
Esta crónica late como un mural vivo de la memoria: un domingo en la Alameda convertido en escenario de sueños, cortejos torpes y alegrías populares, donde las voces de merolicos, globeros y músicos se entrelazan con la nostalgia de vestidos imposibles, amores tímidos y edificios perdidos. Es un relato que acaricia la cotidianidad con tintes mágicos, donde cada personaje —María Azucena, José, los viejos catadores de la historia— se vuelve símbolo de esperanza y deseo en medio de un México que respira entre jacarandas, fuentes mitológicas y murmullos de multitudes.
María Azucena: Una dama entre encajes y sueños urbanos.
María Azucena no daba crédito a lo que miraban sus ojos. Abría y cerraba los párpados como quien intenta despertar de un sueño. Tras el escaparate, una figura lánguida y bella —más espectro que maniquí— le extendía el brazo en una invitación silenciosa. Pero no era aquella silueta de yeso lo que la hechizaba. El verdadero embrujo era el vestido: encajes celestiales, tablillas y lentejuelas como mil estrellas sobre el páramo de una nopalera. Las hombreras parecían elevarse como el vapor de un rocío al morir la madrugada. Su mantilla tejida era blanca, como el de la Virgen de los Remedios de Nacelagua; la falda verde y amarilla como una mazorca con sus cabellos, brillaba con el satín y seducía con la textura de la seda.
Aquella virgen otomí del bosque de Santa María Atarasquillo, rodeada de doce columnas que custodian cerros de plegaria, parecía habitar el vestido. Nacelagua, sincretismo de agua naciente, evocaba deidades como la Tlanchana de Metepec. María Azucena, atrapada en la visión, se imaginó vestida con esos lienzos impolutos, otorgando fertilidad a las mujeres de la gran ciudad. Un suspiro discreto escapó de sus labios. El deseo había echado raíces.
No sería fácil obtener el objeto de su deseo. La negociación con Gibrán, el libanés del bazar, fue reñida. Con parte de sus ahorros y saldo a cuenta, logró adquirir el tesoro, no sin antes firmar pagarés con intereses que mordían como serpientes.
El domingo, es por norma, un día brillante: la ocasión en que su patrona tomaría el desayuno en las mesas del mercado ambulante o en un restaurante de franquicia americana. Lo que, según fuera el caso, decidiría el atuendo que debía mostrar ante la sociedad: ya sea el conjunto deportivo de algodón que rivaliza con la pijama, o aquel dibujado con flores de turista por el Caribe que le ahorcaba el abdomen y las caderas.
No fue el caso de María Azucena, quien, tras una ducha hirviente en la que pretendía arrancarse la piel con las fibras del estropajo, ajustó su talle al vestido, joya digna de la princesa de Asturias. Este era el día en que la jerga y las escobas, la vajilla sucia y el detergente disfrutaban la soledad de sus armarios. El mismo en que haría la ronda con sus colegas de oficio de Las Lomas del Huizachal: María Bernarda y Rosa María.
Las haría esperar en “El Exilio”, estanquillo de confidencias, para aparecer majestuosa: encajada en una nube, con zapatillas de plataforma y el uniforme de la virgen. ‘Hermosa’ es un calificativo pobre para quien pudiera verla. No hubo ni habrá modelo de pasarela que pueda igualar su encanto, toda prenda necesita una diosa si no quiere ser tan solo un hilacho, y para ello, basta más la felicidad dibujada en un rostro que todas las curvas de una autopista.
Grande fue la sorpresa de sus cómplices de juerga -sus ojos abiertos como las ventanas de un balcón- para confirmar que su expectativa había sido cumplida. Ante su aparición, ellas guardaron un silencio inmediato, que fue roto por un saludo tembloroso y el beso cargado de envidia de Rosa María, que más sonó como un golpe de mano en su mejilla.
Entre el silencio adusto de esta última y el ánimo parlanchín de María Bernarda, todas se dirigieron a la cita de siempre con los cómicos y músicos improvisados del quiosco, en el jardín de los virreyes.
El merolico, el globero y los cómicos: Voces del jardín de los virreyes.
Como en toda ocasión, en este parque -donde los álamos son marginados por el predominio de los fresnos y la fronda morada de las jacarandas, y en donde las ardillas dominan las ramas mientras las ratas pululan por las madrigueras del suelo- el ambiente era de una fiesta formidable.
En una esquina estaba el merolico con una serpiente al cuello, rodeado de adultas y ancianas interesadas en las propiedades curativas de la hierba del sapo: capaz de convertir las várices en delgadas cuerdas de guitarra; prevenir el empacho de los niños; devolver la leche a las madres con senos agotados; quitar el dulce al azúcar de la sangre; hacer del cáncer un inofensivo sagitario, e incluso; provocar el divorcio de una indeseable competidora.
Más allá, estaba el globero con su silbato y su colección de aerostáticos en una mano, que hacían temer que emprendiera el vuelo, mientras con la otra golpeaba frenético una pelotilla atada a un cordón. A su lado, el algodonero enredaba en una vara, fantasmas de azúcar rosada, hasta formar un trompo espumoso que siempre terminaba pegado en las manos y la nariz de algún niño glotón.
Ahí estaban presentes todas las viandas de un tentempié mestizo: las jícamas con picante; el hot cake con cajeta de Celaya -cuya receta secreta solo poseen los comerciantes de las ferias-; los chicharrones de harina; el mango verde con Miguelito; las manzanas con caramelo rojo atrapadas en una estaca; los elotes de maíz cacahuazintle; la horchata de semilla de melón y; la torta de los pobres con una lonja de jamón pintada de frijol bajo un cuadro de queso salado y una raja de jalapeño… toda una alfombra culinaria al alcance de cualquier bolsillo proletario.
En el quiosco amado por las tres Marías, sonaban, con acordes a veces desentonados, los ritmos pegajosos del repertorio de Rigo Tovar, tras despertar a la audiencia del sueño aburrido que había dejado la filarmónica de la Ciudad de los Palacios. En esta ocasión, los gritos y aplausos se hicieron presentes cuando el mismo grupo tocó Juliantla, himno y pieza emblema de la nostalgia rural, presente en la multitud.
Para María Azucena, eran momentos que le hacían olvidar el gesto antipático del retoño de la patrona, Doña Carmela; la actitud ofensiva de ésta al contar el dinero sobrante de la compra de las verduras; el vaso roto que tuvo que pagar con su salario; y la indiferencia del patrón al volver a ensuciar los pisos después de haberlos lavado.
En medio de esta alegría, no pudo evitar reparar en la triste y tímida imagen de un joven moreno, que -sentado en una banca y vestido con una ajustada playera verde, pantalones de mezclilla marca Topeka y zapatos negros con barbilla- había provocado un inquietante palpitar en su corazón.
José: El Jinete de la laguna y guerrero de las galaxias.
Tecocomulco es un pueblo melancólico. No es raro que José también lo sea, como los peces que prefieren dormir entre los juncos antes que boquear para ver el mundo fuera del agua.
En las riberas de su laguna hay poco que hacer: freír ranas, espantar garzas, o averiar la nave de los extraterrestres varada en una loma cercana, misma que es el atractivo de algunos turistas fugaces. Dicen que esos visitantes, los mismos que ayudaron a construir las pirámides de Teotihuacan, hicieron aquí sus primeros experimentos de arquitectura. Como prueba, dejaron un basamento, piedras talladas y una cueva dibujada con el mapa y los habitantes de su galaxia.
Es tanto el fastidio de no poder regresar a su mundo -por culpa del sabotaje de los pescadores- que ya formaron una comunidad, justo en algún sitio secreto de la loma. La pesca no es buen negocio, como tampoco lo son los turistas aburridos de Tulancingo, a quienes José hacía navegar para fotografiar a algún pato solitario, ese, que con desprecio, sumía el pico en el agua y dejaba visibles solo sus patas.
Nuestro capitán de navío prefería navegar sólo. Nadie hubo que igualara su velocidad frente al remo ni que pudiera dominar el rumbo de la embarcación a su antojo. Era en cierto modo, un jinete montado en su soberbio caballo lacustre.
Pocos entendían su hábito de dormir noches enteras sobre el lomo de ese corcel, en medio del universo acuoso en que, al mirar las estrellas, soñaba ser un guerrero conquistador de los ejércitos de Andrómeda y la Vía Láctea. Muchas veces invocó a los soldados alienígenas para ser admitido como uno de sus milicianos y volar rumbo al universo.
Éstos, sin embargo, veían con pereza la solicitud del soñador, pues la resignación ya los había acostumbrado a vivir con comodidad y una nutritiva dieta de ranas.
Día franco en el cuartel.
En otro rincón de la ciudad, un hombre se preparaba para su propio ritual dominical. No con la algarabía de las tres damitas dicharacheras, sino con la sobriedad de quien ha aprendido a marchar al ritmo del deber. José terminó de empacar sus pertenencias dentro de la petaca de campaña, pocos minutos después de guardar con solemne respeto, su uniforme verde olivo en el casillero asignado. Su viaje fue corto, pero entretenido por La Hora Nacional y Radio Variedades, sintonizadas a través de su radio.
No es que él fuera amante de los árboles y la naturaleza, pero la Alameda tiene un encanto único. En particular, aquel payaso entrometido que lo hacía reír y los deliciosos aromas de la Cafetería Regis, situada en ese imponente edificio con toques Art Nouveau, Art Déco y neoclásicos, donde él, podía sentirse como el comandante en jefe del Enterprise, rodeado de elevados cristales, finos manteles y distinguida clientela. Un lujo bien merecido tras haber sido reclutado en las filas del Primer Batallón de Infantería Blindada.
El Hotel Regis y la Cafetería Capri: Lujo e historia perdida.
El Hotel en donde se encontraba esta cafetería, era más que un sitio para hospedarse. En él, hubo dos espacios emblemáticos de la cultura mexicana: EL Capri, un cabaret refinado donde las vedettes enaltecían el estilo de la profesión con talento y elegancia, con coreografías bien estudiadas y mejor ejecutadas, y un escenario para la presentación de artistas como: Pedro Vargas, José Alfredo Jiménez, Lola Flores, Edith Piaf y muchos otros.
Un día antes del terremoto del 19 de septiembre de 1985, que destruyó este inmueble, se presentó la vedette Mara Marú, artista de gran glamour, que rivalizó con otras como Olga Breeskin, Rosy Mendoza y La Princesa Lea. Ese fatídico día perecieron también ahí varios políticos conocidos de aquel entonces.
En ese mismo sitio se encontraba La Taberna del Greco, un restaurante-bar de estilo mediterráneo que imitaba el ambiente bohemio de sus similares en Europa. Con un poco de suerte, podrías compartir la copa, la charla o alguna majadería ilustrada -y sin gerundios- con personajes como: Carlos Monsiváis, José Luis Cuevas, Octavio Paz, Elena Poniatowska o Manuel Álvarez Bravo. En su defecto, en el hotel también podías expresar alguna trompetilla muy discreta a personajes como Fidel Castro y Richard Nixon.
José sentía gran orgullo por el uniforme, por el esfuerzo agotador y por el hierro de sus músculos bien torneados, con los que podía acomodar en pocos minutos, cien costales de arena para una trinchera. Asimismo, le enaltecía la disciplina con la que podía hacer guardia en firme por diez horas, sin perder el punto fijo de su mirada, y sin nada que envidiar a sus pares del Castillo de Windsor.
Un misterioso y desesperante cortejo.
Después del desfile de sabores y personajes, el parque se convierte en escenario de otro ritual: el cortejo. No el de las novelas románticas ni el de las canciones de tríos, sino uno más torpe, más humano, más desesperante.
México sería un país fantasma y desolado, si nuestros cortejos tuvieran que ajustarse a los rituales de personajes como José y María Azucena. El índice de la natalidad, hubiera preferido corretear con su flecha a los grises habitantes de las madrigueras de nuestro parque.
Ofreceré el parte de guerra tal como ocurrió:
Suscríbase en el acta que el sujeto masculino despellejaba, de manera distraída, un mango petacón, cuando la femenina -acompañada de sus cómplices- se apartó a un paso del grupo para observar de manera fija al sujeto. Este, sorprendido por tal acción, dejó resbalar, distraído, el jugoso alimento, para provocar con ello una ostentosa mancha de Miguelito en su pantalón. Acto seguido, la dama regresó a unirse con la banda para compartir, de forma sospechosa, comentarios que provocaron risas discretas.
Tras de estos hechos, con repetidas risas y miradas furtivas por parte del grupo, transcurrieron largos e impacientes minutos, -quede asentado que la impaciencia fue mía. No hubo cambios en la actitud de los presentes, hasta que el varón, una vez diluida la marca del Miguelito con su propia saliva, se levantó para acercarse con dos pasos al sitio de la conflagración. Tras ello, transcurrió otro largo tiempo, otro más y otro más, hasta andar otros dos pasos. La impaciencia volvió a estar presente.
En medio de los acordes de Rigo Tovar, los pasos de José y las miradas de María Azucena, comenzaron a dibujar una danza que, más que acercarlos, parecía empeñada en mantenerlos a raya.
Fue el caso, que a solo una corta distancia, el acosador -con actitud de indiferencia fingida- observó de reojo, como el escuadrón contrario daba nuevos pasos laterales para apartarse de él. Nuevas risas, más minutos interminables de esta acción repetida. La pérdida de paciencia a punto de causar neurosis.
Cuando parecía que los muros del quiosco detendrían esta marcha longitudinal, la acción volvió a repetirse en el sentido contrario. Momento en que el presente observador estuvo a punto de levantar los restos del mango, para atacar con este proyectil a las confabuladas. Tuve que detener esta intención cuando el masculino, logró interrumpir la rutina y colocarse a corta distancia del brazo de la susodicha, misma que, en un movimiento ágil, se colocó al otro extremo de la fila que componía el grupo, para repetir la persecución.
Llegado este momento, el cronista decidió detener -en medio de repetidas maldiciones- sus observaciones, para distraerse con la imagen de unos enanos bañistas junto a los querubines de la Fuente de Venus, la que con seguridad, estaría abochornada por el espectáculo recién descrito.
Las fuentes de La Alameda y sus esculturas.
Las fuentes de La Alameda, son un remanso que halaga la vista:
Mercurio, obra de Juan Bolonia, como símbolo del comercio;
La Victoria, obra de Valdosine, apoyada en cuatro tritones, sobre una tortuga como evocación de nada;
Neptuno, gobernante de los mares y océanos, ideada por W. Durbay;
La Primavera, que representa a la diosa Perséfone, quien solo emerge del inframundo cuando renacen las flores;
Venus, diosa romana del amor, esculpida por Mathain Moreau;
y Las Danaides, que aluden a las 50 hijas de Dánao, rey de Libia y fundador de Argos, quien quiso salvar a sus hijas de un mal matrimonio en Egipto y que -en la fuente- vacían sus cántaros para llenar una pileta.
Cuenta la leyenda que Dánao obligó a sus hijas a casarse con los hijos de Egipto, pero les ordenó asesinarlos en la noche de bodas. Todas obedecieron, excepto Hipermnestra, quien perdonó a su esposo, Linceo. Como castigo, las Danaides fueron condenadas en el Hades a llenar eternamente con agua, cántaros perforados.
Tras un largo tiempo de estar enfrascado en estos pensamientos escultóricos, de manera sorpresiva, pude ver a lo lejos a la joven pareja de esta historia, compartir con afecto un algodón de azúcar, rumbo a los juzgados de lo ‘familiar’.
Con arrepentimiento por mis presagios demográficos, y en un ejercicio basado en el oráculo de las circunstancias, creí adivinar que su hijo, bien podría llamarse Jesús.
En mi cama mando yo, el grito de los valientes.
La gran Arboleda -mote que, para ser más precisos con la realidad describe mejor este paraje- debe su estampa multiflora a la fascinación mestiza por la diversidad. A los mexicanos, toda novedad o diferencia nos es tan atractiva, como cualquier bisutería brillante para un cuervo.
No es extraño que ésta fuera un lugar apropiado para otro tipo de cortejos, más rápidos y fugaces, sobre la calle que da paso al templo de San Hipólito, quien vive ignorado en su propia casa. Esta lateral del parque, hasta llegar a los pies de José Martí, fue en los años ochenta, el recorrido que Hipólito -bautizado así en honor de aquel santo marginado- realizaba de noche en busca de una casi imperceptible señal de bienvenida, para entrar por la puerta del amor y los deseos.
No era, ni con mucho, el único que albergaba esta esperanza. La fila de caminantes era muy larga, tanto, como concurridas, eran las bancas donde algún otro aguardaba una señal.
Polito, como le llamaremos con afecto, gozaba de mala suerte. Como la del mártir cristiano que le dio nombre y que según cuentan, fue partido en sus cuatro extremidades por caballos salvajes. Ese era el mismo número de direcciones en el que sus posibles lances se apartaban de él.
No cabe duda que la belleza es una percepción mezquina. Nadie parecía apreciar su valor y la voluntad guerrera con la que defendía a los amantes perseguidos de la Avenida Hidalgo y a los jovencitos de Plaza Martí. Mientras todos esos engreídos, huían de las camionetas de la sanidad moral, él ponía al frente su delgada y demacrada efigie, con gritos que paralizaban a los perros cazadores de monedas de la autoridad delegacional, quienes lo evadían, conocedores de su determinación y valor.
Con otros pocos valientes, trasladó el grito de la avenida de los marginados a su calle contigua, dominada en eterno mármol por el prócer de las Américas. Sé de buena fuente, que al principio, marcharon menos de cuarenta y uno, pero con el paso del tiempo se convirtieron en millones.
Muy presente tengo, que ahí, al grito de guerra de ‘¡En mi cama mando yo!’, fui testigo de su honorable efigie, adornada por la prestancia guerrera de su uniforme de quinceañera, que sin palabra ni rotulo decía: ‘Aquí estoy y aquí estaré siempre’.
No supe cuantos intercambiaron sus miradas y un roce con él, en aquellas noches furtivas. No sé si fueron menos o más que los de la placa conmemorativa, -recluida por la autoridad para hacerla clandestina-, no lo sé. Pero me queda claro, que los valientes son primero, y que tiempo después, fue amado por muchos.
Los ancianos no pierden el tiempo.
Nadie lamenta perder lo que no tiene importancia. El tiempo tiene valor para un encuentro de negocios; para obtener el bono de puntualidad en el trabajo; para lavar la ropa antes de que empiece la lluvia. Para apostar en la lotería antes del sorteo o para gastar el dinero antes de que se termine la vida.
En un parque, solo sirve para observar a las ardillas devorar un cacahuate; para sumergirse en las planas de un periódico; o alimentar a las palomas. Con frecuencia sirve también, para espiar a otros y adivinar su historia.
Esta última, es la distracción favorita de los ancianos. Ellos son un software de inteligencia natural, capaces de leer a los paseantes que cruzan frente sus cámaras infrarrojas. De llevar señales codificadas a un poderoso servidor, que une el presente con el pasado. Son capaces de atar el efecto con la causa; de distinguir la verdad de la falsedad, y a veces; de crear mentiras piadosas, para calmar la ansiedad de los jóvenes.
La Alameda, es la sala de mando de este vanguardista equipo tecnológico. Puedes hallarlos solos o en conjunto. Como sea, no evitarás ser desnudado si te atreves a caminar frente a su láser.
Así fue antes y lo es ahora. Yo mismo he sido actualizado y reiniciado para esta tarea. Este paraje arbolado me gusta porque es una metáfora que nunca cambia. En su esencia, las preocupaciones humanas, su realidad y su origen son siempre los mismos.
Viejos catadores de la historia.
En éstas bancas, igual que hoy, estuvieron los viejos catadores de la historia, -pacíficos que no pasivos-, mirando las marchas multitudinarias, un 10 de junio de 1971. Limpiando el polvo con un pañuelo en septiembre de 1985. Aquí estuvieron, para dudar de las lágrimas reptilianas de un presidente de la república. Para contar el prolongado número de ceros en un billete; para confirmar que ni arriba ni adelante habría un golpe de Estado; para observar el regreso de un cometa que ya habían visto los cavernícolas; o recibir la noche en pleno día sin mirar al cielo, so pena de quedar ciegos.
Hoy me da gusto ser padrino de esta tradición, con la que observo que los pillos solo se han maquillado el rostro, que los billetes igual que antes, tienen un gran cero en los bolsillos.
Hoy no es diferente el desconsuelo de los amores imposibles o mal pagados, el dolor de una flor sobre un camposanto, el odio y la envidia mal disfrazadas. No lo es el ánimo de venganza, como tampoco la emoción de un primer trabajo o de un ‘Sí, te quiero’ bajo la fronda de una jacaranda.
Lo nuevo es la desesperanza. Es un futuro que, para los jóvenes, se apaga tan fácil como un teléfono de pantalla táctil. Ese que es su ventana a un universo donde no sopla el viento; donde no cae la hoja de un árbol; ni donde el excremento de una paloma, les mancha la cabeza.
La Alameda en domingo es un mural vivo: De Diego Rivera a Stalin…
Todo cabe en un mural sabiéndolo acomodar. Caben Maximiliano, Porfirio Díaz, Juárez, Zapata y La Catrina. Caben los penitentes de la inquisición, un techichi, un gendarme o un niño a las faldas de Frida Khalo.
Extraño resulta la ausencia de Trotsky. Por mucho que haya sido el huésped favorito del genial Diego. Él, a pesar de sus amores rojos, conocía bien la historia de México. Por muy tentado que estuviera a pintar la hoz y el martillo en el globo aerostático de su mural, sabía que todo Lenin se puede convertir en un Stalin.
Ello, me inspira a no escribir bondades que no existen, en héroes del pueblo con caletas de billetes.
La sencillez de este parque es engañosa. Ten cuidado en sus caminos. Antes de que te des cuenta, se convertirá en un bosque hecho con brocha y pincel por el autor de los tiempos. Ese, al igual que Diego, gusta de dibujar muchos rostros como los de José, María Azucena, y como el tuyo.















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