inmortalizaron en grabados y corridos.
Su captura, en una nopalera, dio origen a la frase popular: “Te atraparon como al Tigre de Santa Julia.”
Como si fuera un destino manifiesto, el barrio se convirtió en cuna de ladrones menores, aficionados a la cerveza, la marihuana y el futbol callejero. Jóvenes marginados que reflejaban el desencanto con los valores de sus padres campesinos y con la pobreza que los oprimía en viviendas estrechas. La vecindad era el hogar común: una o dos habitaciones que servían de sala, cocina y dormitorio, con baños compartidos y regaderas sustituidas por jícaras y tinas de metal.
En los barrios de aquella época, el dinero fácil era una tentación constante, que podía ser producto de un milagro en la lotería, del hurto o del fraude por un trabajo mal hecho o cotizado con abuso. Aunque había familias que defendían el esfuerzo y la honestidad, esa no era la norma. La pobreza convivía con el rencor y la envidia, y los conflictos vecinales eran parte del día a día.
La década de los sesenta, también trajo consigo la moda de las pandillas, grupos de adolescentes dedicados al pillaje, el ocio y los desmanes callejeros. En Santa Julia destacaron tres: Los Charros, Los Nazis y Los Feos. Pertenecer a ellas otorgaba reputación que no se conseguía con estudio ni bienestar económico, sino con violencia. Los enfrentamientos multitudinarios, entre rivales eran frecuentes. Eran enemigos solo por pertenecer a distintas bandas.
Santa Julia fue, así, un barrio donde la memoria campesina se mezcló con la vida obrera y pandillera. Un espacio de transición marcado por la precariedad, la violencia y la búsqueda de identidad en medio de la ciudad.
La añoranza campesina de los barrios obreros y el guajolote Adolfo.
Los nuevos habitantes de la metrópoli, la convirtieron en un almacén diverso de objetos, música, palabras, costumbres, fantasmas y placeres traídos de montañas, valles, selvas y desiertos. La Ciudad de México, se volvió un parque temático de la nación entera: un agiotista que arrastra con ambición los tesoros del país y del planeta para guardarlos en su cofre. Ningún lugar del mundo reúne tantos personajes como ella. Disneylandia, comparada con esta ciudad, es apenas un garbanzo en un caldo.
En los barrios de origen campesino, era común encontrar corrales con aves, cerdos y hasta ovinos. Tal fue el caso de Adolfo, un enorme guajolote pardo, que sembraba terror entre las pandillas de niños descuidados, que se cruzaban en su camino durante sus frecuentes escapes del corral. A pesar de su aspecto imponente, era un animal noble y protector. Había visto demasiadas veces, cómo degollaban a las aves que lo acompañaban y cómo aplastaban a sus crías. Escenas que para los humanos, son propias del cine de terror, pero que para él, eran una realidad cotidiana.
La humanidad engreída en su falsa superioridad, inflige sin piedad los sufrimientos más crueles al resto de los seres vivos. Hace poco, fui testigo de cómo un niño de apenas cuatro años, jalaba con fuerza el cuello de un cachorro para subirlo y bajarlo de unos columpios, casi ahorcándolo. Sus padres, lejos de detenerlo, le devolvían la cuerda, como si se tratara de un juguete. Estoy seguro de que la vida misma, les cobrará esa crueldad.
Adolfo sabía que algún día la navaja desgarraría su propio cuello. Por eso intentaba huir, aunque nunca encontraba un lugar donde ocultarse. En su prisión, el miedo caía cada tarde al escuchar los pasos de la bestia humana. Muchas veces protegió bajo sus alas a polluelos huérfanos, aunque sabía que ellos, después vivirían su propia tragedia.
Una mañana de fin de año, comprendió que había llegado su turno fatal. Se recostó sobre sus patas y esperó la muerte como descanso. Pero antes, un ojo infantil se asomó por una rendija del corral. Adolfo reaccionó con un fuerte picotazo. El grito del niño resonó, y el guajolote, consciente de la venganza y del castigo que vendría, tomó la decisión más atrevida de su vida: corrió hacia un foso de lodo y hundió su cabeza para provocarse la asfixia.
Su acción fue acertada, los primates violentos ya se aprestaban a cobrar la deuda de la agresión. Ese niño, después sería conocido como el tuerto Ignacio.
Desde entonces, en los tejados de lámina de los barrios, se escucha por las noches las pisadas de una gran ave. Las madres que conocen la historia, resguardan a sus hijos y, en ocasiones, les cubren los ojos con un paliacate. Se dice que la única manera de proteger las casas, de este espectro alado, es colocar altares a la Virgen de Guadalupe. Algunos vecinos compasivos, dejan un puño de maíz como ofrenda.
En los años setenta, el pasado campesino seguía presente en cada rincón: en los rebozos con que las madres envolvían a sus bebés, en los sombreros de paja, en los muebles rústicos de madera, en los sarapes y en alimentos que hoy han desaparecido de nuestras mesas: jinicuil, guama, guamúchil, garambullos, gusanos de maguey, ahuautle, chito o la leche de cabra que, según las abuelas, curaba la desnutrición infantil.
Adolfo, por su parte, era aficionado a robar las pepitas de calabaza que el anciano Eusebio, dejaba secar al sol sobre una manta de algodón. El viejo vigilaba celosamente su mercancía, sentado en una silla michoacana con respaldo de petate y apoyado en un bastón de tres picos. Pero el sueño lo vencía, y entonces, el ladrón emplumado y algunos niños cobraban su botín.
Santa Julia y otros barrios, muestran cómo la primera diáspora campesina se transformó en vida urbana con recuerdos que se desvanecen. La segunda, la de Palo Solo, refleja la precariedad de los asentamientos informales, donde la memoria campesina aún convive con la marginación.
«La urbe es un cuerpo vestido de abandonos.»
Los milagros y la fe.
Al igual que en la Edad Media, y como ocurre también en Palo Solo, la comunidad convivía con toda clase de santos y seres etéreos. Ya no habitaban en los arbustos o guaridas de la tierra de donde provenían padres y abuelos, sino en los basureros cercanos a la barriada, en las alcantarillas o en la vivienda de alguna anciana solitaria.
Era fácil elegir a quién rogar por un milagro: pedir que un hijo dejara la marihuana, que el marido saliera de la cárcel o que apareciera un novio responsable, para iniciar una familia. Cada santo tenía su especialidad. La fe católica era casi obligatoria; declararse ateo o dudar de sus dogmas, podía significar el repudio colectivo.
En Santa Julia, no era raro que algún sacerdote del templo de María Auxiliadora, realizara servicios litúrgicos en las calles, patios o vecindades, lo que representaba ingresos adicionales para él y su institución. En una ocasión, el joven cura Melgosa, ideó hacer sonar una campana escandalosa para convocar temprano a sus feligreses. El inesperado llamado, provocó que decenas de parroquianos salieran en andrajos y hasta descalzos, cargando botes de basura. En México, ese sonido es característico del camión recolector.
El episodio, derivó en airados reclamos. Para enmendar su error, el cura sustituyó la campana por el sonido metálico de un triángulo, golpeado con un tubo. El resultado fue igual de confuso: muchas madres salieron con ollas en mano, creyendo que se trataba del vendedor de la leche.
Quien viva en México, debe aprender a distinguir cada sonido y grito de la calle: la melodía de la camioneta de las gelatinas, el silbato del cartero, la letanía del comprador de fierro viejo, la canción del vendedor de pan, la corneta del chicharronero o el toque de trompeta para saludar la bandera en la escuela cercana. En suma, conviene olvidar la costumbre de despertar después de las ocho de la mañana: la ciudad entera, ya está sonando.
El alma de Pedro Infante y la dualidad moral del barrio obrero.
Santa Julia, como otros asentamientos urbanos, surgidos antes de los años sesenta y después de la Segunda Guerra Mundial, tuvo un abrigo sentimental que envolvía la pobreza en un halo de dignidad y virtudes. Los hijos de aquella primera generación de migrantes —niños en los cincuenta, jóvenes en los sesenta— crecieron con un dolor interno, mezcla de remordimiento por el esfuerzo de sus padres y por las carencias del hogar.
En el otro extremo convivía la maldad, cargada de avaricia y despotismo, bajo los tejados de Polanco y las Lomas de Chapultepec. Allí los ricos, de frente altiva, se paseaban en automóviles lujosos para humillar con la mirada al pobre, dueño solo de bondad, generosidad e inocencia.
El cine y la televisión, explotaron esa imagen con ríos de lágrimas: el mito del hombre pobre y bueno que, pese a la adversidad, mantenía valores de sacrificio y alegría. Carlos Monsiváis, señaló que este mito neutralizaba la protesta social, al convertir la pobreza en destino noble, más que en problema estructural. Octavio Paz criticó esa cultura popular, que idealiza al pobre como una “poética de la resignación”, donde la miseria se transforma en símbolo de autenticidad nacional. Hay periodistas que señalan al mito de Pedro Infante, como un infantilismo que exalta la inocencia y la bondad del pobre, pero lo mantiene en un estado de dependencia.
De mi parte, añadiré lo peligroso de utilizar este sentimiento profundo en planes de política paternalista, que disfrazan con retórica, su verdadero desprecio por la pobreza. Con ello, buscan escudos humanos dóciles para sostener su estafa social, una maquinaria que aplasta libertades y condiciona el destino de la nación.
Los verdaderos héroes de esa historia fueron, desde luego, los padres de la generación del rock, las minifaldas y los pantalones acampanados. Aunque más aún, las madres que los padres: ellas soportaron con entereza, terminar sus días en el sacrificio, mientras muchos esposos, emprendían nuevos derroteros para su vida.
Pedro Infante, con su personaje Pepe el Toro, fue el ídolo que acaparó veladoras en los altares domésticos. No era metáfora: en las recámaras de los barrios obreros, convivía con la gran cama matrimonial, la litera de los hijos, el ropero con espejo, un perro de cerámica que movía la cabeza, el cuadro de la Virgen de Guadalupe sobre la cabecera y, junto al buró, la botella de Sidral Mundet y el rompope Santa Clara. Ese altar era tan real como un teléfono móvil de nuestros días.
La vida mostrada en las películas pocas veces coincidía con la realidad. En la pobreza urbana, la solidaridad era un evento afortunado. El padre, aunque esforzado, solía ser una figura de violencia evidente; la madre, de violencia disfrazada en chantajes. El alcohol, era pasatiempo de los hombres adultos y la calumnia, el de las mujeres. De ese submundo del esfuerzo, surgieron los profesionistas de la universidad pública, pero también políticos resentidos, que usaron el llanto de su infancia como bandera. Al mismo tiempo, la miseria se perpetuó de generación en generación y, en algunos casos, derivó en la violencia del crimen organizado.
El mito de Pedro Infante fue un refugio sentimental, pero también un arma de doble filo: exaltaba la bondad del pobre, mientras mantenía viva la dependencia y la resignación.
“La pobreza inventa mitos para sobrevivir.”
Nidos de nuevas leyendas.
No todas las leyendas llegaron desde los surcos del campo. En Santa Julia, nacieron varias propias de su entorno: El Castillo de los Apagones, Canica, el Guantes y la Gata Parda, El Pirul Asesino o Los Amores de la Pericocha. Hoy sobreviven apenas en la memoria de los ancianos, pero pronto, tendré el gusto de revivirlas para la posteridad, junto con las de otros barrios y pueblos de nuestra nación.
Una de mis favoritas, es El Despecho del Diablo.
Junto a los nudos cavernosos de un pirul, por los rumbos de la legendaria Santa Julia, el Diablo enrollaba tabaco en papel de arroz. Él era un hampón ingobernable, un enorme león de tupida melena cuyo rugido hacía huir a hienas, chacales y perros callejeros. Nunca necesitó arrebatar lo ajeno con amenazas: bastaba su presencia para que cualquier bolsillo entregara sus tesoros.
Los sobrevivientes a este encuentro, podrían escuchar tras la huida un amable:
—¡Gracias a usted por colaborar, chaparrito!
El Diablo detestaba las navajas y los cuchillos, prefería llevar a la cintura un brilloso machete de Sayula con puño en forma de cuerno.
Le gustaban las jovencitas de pantorrillas gordas y cachetes redondos. Tacha fue el amor de su vida: pequeña, de ojos diminutos y cuerpo frágil. Ante ella, el ladrón se descomponía como partitura mal tocada por la banda monumental de Ayoquezco el Grande.
Él solía recargarse en el muro de la tortillería donde ella trabajaba, esperando verla. Bien sabe Dios, cuantas veces el Diablo le rogó ser bendecido por la fuerza y la paciencia.
Todo llega a su momento y a veces en el peor de ellos. Una tarde, sumido en sueños de ríos de leche, un escalofrío le dejó paralizado contra el muro. La mano de Tacha, apareció frente a él para ofrecerle una tortilla enrollada con sal.
—Ande Pancracio, métale harina al costal.
Todos los surcos en la cara del demonio, se desprendieron hacia el suelo y los dedos de sus manos, arañaron el muro para dejar su molde permanente en los ladrillos. Tiempo después, algunas beatas del barrio, convirtieron esa marca en un símbolo sagrado, pues ahí había dejado su sello Santa Juana de Arco.
Los pensamientos del gigante desaparecieron, lo mismo que el resto del mundo, invadido de una pesada nada. Solo extendió su mano para obtener el inesperado bocado. Anastasia satisfecha, profirió una risa cantarina para regresar a sus labores, mientras el ladrón caía en cuclillas.
Todas las conductas humanas son hijas del miedo, del amor y del odio A veces no es posible distinguir una de otra. Todos los seres de esta creación, ruegan, compiten y hasta mueren por un poco de cariño. Muchos buscan arrebatarlo, pero esa es la única mercancía que nunca se da gratis.
El amor lo transformó: se vistió con su única camisa de satín blanco y pantalones de casimir, peinado al estilo Gardel, sombrero de fieltro y zapatos de charol. A su paso por las calles, hubo algún exagerado, que dijo ver en él un signo de guapura masculina.
Pancracio, hacía cuentas mentales de los billetes guardados en su escondite. Soñaba con llevarla a la Alameda, comprarle flores y encajes, construir una casa adornada con alcatraces, nomeolvides y cazuelas de barro.
Horas antes de aquella caminata, frente al espejo, había descubierto en su rostro algunos signos de belleza, que el resto de la gente le negaba. Siendo niño, su madre fue la primera en señalar sus defectos y en hacérselos saber, desgracia, que la llevó a apresurar el parto, para no cargarlo tanto tiempo dentro de sí.
—¡Ay, escuincle! De verdad que estás bien feo.
—Ya cállese, amá, no me diga eso.
—Es para que te enteres.
—Ya me enteré.
—Pues para que no se te olvide, ¿quién te va a querer así?
—Una que no sea como usted.
—¿Qué dijiste?
—Que usted es mala, yo voy a buscar una mujer que sea buena.
—Pues entonces busque una más mala que yo, porque si es buena menos lo va a querer.
—Ya verá.
—¿Qué no ves que estás más feo que una tuna?
—¿De dónde me vendrá eso?, soy su hijo ¿no?
—Eres hijo, pero del Diablo. Ese fue mi castigo por andar de güila.
Con pensamientos dulces, apuró el paso hacia su destino. Pero la vida no se construye con el barro de los sueños; más seguido flota en los charcos salados y grumosos de nuestras tristezas. Así, al tomar la calle rumbo a los brazos de su amada, el alma le fue asaltada por una visión cruel.
A pocos metros, Tacha entregaba sus labios carnosos a otro hombre diminuto que la tomaba por el talle. El Diablo, golpeado por una tormenta de ideas desordenadas, transformó la escena en su mente: en lugar de la doncella, imaginó un cerdo pequeño devorado por un perro callejero.
El amor que lo había hecho volar sobre las aceras, se despojó de su disfraz hipócrita y derramó la hiel del despecho. Entonces, llevó una mano al cinturón y desenvainó el machete de Sayula, con ánimo de atacar al cancerbero, que había osado convertir su flor en deshojados totomoxtles.
Adán, el peluquero que le arrebataba el amor de su vida, advirtió la amenaza y con un salto esquivó la estocada. La sociedad del barrio, formó un círculo alrededor de los contendientes. Como es costumbre en estos lances, la chiquillería tomó la primera fila.
Las damas ocuparon la segunda, listas para salvar a los niños en caso de algún pase infortunado y para exclamar sonoras expresiones de santería. El enfrentamiento era desigual: un rabioso toro de lidia, contra un manso cordero cebado para el sacrificio. Nadie apostaba por el buen destino del peluquero, aunque todos lo animaban rumbo a la victoria.
La sociedad mexicana tiene una marcada simpatía por los débiles, siempre con la esperanza de que alguna suerte suprema, los libre de la desgracia. Esa semilla está sembrada en el corazón de los conquistados, y no hace falta viajar mucho hacia el pasado: esta sigue siendo una patria de pisoteados y desposeídos.
Frente a la amenaza, Adán metió mano al bolsillo y desenfundó su navaja de corte, la misma con la que había rasurado tantos cuellos. El filoso machete silbaba en el aire con cada ataque como si aullara. Pasó una vez junto a la oreja de su rival, en otra, despeinó los vellos de su mejilla y en otra más, sopló cerca de su nuca.
El peluquero, aterrado, rodaba una y otra vez sobre el suelo, como pelota de hule pateada por los pelmazos del barrio. Varias veces logró esquivar la hoja de metal, mientras, la concurrencia celebraba cada fallo.
—¡Dale duro, Adán, acaba con él! —gritaban.
Aunque los ánimos estaban de su lado, todos sabían que su final era solo cuestión de un ataque bien calculado. Tras un movimiento en que el peluquero golpeó su cabeza contra la rodilla del gigante, este cayó de rodillas y boca abajo contra el piso. En ese instante, Adán realizó un giro veloz con la navaja y abrió una zanja en el trasero de su oponente.
Un chorro de sangre inundó el suelo, mientras un grito desgarrador del gigante daba por terminada la batalla. El incrédulo peluquero observaba de pie, con el corazón agitado, su victoria inobjetable. Muchos obreros y mujeres se apresuraron a asistir al desafortunado, intentando mitigar su dolor con palabras piadosas.
Así fue, según cuenta la leyenda transmitida de padres a hijos, el modo en que le cortaron la cola al Diablo.
“Los sueños casi siempre son barro y lágrimas.”
Los años de luz y oscuridad.
A principios de los años setenta, ocurrió un cambio decisivo en muchos barrios obreros: llegó la luz, pero se fue la noche. La instalación de luminarias transformó la vida cotidiana. Antes, los rostros solo se distinguían bajo el resplandor de la luna o las estrellas, que aunque pequeñas, eran tantas que llenaban la oscuridad de sombras y juegos.
Para los niños, identificar constelaciones era un reto. La maestra Teresita, de los primeros grados, nos enseñaba a reconocerlas en un mapa, y el mejor lugar del universo era, sin duda, el cinturón de Orión, desde donde partían los Reyes Magos montados en sus bestias.
La llegada de la electricidad cambió el ritmo de la vida. Se apagaron las luces tímidas de los puestos de sopes junto a las puertas, los destellos del anafre que iluminaban siluetas de compradores y la magia de la penumbra que nunca fue amenaza, sino escenario de juegos y confidencias.
En nuestra infancia, jugar escondidas sobre el manto de la noche, nos era tan natural como beber el agua desde el grifo. Recuerdo que de madrugada, me sentaba en el umbral de mi casa, para ver la fila de obreros perderse en la oscuridad rumbo a la fábrica, como almas absorbidas por un agujero negro. Una vez se sentó junto a mí un obrero enorme, de rostro infantil. Al verlo recordé las advertencias de mi abuela: “Come bien para crecer en estatura.” Este era sin duda, un niño obediente. Rompió su sope y lo compartió conmigo, antes de seguir su camino, hasta que la noche lo devoró.
En esa época, también descubrimos que nuestra calle tenía nombre. Lo supimos por las placas metálicas azules, que el gobierno incrustó en las esquinas. Con ellas, los habitantes adquirimos identidad colectiva: ya éramos los niños de la Calle Lago Mayor o de la Avenida Azcapotzalco. Dejamos de ser hombres y mujeres de ningún lugar.
Nuestros barrios estaban llenos de contrastes: ignorancia y sabiduría, pillaje y generosidad, blanco y negro. Hoy me duele que las estrellas huyan como aves apedreadas, que México se convierta más en un meme, que en un mundo mágico y poético. Que la imagen que compartimos al mundo, sea apenas un cliché de pirámides, playas y volcanes. Un hogar magnífico, necesita habitantes magníficos.
Cada año muere un poeta, un pintor, un fotógrafo, y con ellos cientos de hombres y mujeres de mirada profunda. Ellos, eran el alma de un mundo aparte. Un horizonte, bajo el ozono del planeta Tierra.
La ciudad no solo son ladrillos y varillas, es un suspiro que dejaron los pueblos vacíos. Cada calle guarda un rebozo que aún envuelve a un niño, la sombra de un guajolote que picotea la luna o el anafre que se apaga en una vecindad. Palosólo y Santa Julia son heridas que sangran memoria, sitios en donde la urbe se reconoce. Ahí, los fantasmas del campo y los humos de la fábrica se entrelazan. La ciudad, es un cuerpo lleno de ausencias, milagros y grandes nostalgias.






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