Una generación afortunada
La segunda mitad del siglo XX, en México y algunos otros lugares del mundo, fue un período afortunado: lleno de grandes cambios, de relativa paz social y oportunidades de progreso individual, aunque no exento de tragedias y hechos lamentables.
Muchos de los nacidos entonces, fuimos los hijos de esas largas filas de campesinos que migraron del campo a la ciudad, cargando fuertes dosis de temor e incertidumbre en el futuro, pero con la esperanza de ser reclutados como obreros en las enormes fabricas de la era industrial de nuestro país. Llegaron marcados por la pobreza, de la humillación, como los ancestros de siglos atrás en busca de la tierra prometida. Traían un sueño para sus hijos más que con para ellos mismos, queriendo encajar en el suelo duro de las aceras, debajo del cual aún existía la tierra fértil: algo que representara a la vida.


Papá a la fábrica, mamá en el hogar y los hijos a la escuela, como terreno fértil de la esperanza
Fuimos herederos afortunados de nuestros desafortunados padres, en una época en que, pese a sus muchos males, los gobiernos emanados de la Revolución apostaron por la educación como herramienta de progreso. Las manos de aquellos nuevos obreros, curtidas de trabajo duro y no menos peligroso, tomaron nuestras manos infantiles para llevarnos a la puerta del colegio. Algún día, alguien citaría nuestro nombre antecedido del título de licenciado o de ingeniero. Ya no seríamos esclavos de la máquina, ni tendríamos que prender la llama de la humilde estufa de petróleo dentro de un hogar urbano con el espacio de una sola habitación.
Atrás habían quedado las guerras mundiales, la Gran Depresión, la hacienda y su tienda de raya. Nunca se perdió el gusto por la tortilla hecha con el sagrado maíz, pero nos volvimos apasionados glotones del pan de múltiple sabores, con raíces francesas, árabes y españolas. Inventamos el bolillo y la telera capaces de conjurar el susto, el hambre y la soledad.
Luego vinieron las décadas maravillosas: llegó el rock, la moda hippie con su Nirvana, las greñas largas, los pantalones de mezclilla, la Ciudad Universitaria, la hierba y el cactus del mundo interestelar. Llegó un cohete a la luna y los discos LP. Y sí, los hijos de un vientre obrero y campesino llegamos a la Universidad.
¿Por qué este sitio web?
Siempre he sentido envidia legítima por el trabajo de los cronistas, una admiración profunda por los hombres de letras: esas mismas que aprendimos en la escuela, aquella que nuestros maestros severos dibujaban como un templo para conferirle un símbolo de respeto máximo.
Es un hecho, sin embargo, que en todo templo siempre hay un profano. En el recinto sagrado de las letras, esos son los verdaderos sacerdotes de las ciencias y las artes.
La Universidad es la mesa puesta para saciar un tipo particular de hambre, donde el platillo insignia es la verdad, siempre tan difícil de masticar.
En la escuela pública todo puede ser cierto y puede no serlo. Únicamente la lógica y las matemáticas son exactas. El mismo mundo es diferente según la pupila que lo mira. Por ello, emprendo la tarea de hacer la crónica de aquellos tiempos, con esa mirada debajo mis párpados cansados, con la carga de mis orígenes. Con la lengua de los barrios bajos y de los pueblos, con la del siglo XX. Con la enseñanza de los maestros de regla hiriente, pero con el orgullo de esa rebeldía presumida por toda mi generación.
El inicio del siglo XXI muestra señales inquietantes. Hay una desesperanza que flota en el ambiente. La educación no es una garantía que abra muchas puertas. Los progresos maravillosos de la tecnología hacen crecer el desencanto y la banalidad. La ambición amenaza a la paz. todo ello me hace pensar que los ciudadanos de mi generación tuvimos la suerte de navegar en aguas tranquilas, en el intervalo de dos huracanes.
Como sea, quede claro mi amor por la nostalgia, mi objetivo de rascar cada guijarro de tus recuerdos, los míos, los de todos, para darte material y motivo para tus platicas con los amigos, con la familia, con algún desconocido atrapado entre tus ancianas y arácnidas redes. Al final, para que tengas una golosina dulce en tus sueños.
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